Hay personajes que en el imaginario literario se han convertido en un referente o, al menos, en una voz amigable y conocida. Posiblemente se pueden incluir ahí a los agentes de la guardia civil Chamorro y Bevilacqua, con los que Lorenzo Silva lleva más de veinte años cubriendo diferentes temas de actualidad a través de sus investigaciones.

La última de sus novelas, de reciente aparición, es El mal de Corcira. En esta ocasión Chamorro está desplazada en parte porque Silva ha querido centrar toda su atención en Bevilacqua y en su pasado en la unidad antiterrorista, en su lucha contra ETA. Así la novela se balancea entre su pasado y un presente que le lleva a Ibiza donde investiga el asesinato de un antiguo miembro de la banda armada. Una cuestión esa que aún está reciente, quién sabe si demasiado, y que no ha cerrado ni mucho menos las llagas que décadas han arrojado en las pieles de unos y de otros.

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Lorenzo Silva
©Aniol Resclosa

El mal de Corcira: “puedo contar lo que me parecen las historias relevantes de mi tiempo y mi lugar”

¿Cuánto más hay que contar de Chamorro y Bevilacqua? Hay detectives en la historia que llegaron a agotar a su autor, como el Sherlock de Arthur Conan Doyle. Pero parece que Lorenzo Silva aún tiene cosas que quiere contar, historias que continúen esta ya larga saga de veinte años. ¿Qué es lo que lleva a decir “venga, otra más”?

Lo que me lleva es que siempre tengo la sensación, conservo la sensación —el día que la pierda te diré otra cosa— de que de su mano y a través de su mirada puedo contar lo que me parecen las historias relevantes de mi tiempo y de mi lugar, que te diría que son mi principal compromiso como escritor y como narrador. Entiendo que es interesante el ejercicio de extrañamiento que hace algunos escritores que son de Murcia y escriben sobre los amores japoneses o describen el viaje a una antigüedad remota. Todos participamos de esa fascinación. Pero yo realmente como novelista, donde realmente me divierto y entiendo que puedo aportar algo es en mi tiempo y mi lugar. Me atraen mucho las historias contemporáneas de mi proximidad.

Es muy difícil hacer literatura sobre lo que está muy cercano, no es fácil hacer literatura sobre lo que está cerca en el tiempo y tampoco lo es sobre lo que está cercano en el espacio. Te acechan muchos peligros: de lo castizo, de lo costumbrista, de lo banal.

Gracias a esta pareja he podido acercarme a todo lo que me ha interesado. A estas alturas me he acercado a la corrupción política, económica y policial, a los problemas de la violencia contra las mujeres y dentro de las familias, a la ciberdelincuencia, a las guerras contemporáneas.

Y el tema de esta novela es uno de esos que a mí me acompañan desde hace mucho tiempo o que desde hace mucho tiempo me acompaña la convicción, primero, de que tenía que hacer una novela de Bevilacqua sobre esto porque en su primera novela está la alusión a que ha pasado por la lucha antiterrorista; y segundo: yo como novelista algún día tenía que abordar esta cuestión, me parece una de las grandes historias de la España contemporánea.

La mirada de Bevilacqua es muy sana para un conflicto de pugna de identidades

Partes de unos personajes que el lector ya conoce, que pueden incluso formar parte del imaginario de su familia lectora. Enfrentarse a una nueva novela es un reto porque hay que encontrar nuevas aristas que le sorprendan. ¿Es más fácil trabajar con ellos o sería más sencillo partir de algo nuevo?

Tengo la ventaja de que me he preparado pacientemente a lo largo de dos décadas. Ya en la novela que escribí el año 1995 decía que Bevilacqua había pasado por el norte y ya se hacía ver que eso le había marcado, que esa era una experiencia de las que imprimen. En otras novelas de la serie también ha ido asomando la patita de lobo. Digamos que yo ya tenía preparado o puesto en situación a Bevilacqua para abordar esta historia a través de él.

Aunque se podría abordar a través de otros personajes —de hecho, hace tres años publiqué un libro de crónicas de ficción sobre la lucha antiterrorista— y hay muchas perspectivas muy interesantes, tanto desde el punto de vista de quienes combatieron el terrorismo como desde el punto de vista de las víctimas, que son muy diversas, como desde el punto de vista de quienes o bien practicaron la violencia o la condonaron de alguna manera.

