Siguiendo con la línea de la última entrada en el blog de los libros de temática más fantástica o terrorífica, una vieja conocida de este espacio vuelve: Catriona Ward.
En 2021 se publicaba por primera vez en castellano una obra de la escritora estadounidense, afincada en la actualidad en Londres y Devon, Catriona Ward. Era La casa al final de Needless Street, una historia que narra la desaparición de una niña desde varios puntos de vista — incluso de una gata—, y única obra suya que aún no he leído. Recibió una acogida muy calurosa incluso entre la comunidad de lectores no aficionados al género fantástico. Por eso se han ido publicando en los últimos ejercicios el resto de su obra (Sundial, La pequeña Eve y La bahía de los espejos), y lo último que nos ha llegado a las librerías es RawBlood, su primera novela ganadora del premio August Derleth a la mejor obra de horror, siendo la primera mujer que ha recibido este premio en dos ocasiones.
Como el resto de su obra, viene traducida por Cristina Macía Oro y editada por Runas, el sello fantástico de Alianza.

Catriona Ward: el in crescendo imprevisible
En algún momento ya he comentado que hay dos razones por las que me encanta la narrativa de Catriona Ward: por un lado, por cómo genera un in crescendo en la pulsión narrativa. En un género donde se asume que es necesario colapsar al lector, ofrecerle algo intenso y fuera de lo normal a cada página, Ward sabe cómo mantener un ritmo narrativo lento y constante que, si bien parte ya de entrada de una situación atípica y con ciertos tintes horripilantes, no deja de caer en una supuesta normalidad. Hasta que deja de ser así.
La segunda razón es que siempre parece una narradora previsible. El lector intuye a lo largo de las páginas qué va a suceder y, en general, no se equivoca. Salvo por una cuestión: Ward siempre incluye al final un giro supremo, un golpe inesperado que te descoloca, que da sentido a toda la narración y que ofrece un prisma que no se había contemplado hasta ese momento. Lo que no significa la aparición de un Deus ex machina sino que permite encajar detalles como si de un puzzle se tratara.
Rawblood, su primera novela, es ya prueba de que esas técnicas estaban ya presentes en su forma de narrar, aunque tal vez no de una forma tan depurada como lograría en otros momentos.
Rawblood, el romanticismo de las casas malditas
La novela nos sumerge en la historia de Iris y su padre, los últimos miembros de la dinastía de los Villarca. Recluidos en su solitaria mansión en Dartmoor, Inglaterra, de nombre Rawblood, sufren aislados la maldición que durante generaciones ha acabado con su familia. Esta es la premisa con la que Ward nos lleva a conocer el legado de una familia que, según dicta el mito, no puede alejarse de la casa porque cuando lo hacen enferman y es la casa la que les aporta a un tiempo prisión y vitalidad.
Rawblood es una es una novela de terror de aires góticos donde se aprecia la influencia de autores como Shirley Jackson y La maldición de Hill House o incluso de obras como Cumbres borrascosas donde la casa ejerce un papel protagonista. La narración se divide entre los puntos de vista de iris y de Charles, el mejor amigo de su padre, ambos puntos separados por unos veinte años, lo que nos permite abarcar un periodo que cada vez se torna más sombrío.
Rawblood, la casa, es el hábitat de un ente en el que no todos los miembros de la familia creen. Un espíritu con forma de mujer horripilante que a lo largo de los años ha torturado a miembros de un árbol genealógico formado a partir de casualidades y en la que creen o bien achacan a enfermedades mentales, que es, por otro lado, un tema que se revela como trascendental en la novela.
Más allá de la casa maldita
Como siempre sucede con las novelas de Ward, su acierto no es tanto su habilidad para perfilar personajes y dotarles de una personalidad muy diferenciada, ni combinar historias que no se pisan, sino que nos ofrece distintos prismas de la narración, sino que sabe cómo introducir cuestiones que van más allá del mero entretenimiento. Tal vez en Rawblood la transición desde la primera parte, de introducción de los personajes y de los primeros elementos inquietantes, hacia una segunda donde intervienen otros familiares y la conclusión se acelera, no es tan fluida como en otras novelas suyas y en ocasiones puede ser confuso entender con exactitud qué está pasando —a pesar del árbol familiar que ayuda a situar a los personajes en el tiempo–.
En Rawblood, ambientada entre finales del siglo XIX a principios del siglo XX, veremos los tortuosos caminos de los avances médicos, muchas veces dominados por el maltrato animal y la experimentación fuera de éticas actuales, el mal trato que se daba a los pacientes psiquiátricos en los asilos, la visión de la homosexualidad en aquella época y sus prejuicios sociales… Con pena todos estos elementos se condensan en el tercio final, cuando podrían haber tenido una introducción más temprana o más desarrollo —el nivel de inquietud que Ward consigue desplegar, por ejemplo, en el psiquiátrico, le ofrece el germen de una novela completa—.
En todo caso, Rawblood demuestra que Ward domina su campo de acción y nos maneja a su antojo a los lectores en terrenos que van de la campiña inglesa a una isla remota escocesa o al desierto de Nevada en Estados Unidos. En cualquier paraje encuentra material para generar ansiedad, terror y extrañeza.




