Natalia García Freire (Cuenca, Ecuador, 1991), autora de Nuestra piel muerta, es insultantemente joven para haber escrito una ópera prima de semejante talento. Lo de la edad lo establezco por comparación; me acerco al fin de la treintena y por sus puertas están llegando escritores dispuestos a cubrir huecos en ocasiones huérfanas. Tampoco sé muy bien qué tiene que ver lo de la nacionalidad cuando el texto partió de su estancia en la Escuela de escritores, pero de nuevo estamos frente a un texto escrito por una mujer, joven y de procedencia sudamericana, mientras rebuscamos en otros textos más locales que nos toquen a ese nivel.

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Nuestra piel muerta, una historia de familia, naturaleza y oscuridad

Es Nuestra piel muerta el viaje de retorno de Lucas al hogar paterno, un regreso que es a la vez un llanto incontrolado, una súplica, una reclamación al padre enterrado bajo la finca y un ejercicio de venganza. Así, la novela se aleja de cualquier canon de género literario para moverse entre aguas y pasar de thriller a oda sin hacer concesiones a ninguna de las dos cosas y sin ofrecer la respuesta que Lucas busca y que el lector, trasladado a su mente, reclama.

El gran acierto de García Freire es enfrentarse a este cruce de géneros sin necesitar mojarse del todo en ninguno de ellos, arañando su superficie en algunos momentos y hundiendo los dedos hasta la muñeca en otros. Todo ello sin renunciar a una lírica latente, cadenciosa, que eleva los sentimientos más sucios y rastreros a un elevado ejercicio narrativo.

Dos planos temporales alternados para configurar una historia

La novela es el ejercicio de la incertidumbre en dos tiempos, pasado y presente. En el pasado Lucas es un niño sometido a un padre dictatorial y con una madre tachada de loca que acaba por ser enclaustrada en un ala de la finca, cada vez más débil e incapaz de seguir inculcando a su hijo el amor por la naturaleza en estado más puro. En la casa viven también sus tres nodrizas, Sarai, Noah y Mara y Esther, el ama de llaves.

Un día llegan a la casa, invitados por el padre para echar una mano con las tierras, dos hombres de actitud simiesca que en la narración de Lucas son la encarnación de un mal al que no es capaz de poner nombre pero que se cierne sobre la casa, sobre la familia y sobre sí mismo. La oscuridad ha llegado y solo cabe esperar desgracias en un futuro.

En el presente Lucas regresa al que fue su hogar ya como joven, destrozado en cuerpo y mente. Enterraron a su padre bajo la tierra que ahora ya no ve como hogar sino como caldo de cultivo de una opresión a la que quiere dar salida a través de la venganza.

La angustia del saber al no saber

En Nuestra piel muerta se niega información al lector de forma consciente. Nunca sabremos, aunque tal vez intuyamos qué le sucedió al padre para dejar que los dos hombres terminaran por ocupar su espacio. Pero lo que no se nos niega es el dolor, la opresión, la sensación de angustia creciente que la autora domina con pericia creando un espacio tan oclusivo como la pequeña cueva en la que el niño Lucas se refugia en ocasiones.

Pero el final, anunciado con cuentagotas pero mucho más fácilmente intuido, no escapa tampoco de esa sensación de error que se podría haber evitado. Es un texto desesperanzado que acompaña a Lucas en el ejercicio de una venganza de la que moralmente tal vez tenga derecho. Le acompaña el lector como le acompañan esos insectos que recorren con sus frágiles pero poderosas patas las páginas del libro. Tal vez esos insectos, que tanto Lucas como su madre antes que él ensalzan como necesarios para la vida, arrancan del lector esos miedos atávicos de de quienes sufren pesadillas con antenas y patas peludas, con venenos inyectados que paralizan el cuerpo poco a poco.

La mujer ausente / presente

En el conteo general hay más personajes femeninos que masculinos, pero ellas parecen eternos entes fantasmales que se deslizan en un segundo plano. No se escapa la ironía de la figura de la madre en su torreón o, en este caso, en una habitación tapiada. La figura de tutela perdida que se resiste a dejar de ejercer su papel de dadora de vida, aunque sea dibujando plantas en la pared. Las nodrizas, por su parte, pasan de ser almas cándidas a súcubos a heridas abiertas por diversión de los hombres. En todo caso su papel no escapa de los convencionalismos económicos de la historia: su existencia está  poco más arriba de un mueble, es transferible o desechable a antojo. Hay esperanza. Lucas ve en ello la injusticia que no sabe manejar.

Nuestra piel muerta es una novela poética que obliga a esforzarse en su lectura. Hoy en día poco más podría pedir. Pero además es una historia cruel y bella, asfixiante en su entorno de idílica naturaleza, insultante tal vez para una ópera prima y que deja con ganas de ver qué más sale de la mente de la autora cuando su escritura mude la piel.

nuestra piel muerta cubierta

  • Título: Nuestra piel muerta
  • Autor: Natalia García Freire
  • Editorial: La Navaja suiza (más información del libro aquí y podéis leer un fragmento aquí)
  • 156 páginas. 15,90 Euros (formato papel)