Hay muchos ángulos interesantes para contar esa historia. Pero Bevilacqua me da una ventaja. Le he elegido a él sin dudarlo porque en un conflicto en el que hay un fondo de identidades marcadas y de pugna de identidades Bevilacqua no sabe muy bien lo que es ni de dónde es: sabe que nació en Montevideo, que tiene pasaporte español, que trabaja en la Guardia Civil, que su madre es castellana, que su padre tenía origen italiano… pero él tiene siempre un cierto distanciamiento, una mirada de extranjero y a mí me gusta mucho esa mirada que tiene respecto de si mismo, respecto de la institución para la que trabaja y respecto de su propio país.

Me parece que esa mirada para esta historia, donde el peso de la identidad, por lo menos en el origen de los conflictos, está tan marcado, es una mirada muy saludable, le permite trabajar desde un lado. No puede pretender ser neutral, pero sí tener un poco más de distanciamiento del que a lo mejor tendría un beligerante corriente.

Si no se hace un esfuerzo de recogida en caliente, los testimonios se pierden.

Creo que ahora mismo, en términos generales, el terrorismo aún no está muy abarcado en la ficción, con la excepción de algunos escritores de origen vasco. Tal vez estamos poniendo más la mirada, tanto literaria como audiovisual, en la Guerra Civil y los años posteriores. El terrorismo se acerca a la ficción al tiempo que nosotros nos alejamos en el tiempo. ¿Hay un momento bueno para abarcar esta cuestión? ¿Es demasiado pronto, falta distanciamiento?

Creo que es un buen momento. Ya he dicho que hace más de dos décadas que tengo un proyecto sobre esto y que tengo ganas de escribir sobre esto y he esperado porque creía que no era bueno hacerlo en caliente, también porque era muy difícil acceder a toda la información que yo he podido manejar y que aparece en detalles de esta novela. Pero ahora creo que es un momento bueno, porque afortunadamente ETA se disolvió y ese acto de autodisolución en el fondo es el reconocimiento del cierre de ese ciclo histórico. Eso es algo objetivo y no discutible. Lo podríamos calificar, pero no voy a entrar ahí. Podría decir que en mi opinión es el reconocimiento de un fracaso.

Con este ciclo cerrado ya se puede empezar a trabajar. Naturalmente, no se puede agotar el sentido de la historia, que seguramente llevará décadas y llevará muchas, muchas miradas. Al final esto será un crisol de miradas. Mi novela no es más que una pieza más, una tesela del mosaico, no aspira a ser mucho más que eso, pero creo que en este momento ya se puede empezar a hacer.

Tenemos una ventaja: para escribir este libro he podido hablar con muchas personas que lo vivieron en primera persona, que estuvieron en primera línea de la lucha antiterrorista, que estuvieron en ETA incluso o que estuvieron dentro de su entorno social de apoyo o incluso siguen dentro de él en la medida en que hay una parte de la sociedad vasca que, aunque no apuesta ya salvo en sectores muy minoritarios por la lucha armada, sí que siguen validando o legitimando esa lucha.

Yo he podido hablar con todos ellos, tienen las cosas frescas y las tienes vivas. Si esto lo haces dentro de veinte algunos habrán muerto. Si no haces un esfuerzo de recogida de memoria en caliente, luego hay testimonios que se pierden.  Naturalmente, esa memoria en caliente vale para lo que vale y no pretendo sacar conclusiones. Por otra parte, las conclusiones sobre acontecimientos históricos, no sé, no cansan nunca.

Yo por ejemplo, entre otras cosas, a raíz de esta novela y por el título he releído la biografía que hay ahora mismo sobre Tucídides y sobre la guerra del Peloponeso. Cada día me llegan cincuenta artículos que revistan este tema. La historia no se cierra nunca, pero no recogemos la información en caliente luego la perdemos. Y los españoles estamos muy acostumbrados a perder trozos de memoria porque no se hace ese esfuerzo de escribir las historias, de mirarlas cuando todavía viven quienes las protagonizaron y te las pueden contar.

