Alberto Olmos ha escrito en su columna de El Confidencial para hablar de Irene y el aire, su última novela. Me parece una estrategia tan ocurrente como la de los autores que saturan sus propias redes sociales con publicidad de sus obras. Al menos, eso sí, podemos decir que respeta esa ley del mercado que dice que solo puedes hablar de ti mismo cada X publicaciones. X varía mucho según el maestro que enseñe la lección.

De Irene y el aire dice Olmos —para qué estaremos los que reseñamos, si ya el autor nos hace el trabajo— que es una novela autobiográfica: “Cuando lo leas sabrás algo sobre su autor que podrás usar en su contra, mientras que cuando leas la autoficción de otro sabrás algo de él que el otro usará para reírse de ti, porque es mentira”.

Alberto Olmos

Alberto Olmos

De la autobiografía o la autoficción suelo decir yo que, o bien la vida del autor ha sido inusualmente interesante o bien debe ser un narrador con un estilo deslumbrante. Lo de inusualmente viene de que todos creemos que lo que nos sucede es fabuloso hasta que nos damos cuenta de que, en la mayoría de los casos, lo mismo le sucede a un centenar, tal vez un millar, tal vez un millón de personas más. Somos mucho más ordinarios de lo que nuestro ego nos permite admitir.

Por poner un ejemplo y ya que estamos hablando de esta novela: tener un hijo. Mucha gente tiene hijos. Algunos tienen incluso más de un hijo. Pero siempre lo narran con la absoluta convicción de que su tener hijos ha sido algo completamente diferente y excepcional respecto al tener hijos de los demás. Es bastante probable que no sea así, que los casos de partos excepcionales sean uno entre un millar, entre mil millares. No lo sé. Lo que sí puedo asumir es que se perciban como excepcionales por quien los vive en primera persona.

En Irene y el aire Alberto Olmos habla de eso: de los nueve meses que preceden al parto, del parto y de las horas posteriores. Lo hace, y eso sí lo vamos a agradecer, desde el punto de vista paterno. Ya hay suficientes autores que trasladan un punto de vista materno y no siempre con buen tino.

Habla de comprar muebles en Ikea y de necesitar un piso más grande. Asume que el padre a veces es relegado a un segundo plano, con o sin razón. Explica que somos la generación más preparada de cara a un parto y sus problemas y aún así no tenemos ni idea de nada. Habla del día a día, de cosas bastante normalitas, de familias, de la percepción que tienen los demás hacia los “con hijos” cuando “con hijos” se ha convertido de facto en un adjetivo, de cómo cambia la propia concepción de la maternidad de no tener a tener hijos.

El libro tiene ese velo de sensibilidad y al tiempo de ansiedad por no dejar nada en el camino, de hacer un ejercicio introspectivo de los propios sentimientos a través de la memoria. Esa misma memoria que tiene una sádica tendencia a, cuando menos, deformarla hacia el discurso que queremos articular. Es un libro para un hijo o hija que a lo mejor no se interesan por él hasta acaso enfrentar su propio ejercicio de maternidad.

Lo difícil de las novelas como Irene y el aire es llegar a trascender, aunque sea levemente, del discurso particular para hacer de la narración algo más global, que supere ese ejercicio de diario íntimo para provocar en el lector la sensación de que puede llegar a encontrarse, a intuirse, en el propio texto. Olmos lo consigue en algunos momentos pero el resultado global es algo irregular.

En todo caso es —como sucede con Pedro Ugarte— un escritor fiel a su propio reflejo en el espejo. Sus textos maduran con él, las situaciones que nos presenta también. Ya no queda más que un recuerdo del despiste generacional de A bordo del Naufragio o de la crisis existencial de Trenes hacia Tokio. Olmos se hace mayor —la sorpresa sería que no lo hiciera— y sus textos también avanzan hacia una nueva década en la vida de un adulto.

Irene y el aire es un canto a la nueva presencia, un texto lleno de intimidad expuesta pero sin abrir entrañas, es un ejercicio de empatía para quienes ya han pasado por la experiencia de la paternidad y un aviso para los que no. Por alguna razón no bien conocida, los libros que tratan esta cuestión, como El nadador en el mar secreto (que Olmos menciona en el libro) desdoblan al público entre entusiastas y lectores que pasan con calma por el texto pero no terminan de sumergirse en él. Yo, a la hora de leer a Kotzwinkle, me decanto más por Doctor Rat. En el caso de Olmos también creo que estoy en una fase anterior de la vida.

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  • Título: Irene y el aire
  • Autor: Alberto Olmos
  • Editorial: Seix Barral (más información del libro aquí y puedes leer un fragmento aquí)
  • 192 páginas. 17,90 Euros (formato papel).