No todo en un confinamiento puede ser leer novedades literarias. Tampoco me quedan ya tantas novedades por leer. Sí, arramplé con lo que pude el último día con la librería abierta pero no era cuestión de llevar el carro de la compra. Entre tanto libro colé con mucha alevosía pero sin nocturnidad uno que llevaba tiempo queriendo leer y que, sin ser novedad, sí es una reedición de marzo de este mismo año a cargo de la editorial Galaxia Gutenberg.

Anoche soñé que volvía a Manderley.

Rebecca se va acercando con paso decidido a su centenario desde que su editor, Victor Gollancz, la publicó por primera vez en 1938. Esta novela de Daphne Du Maurier cuenta con un buen puñado de méritos a sus espaldas. Para comenzar, esa primera icónica frase que está en mente incluso de quienes, no habiendo leído la novela, se han dejado seducir por la brillante adaptación cinematográfica a cargo del director Alfred Hitchcock.

El síndrome Manderley, un escenario que es mucho más que un protagonista

Esa primera frase es una sentencia: Manderley, esa casa de estilo victoriano neogótico, creó un síndrome del que el lector no puede escapar: el espacio físico al que quiere volver, el que le provoca una sensación ineludible de ansiedad pero que, en realidad, nunca ha existido. Porque Manderley nunca fue aunque Daphne Du Maurier consiguiera hacernos creer su existencia. La mansión, rodeada de imposibles jardines que describe con precisión hasta envolvernos en los aromas de las plantas en flor y cercana al mar, es una clara representante de las Country houses tipo Brideshead que la aristocracia británica comenzaba a no ser capaz de sostener económicamente. El interior estaba inspirado en Milton Hill, la casa en la que vivió Du Maurier de pequeña, pero el exterior era, posiblemente, más parecido a Menabilly Manor, una mansión de estilo georgiano en Cornualles.

Conoció la casa veraneando con su familia en 1926. Ya por entonces estaba abandonada. Y consiguió alquilarla en 1943, gracias a las ganancias que le acarreó la adaptación cinematográfica de Rebecca. Esta Manderley de pega sería su hogar durante veinticinco años, hasta que expiró el contrato de alquiler.

El síndrome de Rebecca y la mujer sin nombre

No es este el único síndrome provocado por una novela en la que se cruzan con pericia las descripciones de una aristocracia británica aferrada a viejas tradiciones y al qué dirán, un clima de ansiedad y misterio y escenas de acción en un sentido clásico pero manejadas con pericia.

El síndrome de Rebecca surgió en psicología también a raíz de la novela. La protagonista —de quien nunca sabremos el nombre más allá de mentarla como “segunda” señora de Winter ni tampoco su edad, unos veinte años más joven que su marido— es una joven acompañante de una mujer que representa a las claras esa idea que tenemos de una nueva aristocracia americana, estridente, demasiado obsesionada con destacar o con saberlo todo de los demás de las formas más ignotas.

Ahí se topa con Maxime de Winter: aristócrata dueño de Manderley, viudo en extrañas circunstancias. Tampoco vamos a negar la mayor: no hay personaje que caiga bien en una novela en la que las actitudes de principios de siglo veinte chocan con fuerza con la forma que tendríamos ahora de ver las cosas. Ella, apocada, inocente, ilusionada, enamorada en fin pero con un terrible sentimiento de inferioridad, no consigue encontrar su lugar como señora de la casa en una Manderley en la que Rebecca, la primera esposa, había adaptado todo a su gusto, con aparente perfección, sabiendo cuál era su lugar e imponiéndose con firmeza y ciertos rasgos sociópatas.

Una novela de fantasmas

Rebecca es la que no está pero está presente en todo momento. Todo en la novela recuerda a ella y todo la convierte en un personaje atractivo tanto para el lector como para quienes la rodean en el argumento. Daphne Du Maurier es una narradora prodigiosa que, a pesar de llevarnos al desenlace en el primer capítulo, mantiene el interés página tras página con un estilo evocador de sensaciones que trasmite con una claridad asombrosa. El ritmo se acelera o ralentiza a su gusto, decide cuándo es el momento de provocar el giro, la sorpresa de forma efectiva pero no efectista.

Rebecca es una novela de fantasmas sin fantasmas. Una historia con un final controvertido que tal vez no esté ajustado a lo entendemos por ético o de ley pero que presenta con una naturalidad que no da cabida a otra solución. Ya había manejado con soltura su técnica en otros relatos como Los pájaros, pero lo que ahí quedaba en acertada anécdota aquí es un prodigio literario.

La conversión de Rebecca en un clásico de lectura obligada

Sin duda, no hay lector de Rebecca que no sueñe con volver a Manderley. El espacio es evocador: lo que fue determina lo que seremos y lo que ya nunca será. El futuro viene definido por una juventud perdida y por acciones que ya no tienen vuelta atrás. La novela es evocadora. Es una historia de amor revuelta y confusa que llega mucho más allá para transformarse en una historia de celos, de inseguridades. Nadie rivaliza con Rebecca, perfecta, elegante, talentosa. Frente a ella, la protagonista es quien se transforma en el fantasma ignorado por todos, en un trasvase extraño de papeles inspirado por los celos de Du Maurier frente a la primera esposa de su cónyuge.

Rebecca es esa joya que hay que leer al margen de la adaptación —también maravillosa— cinematográfica. Es una cita ineludible con una historia que mezcla psicología de personajes con una capacidad asombrosa de crear un ambiente que escapa a la mayoría de los escritores.

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  • Título: Rebecca
  • Autor: Daphne Du Maurier (traducción de Fernando Calleja Gutiérrez)
  • Editorial: Galaxia Gutenberg (más información del libro aquí y leer las primeras páginas del libro aquí)
  • 480 páginas. 19,00 Euros (formato papel)