Que Richard Matheson es un autor que me gusta, no es sorpresa para nadie. Menos si tenemos en cuenta que hace unos pocos meses participé en el podcast La cueva de Tartalo para hablar de algunos de mis relatos favoritos de su más que extensa y prolífica producción, que podéis ver y escuchar aquí. Pero es cierto que aún me quedaban cosas por comentar, y una de las ideas más interesantes en torno a su producción literaria es que hay un abismo de estilo entre sus relatos y sus novelas —mucho más escasas en cantidad—, de las que solo he hablado hasta ahora por aquí de Soy leyenda.
La historia de Robert Neville, el superviviente de esa catástrofe bacteriológica que le convierte en “el otro” frente a la mayoría, palidece bastante en comparación con la osadía de la que es considerada una de las mejores novelas de casas encantadas de la historia: La casa infernal. Y quizás también una de las que peor han envejecido y sobrevivido al paso del tiempo en algunos temas.
La casa infernal, una construcción clásica del terror
Richard Matheson parte de un planteamiento bastante clásico del género del terror para sentar las bases de la novela: tenemos un encargo que da pie a la narración, una casa maldita y llena de espíritus, un grupo de investigadores de distintos origenes y enfoques dispuestos a afrontar lo que se esconde tras sus paredes… La diferencia en la novela de Matheson estriba, en especial si tenemos en cuenta que se publicó en 1971 y han pasado cincuenta y cuatro años, en el enfoque que le dio a su historia, llena de violencia, provocación y un terror que se manifiesta de una forma muy explícita.
Stephen King llegó a afirmar que “de todas las novelas sobre casas encantadas, La casa infernal es la más aterradora jamás escrita”.

Un millonario moribundo, William Reinhardt Deutsch, ofrece una gran suma de dinero a un físico, el doctor Lionel Barrett, para que demuestre si existe vida después de la muerte. Le propone para ello un desafío: pasar una semana en la Casa Belasco (apodada La casa infernal) considerado el enclave más embrujado y poseído de cuantos se conocen y comprobar qué hay de cierto en las habladurías que han llevado a que la casa permanezca abandonada desde hace décadas. la
Acompañarán al doctor. Barrett su asistente y esposa Edith; la médium espiritual Florence Tanner, de fuertes convicciones religiosas, y el también médium Benjamin Franklin Fischer, que estuvo en esa misma casa treinta años atrás, cuando era apenas un niño, y fue el único superviviente de la anterior expedición. Desde el momento en que pongan un pie en el edificio, la influencia de los espíritus que ahí parecen habitar se aprovecha de sus debilidades, miedos y deseos para intentar acabar con sus vidas uno a uno.
El eterno combate entre ciencia y creencias místicas
La casa infernal no oculta su razón de ser. Es más: si de algo se puede acusar a Matheson es de ser muy evidente en cada paso que da a lo largo de la historia. Es muy frecuente encontrar comparaciones entre esta novela y la aclamada La maldición de Hill House, de Shirley Jackson. Creo que, a pesar de que Matheson admitió la influencia de la obra de Jackson, escrita veinte años antes, la comparación es injusta. Jackson era una autora que podemos etiquetar como literaria, con una narrativa muy elegante que, en su novela se aproxima al gótico más sugerente, que vincula lo espiritual a la tragedia y el trauma.
Uno de los motores temáticos que impulsan La casa infernal es el eterno conflicto entre la postura del doctor Barrett que se sitúa como un científico escéptico y asentado en la razón y las pruebas físicas y el enfoque de Florence Tanner que está ligada a lo espiritual y a la fé. Aún así, Barret, a pesar de su escepticismo, no pone en duda los poderes psíquicos en un momento en que la parapsicología comenzaba a adquirir cierto grado de respetabilidad social, una era que llegaría a su fin apenas una década más tarde. Muchos investigadores de la época no creían en los espíritus, en los fantasmas, pero sí en los fenómenos provocados por la acumulación de energía psíquica. Esto, que a día de hoy nos supone un shock conceptual, estaba bastante aceptado en los setenta.
