Corren buenos tiempos para la narrativa coreana. Si hace poco más de un lustro apenas contábamos con dos o tres títulos destacados, como Pachinko, de Min Jin Lee, o Kim Ji-Young, nacida en 1982, de Cho Nam-joo, es a raíz de dos sucesos que ahora podemos encontrar muchos títulos escritos por autores coreanos.
Bora Chung
Bora Chung nació en Seúl. Su primer relato, “Meori” ganó el Premio de Literatura Yonsei en 1998. En 2008, ganó el Premio de Distinción de la 3.ª edición de los Premios de Escritores Digitales por su novela La Zorra.
Bora Chung se apasionó con las historias extrañas y fantásticas de escritores de Europa del Este mientras completaba sus estudios de literatura inglesa y rusa en la universidad de Younsei. Conejo Maldito —publicado también por Alpha Decay en 2023—, preseleccionada para el International Booker en su edición en inglés, contiene diez relatos cortos que abarcan desde oscuros cuentos de hadas hasta crudas fábulas de venganza y un inquietante horror corporal. Otras de sus obras son “The Head” o “Momhada”.
Es una autora que juega con los límites entre los géneros, moviéndose entre el realismo mágico, el terror o incluso la ciencia ficción. Chung utiliza elementos fantásticos o surrealistas para abordar los problemas del a sociedad actual, como el capitalismo o el patriarcado. Sin embargo, ella misma ha afirmado que la literatura no tiene un impacto directo en la vida. Así que, como activista, va a manifestaciones a aprender de la gente y encontrar la forma de transmitir sus historias al mundo.
Además de escribir, es traductora de lenguas eslavas, y entre sus traducciones está El maestro y Margarita de Mikhail Bulgakov.
La zorra, su primera novela, es una historia que, como comentábamos, se mueve entre lo actual y lo tradicional, porque la trama parte de la leyenda coreana del zorro de nueve colas o gumiho, una criatura con múltiples rostros y vidas que seduce a los hombres para terminar matándolos y devorando su hígado.

La zorra, a medio camino de lo sobrenatural
Kijun, un instructor de academia, conoce en un autobús nocturno a Jieun, una zorra de nueve colas que ha adoptado la apariencia de una hermosa mujer. Kijun no tarda en enamorarse perdidamente de ella, ciego a los extraños sucesos que empiezan a producirse a su alrededor.
Chung nos habla de cómo en los grandes clásicos de la literatura, como Romeo y Julieta o Tristan e Isolda, la idea del “amor prohibido” funciona como detonante. En La zorra, el amor de Kijun por esta criatura mágica está alentado por la fuerte oposición de su familia y, en especial, su abuela. Las emociones se desencadenan y, por mucho que queramos definirnos como seres racionales, gobiernan y deciden los actos de los personajes, en muchas ocasiones en contra de lo que resultaría natural. Kijun debería temer a esta Zorra de nueve colas por la leyenda que la rodea; ella debería matarle sin dudar ni un momento. Pero Chung nos lleva a otra narrativa gobernada por el amor como elemento de construcción de ilusiones y fantasías.
Así, los elementos fantásticos, los personajes que superan los limites de lo creíble, se juntan con teléfonos móviles en una extraña combinación que da al texto un aura de atemporal, a pesar de que Chung lo actualizó para su reedición diez años después de escribirlo durante los meses que su abuela pasó en un hospital antes de fallecer en 2008. De ahí la figura de la abuela de Kijun, que encarna la sabiduría pero también la necesaria dosis de realidad de quien ya ha vivido y sabe que ciertas cosa son imposibles.
Elementos fantásticos enfrentados a una gris realidad.
Chung está inclinada a comprender la mitología, creencias populares y folclore en una Asia donde una rápida modernización de la sociedad no dio tiempo a procesar esta sabiduría ancestral, por eso necesita incluir estos elementos en una historia que habla de la soledad, de la familia y de las expectativas que los demás depositan en nosotros. Kijun aparece como un personaje que no cumple con los estándares de esfuerzo y éxito que le impone la sociedad coreana y que, a pesar de tener trabajo y mantenerse a sí mismo, se muestra como un fracasado. El amor, de cualquier clase, es así en parte un elemento redentor, que da una chispa a lo anodino y gris de su vida.
El matrimonio, que debería ser lo que le saque del vacío que le hacen todos a su alrededor se transforma y nos entra la duda de si será más una obsesión por lo inalcanzable que una autentica emoción.
La zorra es una novela que no llega a ser de terror, aunque pueda tener algún momento inquietante, y, dividida en tres actos con un interesante cambio de registro que solventa con cierta habilidad, nos lleva a un territorio que nos exige una cierta fe en lo sobrenatural.




