Kenneth Cook, lepidóptero aficionado.
A pesar de lo que podamos deducir de la lectura de El koala asesino, en realidad a Cook sí le gustaban algunos animales. Lepidóptero aficionado, montó la primera granja de mariposas de Australia. Profesional consumado, Cook era lo que podríamos entender como un narrador, adaptándose a cualquier medio que fuera necesario. Escribió novelas, obras de teatro, canciones, guiones cinematográficos y guiones de radio y televisión. Sabía cómo tratar temas serios, incluso trágicos, con compasión y delicadeza. Probablemente debido a su éxito popular, fue un escritor australiano subestimado.

Su novela más conocida, Wake in Fright —traducida al español como Pánico al amanecer, tumbién publicada por Sajalín—, se basó en su experiencia en Broken Hill, ciudad donde trabajó durante dos años para la Australian Broadcasting Commission y que detestaba, tal vez porque allí escribió una novela que, inicialmente aceptada, más tarde fue considerada difamatoria y hecha pulpa.
Cook también hizo, o intentó hacer, carrera en política. Se postuló al Parlamento Federal dos veces, sin éxito: en 1966 para el escaño de Parramatta representando al Grupo de Reforma Liberal en una candidatura contra el reclutamiento, y en 1969 por Bennelong como candidato del Partido Australia. Católico de ideas liberales, se opuso a la postura de la Iglesia sobre la guerra de Vietnam, lo que expreso en su novela El vino de la ira de Dios (1968).
Apenas un año antes de fallecer, enfermo y deprimido —su granja de mariposas quebró, como también lo hizo un proyecto cinematográfico en el que invirtio y que le llevó a la ruina—, publicó El koala asesino, la primera obra de la trilogía de historias humorísticas situadas en la Australia profunda y que continuaría con El canguro alcohólico y El lagarto astronauta. El éxito de estas historias le ayudó a restaurar su confianza.
La realidad del Outback australiano.
No me gustan los koalas. son unos bichos asquerosos, irascibles y estúpidos sin una pizca de bondad. […]. Tienen mecanismos defensivos repugnantes. Su piel está infestada de piojos. Roncan. Sus semejanza con juguetes adorables es una engañifa abyecta. No son dignos de elogio por ningún motivo. Y además, una vez un koala intentó hacerme daño de una forma horrible.
El Outback australiano es esa región que bien podríamos llamar como “la nada” australiana. Es el interior remoto, árido, donde apenas un diez por ciento de la población del país ha decidido echar raíces, aunque sea de forma temporal. Esta zona, tan diferente de la fértil costa, es en la que Barbara Baynton situaba sus terribles relatos en Estudios de lo salvaje. Ella lo describía como ese terreno intermedio que separa el auténtico desierto australiano de la cortesía y la civilización de la costa.
Esta tierra, y en eso coinciden Baynton y Cook, está poblada de hombres sin honor, temerosos de perder lo poco que les queda, ladrones, timadores, vagos y maleantes. Las pocas tierras fértiles tienen algo de ganado, vacuno u ovino; el resto sobreviven del turismo y la minería de ópalo.
¿Qué hizo que Cook visitase —repetidamente, si nos atenemos a los relatos— esa zona? Es una buena pregunta, que nos lleva a si realmente las quince historias que se recogen en El koala asesino son verídicas o fruto de su imaginación.
El koala asesino (y otros animales)
Lo cierto es que Cook reivindica que las historias le sucedieron realmente, pero que eran tan inverosímiles, tan extrañas e improbables, que no se había atrevido a ponerlas antes por escrito por miedo a no ser creído. Tal vez, a la vista de las lesiones que el narrador de estos relatos que escribe siempre en primera persona y nos relata las historias como si se trataran de anécdotas compartidas alrededor de una hoguera o cuentos de las buenas noches para niños ya crecidos, la mejor prueba de su verosimilitud hubiera sido su historial médico.
Esta falta de definición entre qué es real y qué no es parte de su encanto y, al mismo tiempo, fuente de algunas críticas hacia su trilogía. Pero es agradable dejarse llevar por la sensación de que podría haber ocurrido de esa forma aunque, quizás, lo que ocurrió fue un poco más leve. A fin de cuentas, quién no ha jugado nunca a tratar de impresionar a una audiencia añadiéndole un poco de sal extra a una narración.
Cook superpone la hipérbole, el humor a todo lo demás en la narrativa y eso da pie a crear una tensión añadida entre lo civilizado, a menudo representado por él mismo o su personaje, y lo salvaje, que no es tanto la fauna presente como la gente que no responde a los estereotipos de lo moral, lo ético o lo coherente. Así es como nos expone una serie de normas de comportamiento que poco tienen que ver con formas de uso común y que responden, o bien a una profesión concreta —domador de serpientes o especialista en cocodrilos, por poner un par de ejemplos— o a un espacio físico que obliga a que la única diversión permitida sea beber cerveza fría en un bar de mala muerte.
Una estructura aprehendida y que funciona
Por poner un pero a un libro que arranca una carcajada tras otra, sería que las estructuras de los cuentos son prácticamente idénticas entre sí: presentación del narrador, del animal y/o del humano de turno, situación inverosímil muchas veces provocada por el alcohol y un desenlace que resuelve con una narrativa de golpe seco y contundente. Ese patrón puede llegar a volverse repetitivo o dejar de sorprender. Es por eso un libro que funciona mejor leyéndolo a ratos —quién no quiere su dosis de risa asegurada al final del día— que haciéndolo del tirón porque pierde en cierta forma el efecto sorpresa.
Siete hombres forcejeando y aullando de miedo, un perro imbécil con una serpiente mortífera en la boca y un camarero sobreexcitado con munición limitada. No era una situación afortunada. Entonces entró la ancianita.
Por debajo de este humor, la supervivencia. Los seres vivos que habitan esta zona del planeta son robustos, aceptan con la mejor de las actitudes donde viven y se adaptan con todas las herramientas a su alcance, incluidas algunas ilegales, para salir adelante. El marco de contraste entre humanos y fauna que Cook propone en El koala asesino y en resto de la trilogía nos permite pensar en si en realidad deberíamos estar ahí, si no sería mejor dejar ese espacio a los animales que, sin duda, saben aplicar mucho mejor que nosotros teorías como la de la resiliencia.
Cook no es especialmente empático con nadie en general salvo con el narrador; le preocupa más plantear una situación grotesca, chocante y divertida que reflexionar sobre nada en particular. El koala asesino, a pesar de sus ventas, no tuvo una gran repercusión en medios seguramente porque hacer algo ameno, sin más, provocar un rato de asueto de lo más entretenido, no está tan valorado como debiera. Pero es un libro terriblemente recomendable y creo que, en casos como este, los medios están más que sobrevalorados.




