Si en la última entrada hablaba de Audición y de Azul Casi transparente, es la novela de hoy, Sopa de Miso, quizás uno de los títulos más reconocibles de Ryū Murakami, quizás por lo terrible, aunque no se quedan corto el resto de sus novelas publicadas. Ha sido la primera que publicó del autor la editorial Malas Tierras en 2025 y, como carta de presentación, no tiene desperdicio.
Kenji es un joven guía nocturno de veinte años que trabaja en las calles de Kabukichō, en el centro de Tokio. Se encarga de acompañar a los gaijin o extranjeros que llegan a Japón para visitar locales de alterne, cabarets, peep shows —cabinas con una mirilla desde la que se pueden ver espectáculos con mayor o menor grado de contenido sexual, “soaplands”… y se asegura de que pasen un buen rato. Frank es un turista estadounidense con un punto inquietante que requiere sus servicios para tres noches. Algo en su forma de comportarse no encaja y la noche de Tokio y sus luces de neon no parecen capaces de contener la tragedia que está a punto de desatarse.
A pesar de ello y de que que Kenji había prometido a su novia pasar más tiempo con ella, la oferta de Frank es demasiado atractiva como para recharzarla.
Murakami construye la novela como una cuenta atrás —tres noches, tres capítulos— donde la tensión no estalla de inmediato, sino que se filtra. La violencia, cuando aparece, no es tanto un giro como una revelación: el mundo ya estaba roto, solo que aún no lo sabíamos.
Ryū Murakami, una mirada puesta en Estados Unidos.
A Ryū Murakami se le ha interrogado más de una vez sobre la presencia de Estados Unidos en su obra. Un crítico japonés hablaba de que la principal preocupación de los escritores japoneses Haruki y Ryu Murakami es Estados Unidos, no tanto como territorio sino como una influencia cultural, como creador de tendencias, como infiltrado silencioso en Oriente.
Hay razones biográficas para ello. Murakami pertenece a una generación marcada por la derrota de Japón en 1945 y la posterior ocupación estadounidense y nació en una ciudad marcada por la presencia de bases militares estadounidenses tras la Segunda Guerra Mundial. Esa convivencia era cotidiana, visible y sonora: la cultura estadounidense (música, comida, símbolos) estaba integrada en el paisaje urbano de su juventud e influyó en su obra, como él mismo ambiente. Estados Unidos deja así de ser un lugar lejano, exótico, para convertirse en una presencia invasiva.
A nivel de la sociedad nipona, Japón fue “forzada” a adoptar elementos de la cultura estadounidense y adoptó una actitud dual: por un lado admiraba ciertos aspectos como la libertad o la cultura popular, al tiempo que sentía resentimiento o incomodidad por su dominación. Murakami respondía a estas mismas emociones y en su obra EE.UU. unidos aparece tanto como fuente de identidad como de caos, además de representar el exceso en todos sus aspectos (consumo, libertad individual, sexualidad…) hasta llegar al descontrol.
En Sopa de miso esta ambivalencia se encarna en Frank: fascinante y repulsivo, atractivo y destructivo. En todo caso, Murakami no escribe sobre Estados Unidos, sino que usa el país como una herramienta para observar Japón por comparación, ofreciendo una mirada externa.

Tokio como escenario de lo superficial y los abismos.
Tokio, tal como aparece en la novela, no es un simple escenario: es una fuente de estímulos diseñados para anestesiar y hacer olvidar la desidia del día a día. Los barrios nocturnos que Kenji recorre con Frank configuran un espacio nocturno alternativo a la imagen diaria de productividad y eficiencia, un espacio donde el objetivo es acumular y consumir experiencias, una tras otra, lo más extremas posibles, sin culpabilidad ni ética ni moralidad en juego. Todo está disponible, todo tiene un precio, y nada parece importar demasiado.
Murakami se apoya en una idea recurrente en la literatura urbana japonesa: la ciudad como un lugar de desconexión emocional. Kenji, pese a moverse con soltura en ese entorno, no pertenece realmente a él; lo recorre con una mezcla de familiaridad y distancia, como si ya hubiera asumido que la implicación afectiva es incompatible con la supervivencia en ese ecosistema. Los personajes trabajan, consumen, interactúan, pero rara vez establecen vínculos significativos entre ellos. Incluso el lenguaje parece erosionado: las conversaciones entre Kenji y Frank, a menudo triviales o ambiguas, están cargadas de silencios y dobles sentidos que revelan más de lo que ocultan.
Estados Unidos como el espejo en el que Japón no se quiere ver
Es ahí donde el personaje de Frank encarna una de las tensiones más explícitas de la novela: la relación entre Japón y Occidente. Frank no es simplemente “el otro”; es, más bien, un espejo distorsionado en el que Japón se ve obligado a reconocerse.
