El otro mundo, de Enrique Bonet y Joaquín López Cruces

El otro mundo es una novela gráfica que no solo cuenta una historia, sino que trata de restituir o recuperar una memoria que, en 2026, muchos tendrán problemas para recordar y otros —me incluyo— directamente, desconocían hasta la lectura de esta obra. Lo hace además desde un lugar incómodo y fértil a la vez: el choque entre la cultura como promesa de emancipación y la realidad social que se resiste a ella

Las Misiones Pedagógicas en la Segunda República

El cómic tiene como fondo Las Misiones Pedagógicas. Para quien lo desconozca, fueron un proyecto impulsado por la Segunda República española en 1931, bajo la inspiración de figuras como Manuel Bartolomé Cossío, como respuesta al altísimo índice de analfabetismo, de hasta un 50% entre la población adulta, agravado en especial en áreas rurales donde el acceso a la educación era especialmente complicado y las desigualdades sociales muy evidentes.

Su objetivo era claro y ambicioso: llevar la cultura a las zonas rurales más aisladas del país, donde el acceso a la educación y a los bienes culturales era prácticamente inexistente, mediante algunas propuestas de mejora educativa propugnadas por miembros de la Institución Libre de Enseñanza.

Incluían actividades tales como bibliotecas ambulantes —las bibliotecas se llevaban cerca de la mitad del presupuesto—, proyecciones de cine, representaciones teatrales y de marionetas, audiciones musicales, reproducciones de obras de arte… Su filosofía era que la cultura no debía ser un privilegio urbano, sino un derecho universal y además ser una herramienta de emancipación individual y colectiva.  A menudo se confunden las Misiones Pedagógicas con La Barraca, dirigida por Federico García Lorca, que era un grupo de teatro universitario que llevaba a los pueblos representaciones de los clásicos del Siglo de Oro. Para saber más sobre el tema, podéis partir de esta página del Ministerio de educación, Formación profesional y deportes. 

El otro mundo, una ficción en la Alpujarra granadina. 

El otro mundo, de Enrique Bonet y Joaquín López Cruces, es una novela gráfica que, como comentaba, trata de recuperar esa memoria. Ambientada en la Alpujarra granadina de 1933, la obra toma como base histórica las Misiones Pedagógicas de la Segunda República, pero se construye como ficción. La narración sigue la llegada de una misión cultural a un pueblo ficticio, Neveros, y articula su mirada a través de tres figuras femeninas: María, una maestra que pertenece a la comitiva de la misión; Tizná, una niña huérfana que sobrevive como puede marginada por todos; y una anciana, recién fallecida y convertida en espectro que sobrevuela con su sabiduría el pueblo. Esta triple perspectiva permite leer el relato como una alegoría temporal: presente, futuro y pasado dialogan en un mismo espacio simbólico.

Lo que en apariencia podría ser una crónica costumbrista se convierte pronto en algo más complejo. Bonet y López Cruces construyen una obra atravesada por tensiones: entre ciudad y campo, entre cultura laica y tradición religiosa, entre ilusión y miedo. La llegada de los misioneros —con sus libros, sus películas, su teatro…— no es celebrada unánimemente: despierta entusiasmo, sí, pero también recelo, resistencia y, en última instancia, conflicto. El cómic retrata con precisión el atraso estructural, la pobreza y el peso del caciquismo en el mundo rural de la época.

Un choque de mundos idealizados

En ese sentido, El otro mundo no cae en la idealización. No hay épica fácil ni pedagogía complaciente. Las Misiones aparecen como lo que fueron: un proyecto profundamente transformador, pero también frágil, expuesto a la incomprensión y al rechazo que dejaron de recibir apoyo en 1935. El propio título de la obra funciona como clave interpretativa: “el otro mundo” no es solo el que traen los misioneros, sino también el que imaginan los habitantes del pueblo, el que promete la religión o el que sugiere la modernidad. Todos esos mundos chocan, se superponen, se contradicen.

Desde el punto de vista gráfico, López Cruces opta por una línea clara depurada, de gran legibilidad, que dialoga con una paleta cromática contenida. Predominan los tonos apagados, casi sepia, muy sobrios, que evocan la fotografía de época, un recurso bastante habitual en las novelas gráficas memorísticas, mientras que ciertos elementos —especialmente el rojo asociado a las protagonistas— irrumpen como tensión simbólica, como símbolos de puntos de ruptura, de alteración del estado natural de las cosas. Son estos detalles los que obligan  al lector a fijar la atención a lo largo de un duro recorrido emocional.

La emoción se construye precisamente a partir de pequeños gestos: la fascinación de un niño ante una proyección cinematográfica, la extrañeza ante un libro, el miedo cargado de odio de quienes temen perder su lugar en el orden social. La obra logra algo difícil: hacer visible el impacto de la cultura en una población.

El otro mundo no desmiente esa fe en que la cultura puede engrandecer una población, pero sí la matiza: muestra que la cultura no llega a un vacío, sino a un tejido social ya construido complejo, atravesado por jerarquías, miedos y creencias arraigadas.

Joaquín López Cruces y Enrique Bonet

Podéis descubrir más sobre los autores pinchando en sus fotografías:

JoaquinLopezCruces
Joaquin Lopez Cruces. Foto © José Albornoz
EnriqueBonet
Enrique Bonet. Foto © José Albornoz

 

El otro mundo, Enrique Bonet, joaquín López cruces, astiberri, portada

  • Título: El otro mundo 
  • Autor: Enrique Bonet y Joaquín López Cruces 
  • Editorial: Astiberri (podéis leer más información sobre el libro aquí y descargar un avance aquí)
  • 128 páginas. 20,00 Euros (formato papel).

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4 comentarios en “El otro mundo, de Enrique Bonet y Joaquín López Cruces”

  1. Hay un error: el nombre de la página aparece al compartirla como “El Curioso caso de Molly Mallon”, que es en realidad el título de una entrada anterior. Supongo que se ha partido de un duplicado y no se ha actualizado la etiquetata . Por lo demás, estupenda reseña.

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