En esta bitácora de lecturas se habla poco de cine, teniendo en cuenta lo mucho que me gusta el cine. Y, aun a riesgo de parecer una señora de cierta edad —que lo soy— se habla más de películas que han cumplido ya, con creces, la mayoría de edad. Mi biografia fílmica no se explica sin Quentin Tarantino –muy en la polémica estos días—, David Lynch, sin los Blues Brothers, sin la lectura de los libros en los que se basaron metrajes como este y este…
Pero hoy nos vamos a sumergir en un viaje lleno de lentejuelas, glamour y rebeldía de la mano de Popy Blasco. Publicado por Dos Bigotes y con motivo del 50 aniversario del estreno de la película, leo un breve ensayo que se alza como un homenaje profundo, apasionado y analítico a uno de los fenómenos más subversivos y queridos de la cultura pop: The Rocky Horror Picture Show.
(Tal vez debería decir que, para mí es un fenómeno largamente postergado, pero que en el último mes he visto el musical en teatro, la película, un documental sobre el fenómeno y me he vuelto adicta a la banda sonora. Algo tendrá esta historia cuando cincuenta años más tarde se conecta con su espíritu como el primer día).
Una memoria sentimental de Popy Blasco
Blasco arranca su ensayo desde un espacio íntimo, personal: cuenta su propia relación con la película, su fascinación por aquel desbordamiento de extravagancia, habla de la nostalgia del VHS, de amigos, de noches compartidas. Este punto de partida humano no es anecdótico: le da al ensayo un pulso auténtico, un latido sentimental que da fuerza al análisis.
No es, ni puede ser, un musical al uso; no quiere serlo porque no le interesa la pureza de género. Su estructura sonora actúa como un espejo defórmate: homenajea, parodia y reinterpreta. EL doo-wop, el rockabilly, el cabaret, la psicodelia más suave y el pop de ciencia ficción se citan sin consentimiento, sin necesidad de coherencia, pero con la fidelidad absoluta a una ética del exceso.
Popy Blasco (Madrid, 1978) es escritor y periodista; ha escrito en medios como El País, Vogue, Rolling Stone, o GQ. Es también profesor de coolhunting en el IED y en el IADE y consultor de tendencias sociales y de consumo. Como gestor cultural, dirigió la programación del cineclub Cineshock. Ha dirigido el pódcast Radioshock y en la actualidad conduce Pijas Marrones para Subterfuge Radio. En 2004 comenzó a escribir su blog PopyB, uno de los más longevos en castellano. También en la editorial Dos Bigotes ha publicado Cine Crush. El cine homoerótico involuntario en nuestro despertar sexual (2022).
A partir de ese comienzo, Blasco nos lleva a través de la historia: desde los orígenes en el Royal Court Theatre de Londres en 1973, donde The Rocky Horror Show se presentó como un musical glam con referencias al cine serie B y una mirada queer. Luego llegaría el salto a la gran pantalla: la 20th Century Fox, a través de su presidente Gordon Stulberg, dio luz verde a la versión cinematográfica con un presupuesto muy limitado.

The Rocky Horror Picture Show: un ritual que ha perdurado más de medio siglo
Una de los temas centrales de Blasco en The Rocky Horror Picture Show (que lleva por subtítulo Transgresión, Contracultura y Películas de medianoche) es la del fracaso inicial: el estreno cinematográfico no fue un éxito inmediato, pero eso cambió radicalmente con las míticas sesiones de medianoche donde el público no era un mero espectador: gritaba, coreaba, se disfrazaba, lanzaba arroz, usaba pistolas de agua, animaba coreografías. Esa participación convirtió cada proyección en algo más que una película: era un ritual colectivo, una fiesta identitaria, que se personalizaba en cada país, en cada ciudad.
Para Blasco, este carácter comunitario es esencial: no basta con mirar Rocky Horror, hay que vivirla, formar parte de ella. Esa energía participativa ha sido clave para su perduración y su estatus de culto. La película tiene así todos los elementos integradores de un ritual: acciones repetitivas y simbólicas que todos los asistentes conocen y acatan, el uso de objetos, un espacio y tiempo definidos –que puede ser incluso el salón de una casa—, y elementos sensoriales como los gritos a coro.
La película no es solo algo visual, sino que claramente va ligada a una música concreta. Blasco analiza con detalle la banda sonora, marcada por influencias del glam rock y cómo esta música potencia la estética camp de la película. Porque él defiende una distinción importante: Rocky Horror no es “kitsch”, sino camp. Como él mismo señala, lo camp es una construcción conscientemente artística que ayuda a reivindicar la obra como algo más profundo que una extravagancia colorida. No se pierde esa referencia indiscutible que es “Notas sobre lo Camp“, de Susan Sontag.
Una referencia elemental para los márgenes de la sociedad
Para Blasco, Rocky Horror sigue siendo un “faro en la oscuridad”. Es un símbolo de liberación para quienes no encajan en los moldes normativos: un refugio para personas LGTBIQ+ que, especialmente en sus inicios, encontraban en las sesiones de medianoche una “familia elegida”. La película celebra “el placer de no encajar”; es imperfecta, salvajemente diversa, absolutamente fascinante. La famosa frase “Don’t dream it, be it” (No lo sueñes, se) cobra una relevancia renovada en su reflexión: para Blasco es un llamado a la autenticidad, a quitarse las máscaras y existir con todas las paradojas que eso implica.
Aunque Rocky Horror nació de la periferia, con el tiempo ha pasado a formar parte del canon de la cultura pop. Blasco traza esa evolución con ojo de cronista: desde su estética de serie B y sus raíces en el teatro alternativo hasta su presencia en series como Los Simpson, Glee o incluso en fenómenos más contemporáneos. Una popularización que evidencia su estatus icónico.
[…]y luego han desaparecido como si todo hubiese sido un experimento imposible. Y quizá lo fue. un experimento sobre la abolición del género y de la familia, sobre el amor, sobre la libertad. Sobre lo que ocurre cuando se derriban las reglas, cuando se le permite al deseo tomar el control.
Un momento para reflexionar sobre los discursos impuestos
Publicado coincidiendo con el 50 aniversario de la película, el ensayo de Blasco adquiere una dimensión especial. No es solo un repaso nostálgico, sino una reflexión situada en nuestro tiempo: ¿qué significa Rocky Horror para las generaciones actuales? ¿Cuál es su papel frente a los discursos identitarios, los debates de género, la cultura queer global? Este 50 aniversario se celebra a lo grande: con proyecciones restauradas en 4K, reediciones en vinilo de la banda sonora y coleccionables que evocan el brillo original de la obra. Es un libro para los fans de la película, pero también para quienes aman la cultura pop, para lectores interesados en la identidad queer, en cómo un musical extravagante se convierte en un símbolo de resistencia.
Es un repaso a su historia, a su banda sonora, a sus actores y a las anécdotas que dotaron de más color, si cabe, a una obra primero y un metraje después que ya estaba dotado de una pátina de sobreabundancia. Pero es mucho más: es una invitación a reexplorar, a redescubrir, a volver la mirada atrás y decidir si aún hay cabida para gritarle a una pantalla en medio de una vorágine de gente convencida de haber encontrado un espacio de familia elegida.

- Título: The Rocky Horror Picture Show. Transgresión, contracultura y películas de medianoche.
- Autor: Popy Blasco
- Editorial: Dos Bigotes (podéis leer más información sobre el libro aquí)
- 160 páginas. 18,095 Euros (formato papel); 6,99 Euros (formato digital)
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