A lo largo de la novela, Frank formula observaciones sobre la sociedad japonesa que resultan incómodamente certeras: la obsesión por la apariencia, la represión emocional, la tendencia a evitar el conflicto directo. Kenji, por su parte, oscila entre la incomodidad y una especie de aceptación resignada. No discute abiertamente, pero tampoco puede negar del todo lo que escucha.
Este intercambio revela el doble ángulo mencionado: por un lado, el extranjero aparece como figura invasiva, potencialmente destructiva. Por otro, su mirada permite visibilizar aspectos de la cultura japonesa que, desde dentro, permanecen invisibles o naturalizados. Murakami no plantea un conflicto entre culturas, sino una contaminación mutua. Frank no es un agente externo puro: su violencia se inserta en un sistema que ya estaba predispuesto a absorberla. La novela sugiere que el peligro no proviene únicamente del “otro”, sino de la fragilidad interna de la sociedad que lo acoge.
Sopa de Miso y la complicidad ante el mal.
Uno de los aspectos más perturbadores de Sopa de miso es la actitud de Kenji frente a la creciente sospecha que despierta Frank. Desde etapas tempranas, el protagonista intuye que algo no encaja. Sin embargo, su reacción no es la de quien busca confrontar o escapar, sino la de quien observa, calcula y, en última instancia, continúa como si no pasase nada. Es, en cierta forma, una forma de adaptación. Kenji ha aprendido a no intervenir, a no hacer preguntas que puedan comprometer su posición o su seguridad. Su comportamiento refleja una ética mínima, funcional, donde lo importante no es hacer lo correcto, sino evitar consecuencias negativas.
En este sentido, la novela dialoga con la idea de la banalidad del mal: no se necesita una maldad extraordinaria para que el horror tenga lugar; basta con una suma de indiferencias, de decisiones pequeñas que privilegian la comodidad sobre la responsabilidad. Kenji no es culpable en un sentido directo, pero tampoco es inocente. Su papel es el de espectador implicado, figura que Murakami utiliza para interpelar al lector: ¿en qué medida participamos, por omisión, en aquello que decimos condenar?
La economía del deseo y la violencia.
El mundo nocturno que la novela describe está organizado en torno a la compra y venta de experiencias corporales. Desde los clubes hasta los “soaplands”, todo funciona bajo una lógica de intercambio donde el cuerpo se convierte en un objeto transaccional. Ryu Murakami es analítico ante una colección de personajes que no son víctimas pasivas sino que interactúan dentro de un marco económico la violencia implícita del sistema.
El deseo, en Sopa de miso, aparece profundamente despojado de intimidad y de emociones positivas. Es un deseo programado, gestionado, orientado al consumo. Los encuentros no generan conexión, sino satisfacción momentánea seguida de vacío. Frank lleva esta lógica al extremo. Su relación con el cuerpo ajeno no es simplemente utilitaria, sino destructiva. En él, la cosificación alcanza su forma más radical: el otro deja de ser sujeto para convertirse en materia.
Cuando la violencia finalmente se manifiesta de forma explícita, lo hace con una intensidad que contrasta con la contención previa. Sin embargo, incluso en ese momento la escena no está construida para provocar una catarsis, sino para generar incomodidad. Además, la novela introduce una dimensión particularmente perturbadora: la del horror como espectáculo. En una sociedad saturada de imágenes, donde todo puede ser grabado, visto y compartido, la violencia corre el riesgo de convertirse en una forma más de entretenimiento. Murakami plantea así una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto estamos preparados para distinguir entre la condena del horror y su consumo?
Una novela sin respuestas y con sospechas
Sopa de miso no ofrece consuelo ni resolución clara. Su final no clausura los temas que plantea, sino que los deja abiertos, suspendidos en una especie de inquietud persistente. Sus personajes tienen un punto de indefinición, con motivaciones no siempre claras o que no terminan de configurar sus objetivos vitales.
Murakami señala, con precisión casi clínica, aquello que preferiríamos no mirar, los males de una sociedad alienada que existe bajo las luces de neón y que la mayoría preferimos ignorar bajo las coberturas de la cama. Pero en cierto modo, aunque sea a nivel subconsciente, sospechamos que no somos ajenos a esa realidad oscura que reside en las aceras a la vuelta de la esquina.

- Título: Sopa de Miso
- Autor: Ryū Murakami (traducción de Jaime Montes)
- Editorial: Malas Tierras (podéis leer más información sobre el libro aquí)
- 224 páginas. 22,50 Euros (formato papel).
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