La narrativa audaz de Matheson
Ante Jackson, Matheson no echa el freno en ningún momento de su narrativa, no hay límite a lo que se puede escribir por bárbaro o salido de tono que nos resulte, ya sea en el plano de la violencia o en el sexual. En cierta forma, da la impresión de que los límites que se autoimponía en los relatos para garantizar que las revistas los compraran, desaparecen en sus novelas, con un planteamiento mucho más imaginativo y menos encasillado que en otras de sus obras.
Hay pasajes en la novela que rozan lo grotesco, lo provocativo, incluso lo chocante. El horror funciona por impacto, por lo crudo de sus planteamientos, despierta en el lector una reacción visceral ante la que se genera un rechazo o una atracción poco confesable, una atracción que impide dejar de mirar ante lo que nos ofrece. En esa parcela, es un maestro que no será bien recibido por cualquiera.
La mansión, la casa de Belasco, no actúa ahí como un mero escenario. Es un personaje más que juega con las mentes de los personajes, los provoca, los manipula y los explota aprovechando sus deseos, sus debilidades. Matheson eleva a la casa a la categoría de psicópata sin ética ni moral más allá de sus propios deseos.
Un sexplotation de dudoso gusto
No todo funciona como debiera en la novela. Uno de los puntos más críticos es el tratamiento de los personajes femeninos, construidos sobre los estereotipos de la vulnerabilidad y el deseo reprimido, de la mujer dominada por la emoción incapaz de plegarse a la razón. Más allá de esto, sobre la historia se desencadena lo que podemos llamar una concatenación de elementos poco deseables: un sadismo sexual no consentido reiterado —por no decir directamente violación–, episodios de homofobia y de misoginia.
Matheson trata en numerosos momentos el cuerpo de las mujeres de una forma que resulta hasta incómoda, como un voyeur que se regodea en su sexualidad y cualidad de objeto y que se va incrementando a lo largo de la historia. Hay que contemplar entonces La casa infernal como una obra propia de los setenta, enmarcada dentro del auge de movimientos como el explotación en el cine, la creación de obras de temas prohibidos o censurados como motivo principal, en masa, atendiendo más a su impacto que a su calidad.
Matheson se mueve en lo que hoy llamaríamos gore o incluso cine slasher, en una acumulación efectista de golpes con más o menos ingenio que derivan en gritos, sangre y la puesta en duda de cualquier convicción en los personajes. Este doble filo de lo explícito debilita el juego psicológico, pero sería dudar de la capacidad del autor de contar exactamente lo que tenía en mente .
Una obra de su tiempo y una experiencia única
Matheson es, y de esto hemos hablado en algún momento, un autor con una fuerte vocación comercial que manipulaba sus textos para adaptarlos a los requerimientos de quien entendía como su público objetivo. Su narrativa es evidente, poco sutil, muy alejada del sugerir y muy adaptada a las modas y las tendencias del momento. Pocas veces un mismo argumento puede encontrar tantas diferencias en su desarrollo. La casa infernal no escapa de esta lectura.
A pesar de las flaquezas que el paso del tiempo ha dejado entrever, la novela sigue siendo una poderosísima muestra de la literatura del horror, un modelo que desde su publicación se ha replicado cientos de veces en todos los medios, tanto literarios como audiovisuales. El autor es capaz de construir una pesadilla que perdura en la mente del lector, ofrece un texto sin ambigüedades con un final un tanto precipitado pero adecuado a su propósito. Una novela que supondrá una delicia para lectores del horror más visceral y extremo.

- Título: La casa infernal
- Autor: Richard Matheson (traducción de Isabel Merino Bodis)
- Editorial: Minotauro, colección Esenciales (podéis leer más información sobre el libro aquí y ver unas páginas de muestra aquí)
- 320 páginas. 18,95 Euros (formato papel)
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