Me interesa tomar la distancia suficiente respecto de aquello que no encaja en mi sistema de valores

Tratar una cuestión como el terrorismo obliga, incluso desde la ficción a tomar parte de alguna manera. Sin embargo, en El mal de Corcira hay cierto ejercicio de equidistancia cuando dejas ver que la actuación de la Guardia Civil no siempre fue acorde a la ley durante los años duros de ejercicio de lucha antiterrorista pero que también un ex miembro de la banda armada puede mostrar un lado más humano del que a veces se le despoja en determinados discursos. ¿Hay un esfuerzo por lograr un equilibrio?

En la equidistancia no creo, me parece un fenómeno sospechosamente exacto, me parece aritméticamente muy, muy poco probable. Además, me parece que es un concepto que no tiene mucha utilidad aunque se utiliza mucho últimamente, igual que el concepto de corrección política, que son conceptos muy poco útiles. Nadie está exactamente a la misma distancia de los puntos. Es una entelequia. Por otra parte, la corrección política: si soy de VOX para mí será políticamente correcto meterme con los homosexuales, pero si soy de Podemos eso sería políticamente incorrecto. Son categorías que me interesan cada vez menos.

Lo que me interesa es tomar la distancia suficiente respecto de aquello que no encaja en mi sistema de valores. Y por otra parte me interesa mucho acercarme a la humanidad de todos los personajes porque todos participan de la condición humana y como tales no están exentos de hacer cosas inhumanas, pero las hacen desde la humanidad y desde las contradicciones de la humanidad. Eso es lo que a mí me lleva, por ejemplo, a mostrar que un tipo que ha militado en ETA al final puede hacer razonamientos dignos de ser tenidos en cuenta.

También me hace mostrar que alguien que representa sustancialmente el bando correcto para mí en este conflicto, de acuerdo a mi sistema de valores, que es el de quienes a través de la legalidad defendían un mínimo de derechos y libertades para todo el mundo frente a la imposición violenta de un ideal, puede producir comportamientos humanos que no son convalidables y yo, como narrador, no puedo convalidarlos, tengo que tomar esa distancia que pueda representar la postura con la que a priori me pueda identificar más en este conflicto.

Yo intento en la novela, como en todo lo que escribo, hacer una cierta defensa de la complejidad. En todos los conflictos de raíz ideológica lo que se acaba imponiendo son simplificaciones brutales y yo soy muy enemigo de ellas entre otras cosas porque son contrarias a mi oficio, lo vuelven inerte y obtuso y en condiciones extremas lo vuelven imposible porque se acaban traduciendo en mecanismos de censura, represión y prohibición de la libre expresión.

Las novelas de investigación son historias corales

En El mal de Corcira puede que sorprenda que la agente Chamorro desaparece del plano literario durante buena parte de la historia y es, en cierta manera, reemplazada o sustituida por otra agente de las dependencias de Ibiza, Eva.

Chamorro tiene un lugar que no puede ocupar nadie. La ausencia es presencia.  Chamorro está muy presente sin estar. Si te fijas en la novela ella es la intermediaria de la confesión, porque en el fondo es una novela confesional por parte de Bevilacqua y esta confesión no se la puede hacer a cualquiera. A quien se la hace es a ella que es la única persona tal vez con quien tiene ese grado de confianza.

Es verdad que durante una parte de la novela ella está a cierta distancia. Pero desde hace varias novelas intento contar que las investigaciones criminales al final acaban siendo bastante corales, sobre todo las que son un poco complejas. Son trabajos en equipo. Es una manera de ir un poco contra esa visión del Llanero Solitario, que es la figura arquetípica del héroe e incluso contra ese otro arquetipo que es la pareja dentro de la Guardia Civil y también dentro de la ficción policial.

Las investigaciones, en el momento actual y con las técnicas modernas y frente a la delincuencia actual, son investigaciones en equipo y corales. Tiene un poco más de dificultad manejar ocho personajes que dos, pero me interesa que cada personaje que se incorpore tenga un cierto interés por eso Eva es para mí un personaje interesante, porque entre otras cosas aporta el conocimiento de un medio local que es muy particular, como puede ser Ibiza y Formentera

Los protocolos son garantías para las libertades de las personas

Hablando de trabajo coral y de la participación de mucha gente, no sé si hay una cierta crítica, tal vez marcada con un tono de ironía, sobre el exceso de formulismos y estructura rígida dentro de una organización como es la Guardia Civil.

