Estos días se han debatido varias propuestas que bajo el título de «apagón cultural» han tratado de reivindicar el escaso valor que se les da a los artistas de toda índole. Valor que es imposible negar cuando todos estamos en mayor o menor grado pegados a la televisión (ya sea en su versión más tradicional o a través de cualquiera de las plataformas de vídeo bajo demanda), a los podcast, a un libro, a un programa  de radio o a retransmisiones en línea de obras teatrales. Otra guerra que se ha planteado (de la que se ha hablado ya tanto que me resulta agotadora) es si eso es cultura o entretenimiento. Para mí no existe la una sin lo otro.

Os estaréis planteando qué tiene esto que ver con La guerra de las salamandras, una de las obras de ciencia ficción apocalíptica más conocidas de la historia. Sucede que estoy en un momento de recrear conexiones entre cosas que parecen inconexas.

Una de las actividades más populares del ingenio humano es imaginarse cómo serán algún día, en un lejano futuro, el mundo y la humanidad; qué milagros técnicos se habrán realizado, qué cuestiones sociales habrán sido resueltas, hasta dónde llegarán los progresos de la ciencia y de la organización social, etc.

La guerra de las salamandras: Una historia en entreguerras

Karel Čapek publicó La Guerra de las salamandras en 1938 en Praga. Ideó desde cero esta historia dividida en tres partes en las que el hallazgo fortuito de una especie no conocida de salamandra en una ensenada de una isla del Pacífico acaba desembocando en el fin de la especie humana tal y como se conocía hasta ese momento. Como buena obra de literatura apocalíptica fantástica enraíza con fluidez con las emociones humanas básicas, transformando una situación utópica y poco verosímil en una cierta enseñanza moral sobre la necesidad del hombre de salvaguadarse de si mismo.

Karel Čapek

Karel Čapek

La guerra de las salamandras se ha definido como una sátira mordaz y divertida. Me quedo como lectora con la primera definición, no así con la segunda. La sonrisa no ha aparecido en ningún momento en una obra que es, a la postre, más terrorífica que otra cosa por su falta de esperanza respecto a lo que el hombre, comprendido como masa puede llegar a ser.

Decía que está la obra dividida en tres partes: la primera de ellas es la más narrativa y cortada bajo un patrón de relatos cortos donde el narrador salta de uno a otro punto y rompe la linealidad para mostrarnos la historia desde diferentes puntos de vista.

Aún así hay cierta presencia habitual de algunos de los personajes: un capitán, que responde bien a la definición de viejo lobo mar, es quien descubre las salamandras en una isla del Índico y quien ve en ellas el potencial para convertirlas en mano de obra en la búsqueda de perlas bajo el mar; G.H. Bondy, un empresario exitoso a quien recurre el capitán en busca de financiación y que tiene planes más ambiciosos para las salamandras a largo plazo; y el señor Povondra, mayordomo de Bondy, que es quien deja entrar al capitán en la casa y eso supone el primer paso en la escalada bélica.

Fundamentos científicos y políticos para una novela atemporal

La segunda parte es mucho más extensa y, a mi juicio, más tediosa al funcionar como un interludio de las otras dos. Čapek busca sentar las bases científicas y éticas de la nueva especie y para ello se sirve de ficcionados estudios, reportajes en prensa y voces de estudiosos de la época.

Así intenta asentar, una tras otra, una serie de cuestiones morales que van calando poco a poco en el lector: ¿qué son las salamandras? ¿de dónde vienen? en el momento en que empiezan a demostrar no solo su capacidad de organizarse, trabajar sino, también, de asimilar la lengua de sus patrones, ¿responden a una conducta animal o a algo más evolucionado? ¿Debe tener derechos una especie que manifiesta ciertas dosis de inteligencia? Y ya puestos, ¿qué es la inteligencia? Al mismo tiempo comienza una lucha política por tener el mayor número de salamandras posibles por su valor estratégico y económico.

La desoladora imagen final

Mientras todas estas cuestiones dejan el poso en el lector, se adentra el tercer tramo de la novela en el que las salamandras muestran una cara de dominación, dispuestas a reclamar lo que consideran propio por derecho. La obra se convierte así en una herramienta de crítica, de advertencia quizás ante el ascenso del nazismo en Europa y de la ceguera de los países que ignoran lo que está sucediendo a su alrededor hasta que ya es demasiado tarde.

La imagen que transmite la novela es aún más de desolación en cuanto el capítulo final es una conversación del propio autor de la historia —el propio Karel Čapek si así lo consideramos— que es interrogado sobre si hay esperanza para una humanidad que parece destrozar, no siempre de forma consciente, aquello que se le ofrece. ¿La hay? Čapek no parece ansioso por mostrar su opinión.

La ausencia de la cultura

Uno de los aspectos más llamativos de la novela es que Čapek, a sabiendas, desprecia la cultura por encima de cualquier otro factor que atenga al desarrollo humano. Se estudia en la novela la capacidad trabajadora de las salamandras, su morfología, su alimentación, la influencia del trato con ellas en la economía e incluso en las alianzas políticas y sociales en general… pero en ningún momento se trata ningún aspecto cultural. ¿Tienen las salamandras capacidad de crear historias, de entonar canciones? ¿Hay creatividad en su existencia? La cultura es barrida, es despreciada mientras que Čapek desliza en notas al pie los nombres de Wells o de Huxley, también creadores de visiones fantásticas de la humanidad.

La guerra de las salamandras se articula así en un vacío alrededor del cual se construye una nueva sociedad y falta preguntarse si ese vacío no es, precisamente,  la ausencia del pilar que podría haber soportado la supervivencia.

  • Título: La guerra de las salamandras
  • Autor: Karel Čapek (traducción de Ana Falbovrá)
  • Editorial: Gigamesh (más información del libro aquí)
  • 240 páginas.7,50 Euros (formato papel)