Holly

No sé si alguien tiene curiosidad por saber cuánto tiempo pasa entre que leo un libro y lo reseño. Si es que llego a plantearme hacer una reseña completa. Hay ocasiones en las que me limito, por una u otra circunstancia, a dejar un par de impresiones en mis perfiles sociales —te recomendaría seguirme aquí: hablo de problemas del primer mundo, de gatos y, por supuesto, de libros. Si no te gustan los gatos mejor abstente porque te vas a aburrir soberanamente—, sin ver la necesidad de una reseña completa. 

Pero bien, yendo al grano: leí Holly en diciembre de 2023 y lleva en la pila de libros de por reseñar desde entonces. Tengo doble tsundoku: la pila de libros por leer que ya ni siquiera es una pila porque me creaba ansiedad, y la pila de libros por reseñar que sí es una pila pero también me genera ansiedad. En circunstancias normales no me agobiaría en exceso porque en España la nueva novela de Stephen King se publica en octubre así que tengo margen hasta ese momento. Este año la planificación editorial de Random me ha jugado una mala pasada porque su siguiente libro, Si te gusta la oscuridad, ya está en librerías desde junio. Seria interesante saber a qué este cambio pero esa es otra cuestión que queda fuera de esta bitácora. 

Lo que sí pone de manifiesto esta situación es que, en este mercado tan obsesionado por ver nacer —y morir— a sus criaturas literarias a un ritmo desorbitado, parece que leer y hablar de un libro que se publicó hace menos de un año es poco más que referirse al pleistoceno editorial. 

Stephen kIng durante la promoción de la adaptación al cine de It (2017)
Stephen kIng durante la promoción de la adaptación al cine de It (2017)

Holly, fuera del registro del terror 

No puedo escapar a la sensación de que Holly ha sido una decepción. No tanto por la novela en sí, ahora entraremos en materia, sino porque esperaba con los dedos cruzados enfrentarme a una nueva novela de terror. Más aún si vemos que su anterior obra, Cuento de hadas, era una historia de corte fantástico y más enfocada tal vez a un público juvenil o, en su defecto, a un público adulto que encontrara un inusitado placer en rememorar los cuentos infantiles clásicos que le acompañaron en sus primeras etapas de la vida. 

Holly no es, lamentablemente para mi, una novela de terror, lo que no quita que sí cuente con elementos terroríficos. Y mientras que algunos de ellos nos ofrecen una vistazo sangriento en la mente de quienes se apoyan en la razón para ejercer el mal, la mayoría de estos elementos se sostienen en algo que King sabe desempeñar con maestría: el horror de lo cotiano, de lo que nos rodea. Como bien cuenta Maria Fernanda Ampuero en Visceral: las historias de terror existen porque son una hipérbole del miedo cotidiano; desmadejar cualquier historia de terror sobrenatural —o, como es el caso de Holly, no sobrenatural— hace que nos encontremos con el tuétano del miedo humano. 

Una protagonista que recibe constantes atenciones de King 

Holly arranca con un miedo que no sabíamos que existía hasta 2020: el de perder a un ser querido y no tener tan siquiera la posibilidad de despedirse en condiciones debido al confinamiento y tener que celebrar un funeral vía videoconferencia. Negar el duelo como forma de borrar los escasos lazos afectivos sociales que mantenemos en la era de la conexión digital y que igualan a todas las personas en un momento que se trasluce como inevitable: la muerte. 

Pero, por si esa situación no fuera suficiente, King le da otra vuelta de tuerca sabiendo que sus palabras —noveladas o no, porque tampoco se corta en sus redes sociales a la hora de exponer su opinión sobre la deriva de la sociedad estadounidense— le van a traer un buen puñado de detractores en su país natal que no pasarán de la veintena de páginas y abandonarán el libro ofendiditos, como diría Lucía Litjmaer. 

Quien muere es la madre de Holly Gibney. Pero la madre de Holly es negacionista del COVID y su enfermedad cae en una combinación que manejan en proporciones dispares la biología, que facilita su caída ante la enfermedad infecciosa y la religión o creencias que la llevan a confiar en su propia resistencia emocional y no en el soporte de la medicina moderna. Su madre fallece y no sabemos si compadecernos más de eso o del calvario que ha de ser lidiar con las creencias de una madre enaltecida por lo espiritual. 

Un thriller con constantes referencias a la actualidad más despiadada

Holly es un personaje recurrente en la literatura de King desde que la presentara en Mr. Mercedes y es evidente que, en cierta manera, algo tiene de alter ego del propio autor o, al menos, de espejo que le sirve para analizar lo que ve a su alrededor y volcarlo filtrado con su narrativa rápida y mordaz. También es verdad que no es un personaje estático, sino que va, poco a poco, evolucionado desde el papel de víctima timorata en el primer título a detective protagonista, fuerte y convencida de su intuición en este último. 

Es su trabajo como detective privada lo que permite a King desplegar ante nuestros ojos un thriller. NO diría que una novela negra porque el lector sabe desde el primer minuto hacia quién enfocar el foco del mal. Es cuestión de regalarnos una investigación donde el quien es más o menos irrelevante e importa más el por qué y el cómo. 

En este caso acepta el encargo de buscar a la hija desaparecida de Jenny a pesar de que su compañero está enfermo (también por Covid) y que debería estar de baja por el fallecimiento a su madre. Pero Holly es una mujer que necesita de la acción como medio para lidiar con la emoción. A pocas manzanas de donde desapareció la joven vive la pareja octagenaria de profesores universitarios: Rodney y Emily Harris, imagen arquetípica de lo que es una clase media o medio-alta respetable, culta, con un sólido círculo social y, quizás, demasiado pagados de si mismos. 

El Canibalismo y otros tabúes 

King dice de Holly que le gustó contemplar la historia de un caníbal porque es el tabú social definitivo, algo con lo que no estoy tan de acuerdo, sobre todo cuando pienso en abusos a la infancia. En todo caso lo considera una herencia del cine de zombis de George Romero, poniendo de manifiesto que los genios del terror y el fantástico se reconocen entre ellos. 

No es el único tema que salta a la palestra. Además del auge negacionista —del Covid pero también de tantas otras cosas— King pone en la palestra cuestiones como el creciente impulso de los veganos o vegetarianos y si obedecen tanto a una moda como a una real e inamovible nueva ética que necesita de una situación de vida o muerte para demostrarse como tal.  

Pero también habla de una creciente y más que preocupante ola de racismo que sitúa en el miedo como origen: miedo irracional, sí, pero existente, miedo a tener que demostrar más, a esforzarse más porque otros —y la casualidad marca que esos otros sean negros o hispanos— están mejor preparados y eso duele y marca y, frente a la cultura del esfuerzo, es más interesante recurrir a la queja, la difamación o cualquier otra excusa no cabal para mantener una ficticia superioridad. 

Abría con un terror común y cierro con otro que es igual de común: el miedo a envejecer, a una vejez que en una sociedad donde los logros médicos han ayudado a elongar significativamente la esperanza de vida se enfrenta a nuevos retos y nuevas enfermedades que aún no sabemos digerir y que ejercen una enorme presión social sobre la tercera edad. 

El cómo se salga de esa presión es ya la cuestión que King lleva a su terreno conocido en Holly en una novela que se desliza con la misma rapidez a que nos tiene habituados a los lectores. 

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  • Título: Holly
  • Autor: Stephen King (traducción de Carlos Milla Soler) 
  • Editorial: Plaza y Janés (más información del libro aquí y puedes leer las primeras páginas aquí)
  • 656 Páginas. 23,90 euros (formato papel); 12,99 euros (formato digital)

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