Ahí hay una cuestión interesante. La labor de policía judicial es una labor reglamentada con arreglo a una legislación procesal que es compleja. En el caso de la Guardia Civil se desarrolla a través de una estructura organizativa y jerárquica que también es compleja. Todo esto puede parecer burocracia y fárrago, así lo percibe el investigador.

Pero le podríamos buscar la vuelta: ¿por qué existen todos estos protocolos, por qué existen todos estos niveles de control, por qué existen todas estas supervisiones? Por una razón muy sencilla. No sé si tengo una sensibilidad especial porque soy abogado y he ejercido la profesión unos cuantos años. Todas estas normas, todos estos protocolos, no están ahí gratuitamente. Están porque son formas de garantizar algo que en una investigación criminal siempre se ve en entredicho: los derechos y las libertades fundamentales de las personas que están en la investigación. Todas esas trabas, todas esas complicaciones, todos esos informes, son maneras de garantizar. Se podrían simplificar y podría decir que la legislación procesal penal española se podría racionalizar y seguramente se podría hacer.

Eso lo hemos visto y lo estamos viendo cada día, porque hay investigaciones judiciales que afectan a personas que ocupan posiciones de poder y todos los protocolos al final son garantías. Son garantías de los derechos de las personas, entre otras cosas, pero también de que los investigadores van a poder hacer su trabajo sin sufrir presiones que conduzcan a impunidades y demás situaciones que a ninguno nos gustan.

A veces veo asomar a Bevilacqua por debajo de mi piel

Una obra literaria es, en cierta forma, una excusa para tratar las cuestiones que acechan al autor. La última pregunta por lo tanto es clara: si le arrancamos la piel a Bevilacqua, ¿cuánto asoma por debajo de Lorenzo Silva? ¿Hasta qué punto es una excusa el personaje?

En ese plan al cien por cien. Los personajes son hijos de un proyecto narrativo. No los pongo al servicio de nadie más. Si hablamos de la construcción de personajes, la cosa varía un poco porque cada personaje creo que debe ser hijo ante todo de su circunstancia ficcional. Siempre puede haber algún elemento en los que el autor le sea de utilidad, y en ese caso el autor puede prestarle algún rasgo, algún artículo que lleve en su mochila, pero siempre sometido a esa jerarquía. Para mí, manda el personaje.

Hay algunas cosas, hechos, experiencias, algunas nociones de mi vivencia personal e incluso generacional. Incluso, si quieres, también del lugar en la sociedad del que yo provengo. En eso somos parecidos: es de mi generación, también se ha criado en cierta zona de Madrid, representa un cierto nivel socioeconómico… Por todo ello coincidimos y yo le puedo prestar materiales, pero al final el que manda es el personaje y hay muchas circunstancias que son específicas de él.

A mí me pasa últimamente casi lo contrario de lo que das implícito en tu pregunta: después de trabajar 25 años con un personaje de ficción que se dedica a la investigación criminal, asunto al que yo no me he dedicado nunca profesionalmente, a veces yo veo asomar a Bevilacqua por debajo de mi piel. Es decir, a veces tengo la sensación de que hay experiencias que yo he tenido a través de la construcción de este personaje y que tienen que ver con su circunstancia y no con la mía, que ha llegado a modificar mi percepción de algunas cosas.

Antes de trabajar tan intensamente con este personaje y con la perspectiva del investigador criminal, tenía otra mirada sobre los delincuentes, una mirada mucho más superficial, mucho más somera. Y eso se traduce en una desmitificación del delincuente, por un lado, y por otra parte, creo que también somos capaces de ver mejor su humanidad. Los que no nos dedicamos a la investigación criminal despachamos con una etiqueta al delincuente y nos resulta muy confortable. La persona que se tira tres meses levantándole todas las alfombras de su vida no puede hacer eso tan fácil. Al final encuentra la complejidad de todos los seres humanos, también de los delincuentes.

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  • Título: El mal de Corcira
  • Autor: Lorenzo Silva
  • Editorial: Ediciones Destino (más información del libro aquí y podéis leer un fragmento aquí)
  • 544 páginas. 21,90 Euros (formato papel); 8,99 Euros (Formato digital)