El necrófilo, cuando se juega a provocar al lector

El necrófilo. ¿Quién quiere leer un libro con un título que sugiere de forma tan evidente qué se va a encontrar en sus páginas? Que tengo cierta afición por la literatura con tintes góticos morbosos no es ninguna novedad para quienes leen con asiduidad mis entradas en esta casa. No escondo por tanto ni mi pasión por la querida condesa Bathory ni que todo libro de vampiros a mi alcance es una obligada incorporación a la biblioteca.

Del horror del fondo a la belleza de la forma

En forma de diario, El necrófilo nos sumerge en los pensamientos de Lucien, un hombre dueño de una tienda de antigüedades en París que en las noches se adentra en los cementerios locales al objeto de robar cadáveres recientes. Pero sus intereses son mucho menos lucrativos que los de los famosos resurreccionistas o ladrones de cadáveres del siglo XVIII, que los vendían a escuelas de medicina en un momento de esplendor en lo que a descubrimientos anatómicos se refiere y de escasez de materia prima de investigación.

El objetivo de Lucien es la consecución y defensa de su propio placer a través de los cuerpos en descomposición. Y aunque cabría pensar que El necrófilo se resume en una obscena y descubierta presunción de una sexualidad recriminada por la sociedad, Wittkop es capaz de transformar un acto que en nuestras mentes es un claro No-no en un texto de literatura elevada, repleto de tintes elitistas, elegantes y aristocráticos.

Gabrielle Wittkop fue lo que podríamos definir como un absoluto personaje, repleto de libertada para los tiempos de opresión que vivió. Nació en Nantes en 1920 y fue una lectora precoz de todos los clásicos franceses a edad muy temprana, lo que resulta evidente en las referencias que introduce en su  narrativa, desde la figura del ogro achacada al Marqués de Sade hasta menciones sobre áspenos de la cultura japonesa. Era muy viajera y no creía en las fronteras ni en los nacionalismos, como tampoco en la religión ni en los lazos familiares. De hecho, se casó con un desertor alemán homosexual en lo que ella misma definió como un «matrimonio intelectual».

GABRIELLE WITTKOP
GABRIELLE WITTKOP

Un juego macabro entre lo moral y lo amoral

Se suicidó en 2002 para evitar la degeneración que prometía el cáncer en estado avanzado que sufría, renegando en cierto modo de El necrófilo, donde hay cierta exaltación de lo natural que resulta la descomposición, la degradación y el paso de la vida a la muerte desde los ojos de alguien que parece amar en extremos insospechados ese puente entre ambos estados. Sin embargo se intuye en la novela una progresiva toma de conciencia del horror, de saberse no apto para convivir con el resto de la sociedad. El necrófilo es un libro sobre la soledad, sobre la necesidad de enfrentarnos a nuestras propias obsesiones desde una mirada introspectiva que no tenga en cuenta las opiniones ajenas.

Lucien no solo siente un deseo sexual por los cadáveres sino que alcanza un nivel emocional, sentimental, de casi amor. Eso genera cierta confusión en el lector porque suaviza su amoralidad. Se plantea un texto tabú, no apto para cualquier estómago pero con una atractiva literatura que además viene acompañada de un puñado de obras de collage de la escritora como muestra de sus oscuras y lúgubres reflexiones.

el necrofilo, GABRIELLE WITTKOP, portada, cabaret voltaire

  • Título: El necrófilo
  • Autor: Gabrielle Wittkop, traducción de Lydia Vázquez Jiménez
  • Editorial: Cabaret Voltaire (más información del libro aquí )
  • 128 páginas. 16,95 Euros (formato papel).

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