La fábrica de animales

He observado que, desde que trabajo a tiempo completo como librera, el bosque no me deja ver los árboles. Mis intenciones al garete. ¿Recordáis cuando decía “al menos un libro de mis autores favoritos al año”? ¿Dónde ha quedado eso? Pues perdido en un mar de novedades que golpean y golpean y aturden y complican la existencia lectora. He caído en mis propias trampas, he generado más compromisos lectores de los que puedo atender y he desatendido, por otro lado, mis gustos lectores. 

Esto tiene algo de bueno —cuando topas con una lectura agradable, sorprendente que, con suerte, pasará a tu lista de mejores del año— y algo malo. Porque abandonar a tus escritores, abandonar a Bunker, como es el caso, es perder de vista un libro que te produce una satisfacción confirmada a las primeras páginas. Más imperdonable aún cuando su producción es limitada a un puñado de libros, entre los que he reseñado ya La educación de un ladrón, Huida del corredor de la muerte o No hay bestia tan feroz. Retomemos entonces los viejos placeres y hagamos un hueco a La fábrica de animales

Me gusta Bunker porque a Bunker le gusta Jack London y, como él, lo redescubrí en la etapa adulta pensando que era un autor infantil. Me gusta porque me lleva a una realidad que nunca va a ser la mía y por eso la aspiro como si fuera ficción pero sabiendo que no lo es. 

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La fábrica de animales, un delirio de realidad. 

En La fábrica de animales nos traslada a la prisión de San Quintín, un pequeño infierno en un entorno de lo más idílico que los presos apenas intuyen desde un pequeño hormiguero donde miles de ellos se hacinan y se desplazan marcados por un horario estricto y por unas normas que les son extrañas y a las que suman las propias, las de las bandas, las de los malhechores, las de la supervivencia. 

A San Quintín llega Ron Decker, joven, de buena familia, quizás demasiado guapo, detenido por venta de droga. Pronto descubre que su vida anterior ha terminado y que sus aires de superioridad no tienen nada de bueno en un lugar que no termina de entender donde los hombres, en lugar de rehabilitarse, caen en un pozo aún más profundo del que estaban. 

En la cárcel se topa con Earl Coppen, veterano, respetado y conocedor como nadie del ambiente enrarecido de la cárcel, capaz de adaptarse, aprovechar las normas en su favor y adelantarse a los acontecimientos. Interesado por ese “algo más” que le ofrece Decker, Coppen decide tomarlo bajo su protección y garantizar su bienestar. 

Lo más característico de La fábrica de animales es que, sin renunciar a la facilidad con la que nos sumerge en el ambiente carcelario, Bunker añade un factor emocional poco frecuente. Cada libro suyo que leo es una pieza más que encaja con el resto formando un cuadro completo que es su vida sin llegar a serlo. 

El equilibrio entre sentir y no hacerlo 

En un ambiente en el que la palabra no existe, o no se llama tal —sí abundan términos como alianza, relación de dependencia, lealtad a los códigos de honor o a las normas, escalafón o autoridad, entre otros— Coppen encuentra en el joven Decker algo que no sabía tal vez que añoraba: la amistad sin contrapartida, la capacidad de relacionarse con alguien por el simple placer de hacerlo.

Sin embargo, para Decker la supervivencia sí es una pieza clave: deja atrás la comodidad de un mundo donde era poco más que un niño bien resabiado que siempre se salía con la suya para adentrarse en la boca del lobo, en un terreno donde, sin la protección adecuada, no es más que una pieza de cambio, un juguete que pasará de mano en mano mientras sus dueños no se aburran de él. 

En La fábrica de animales Bunker insiste en algo que es recurrente en sus historias: la cárcel no reforma, no arregla nada, no es un tiempo de reflexión ni de formación. Los hombres malos se convierten en la maldad sin ética ni remordimientos en estado puro mientras que los hombres buenos que han caído ahí más por mala suerte o por cúmulo de circunstancias se echan a perder intentando nadar y guardar la ropa al mismo tiempo. 

Leer a Bunker es perder el tiempo soñando con algo que no queremos en nuestra vida; como asomarse por la puerta de un destino que, como espectadores, nos parece de lo más interesante sin perder de vista el horror que se esconde detrás. Bunker juega con las emociones y las disfraza de acciones para que meditemos si quedan almas en la cárcel de San Quintín. Tal vez el título de la novela sea poco más que un destripe pero no quita las ganas de sumergirse en ella. 

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  • Título: La fábrica de animales
  • Autor: Edward Bunker, traducción de Laura Sales
  • Editorial: Sajalin (más información del libro aquí )
  • 315 páginas. 19,50 Euros (formato papel).

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