El juez Aurelio

Allá por 2012 se fundó la Asociación Espíritu de la Alhóndiga, de la que fui parte, asociación que tenía por objetivo común de quienes formamos parte de ella disfrutar de la lectura y de la escritura —no en vano muchos han publicado obras desde entonces—. Fue allí donde conocí a Teresa Uriarte, como compañera de taller. Del trato con ella se adivinaba su amabilidad, su humildad y, aunque entonces yo fuera muy joven y no me percatara tanto de ello, su sagacidad y buen saber de quien ha conocido mucho, ha peleado otro tanto y ha decidido apostar por el lado bueno de las cosas. 

Hace poco más de un año nos enteramos muchos a través de sus redes sociales del brusco fallecimiento de esta mujer donostiarra de nacimiento pero adoptada bilbaína. Estudió Derecho y, tras ejercer varios años como letrada, abandonó la abogacía para centrarse en el periodismo sin olvidar su pasado, especializada en información de tribunales para diferentes cabeceras como Deia y El Correo, además de dirigir el programa «Vista Oral» en Radio Euskadi.

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Teresa Uriarte (El Correo)

De aquellos talleres recuerdo que llevaba pequeñas píldoras, textos breves que tenían en común a su protagonista, un tal Juez Aurelio. Teresa decía que rescataba esas piezas de una «caja de zapatos» guardada bajo la cama, que eran pequeñas naderías que escribía con placer, releía y depositaba de nuevo en su recipiente original. 

De aquellos textos y de la mano de sus hijas y de la Editorial Tránsito surge ahora, un año tras su defunción, El juez Aurelio, la primera de sus obras que ve la luz. 

El juez Aurelio, una antología atemporal 

El juez Aurelio es un texto que se debate entre novela y relato. Sus diecisiete piezas —más un breve apunte final muy destacable— se articulan en torno a un único protagonista: Aurelio, un juez que puede resultar anodino y triste pero que encierra, he ahí la virtud de la narrativa de Uriarte, una entrañable ternura. Cada pieza, cada relato, puede leerse de forma independiente, de ahí su carácter de relato, pero visto en conjunto nos da una imagen más redonda no solo del personaje, sino también de su entorno. Ahí es donde entra en juego un ejercicio más novelístico. En todo caso yo me inclino más por la mirada del relato, del apunte breve. 

El juez Aurelio nos lleva al Bilbao de los ochenta, si bien me atrevería a decir que tanto lugar como época resultan del todo intrascendentes para la lectura de la obra. Tal vez sean relevantes para poner de relieve una época de teléfono y periódico en papel, de lo analógico frente a la actualidad digital; eso sí queda bien retratado, una época de tránsito aparentemente calmo, de reflexión y sosiego. 

El retrato de la soledad y la depresión

El juez Aurelio es una narración en tercera persona envuelta en otra narración en tercera persona. Un breve bucle en el que el lector asiste a la vida de un hombre que a su vez ve, en cierta forma, la vida en tercera persona, como espectador y sin apenas intervenir en ella más allá de sus obligaciones laborales a las que se entrega con celo, con una ética manifiesta. 

En la obra se mezclan así tristeza y ternura. El juez Aurelio es un hombre que se sabe solo, que ha aprendido a convivir con su soledad pero no ha llegado a amarla, que mira atrás con nostalgia y rememora su único amor no correspondido, que se apunta a un taller de montañismo de gente mayor para intentar paliar así ese vacío… es un hombre que roza, o al menos eso se intuye, la depresión e incluso el alcoholismo aunque manifiesta controlar, lápiz en mano, la cantidad de copas que ingiere al día. 

Sin embargo, la lectura de El juez Aurelio no resulta desasosegante. Al contrario: sus páginas iluminan al personaje como alguien dotado de un gran sentido de la justicia, alguien afable con los más desfavorecidos, no ajeno a las desgracias que atenazan a personas de cualquier clase social. El juez Aurelio es la imagen de la justicia no vinculada a presiones sociales ni políticas, ansioso por cumplir siempre con su deber y que carga con sus errores como una losa de la que no logra desprenderse. 

Una voz escueta y precisa. 

Tal vez debido a la formación tanto en leyes como periodística de Teresa Uriarte, El juez Aurelio se muestra obra concisa, de poca palabra pero muy bien ajustada a lo que quiere contar. No abundan adjetivos ni complementos. Es una voz precisa y escueta que, con apenas una pincelada, una descripción perfecta, precisa de quien sabe cómo meter en el lector una imagen clara de lo que está contando. 

Tanto es así que el último capítulo, titulado «Apuntes del juez» es una pequeña colección de microrrelatos, de historias reducidas casi a la nada que nos ofrecen una radiografía melancólica de la sociedad a la que el Juez Aurelio, como tal vez la misma Teresa Uriarte, se enfrentó. Una colección que, además, brilla por su vocación de chiste amable, de frase elocuente y chascarrillo que pone la guinda al libro con una nota más alegre que el resto. En todo caso, El juez Aurelio, que comienza con la muerte por infarto del susodicho, acaba con un interrogante, con la posibilidad de encontrar nuevas historias más adelante. 

Como lectora que una vez tuvo ocasión de leer alguno de estos textos o quizás otros pero con el mismo protagonista por bandera, la selección y edición del libro me ha parecido de una enorme habilidad, destacando cada uno de sus puntos fuertes y convirtiendo el libro no en un ejercicio de homenaje póstumo, sino en una obra sólida y que, creo, representa bien lo que Teresa era. 

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  • Título: El juez Aurelio
  • Autor: Teresa Uriarte 
  • Editorial: Tránsito  (más información del libro aquí y puedes leer las primeras páginas aquí)
  • 148 Páginas. 16,90 Euros (formato papel)

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