Cuadernística, un ejercicio híbrido entre ficción y no ficción.
Cuadernística no es ensayo, ni es es ficción, ni es un ejercicio de memoria, ni un listado bibliográfico, aunque bien puede englobar todas estas cosas, salpicado además de algún aforismo y algún relato breve. Es, si se me permite la opinión —y para eso diría que existe esta bitácora de lecturas– una delicia, ese pequeño caramelo que encuentras llegado el otoño en el bolsillo de ese abrigo que llevas seis meses sin sacar del armario. Siempre y cuando el caramelo no se haya derretido y conserve su carisma y sabor intactos. Por razones que se me escapan se editó esta primavera cuando, en mi mente, es un clarísimo libro otoñal.

Cristóbal Polo (Los Barrios, Cádiz, 1982) ha colaborado con Ieva Rusteikate en el proyecto de edición y encuadernación artística Siberiana Books, por los que el concepto del cuaderno no le es, ni mucho menos, ajeno. Además le ha permitido explorar las posibilidades creativas y literarias de la escritura cuadernística.También ha publicado los libros de poesía Teoría del vuelo (Tierra, 2003), Tuviéramos (Ayto. de Málaga, 2005) y Tumba común (Gravitaciones, 2017), además del libro de relatos Cuentos premonitorios (Alfama, 2008). Algunas de sus obras combinan la escritura con otros soportes expresivos, como la fotografía estonopeica, el cine súper 8 y el montaje radiofónico.
Escritores que tenían el cuaderno como acompañante en todo momento hay muchos. Algunos de esos cuadernos fueron publicados, en parte o en su totalidad, pues algunos escritores eran más prolíficos escribiendo palabras para sí mismos que haciéndolo para otros. Porque ese es uno de los temas que orbitan el texto de Polo: ¿para quién escribe el cuadernista? No exactamente para sí mismo —releen alguna vez los cuadernistas lo que han escrito es un subtema del tema; el cuaderno, como bien nos demuestra Polo, da para infinitas reflexiones— pero, como bien dice, tampoco exactamente para nadie. ¿Importa realmente?
Los cuadernistas en la realidad.
La cuadernística, para qué engañarse, es difícil de justificar como forma de comunicación. Así que la primera regla del cuadernista es: No tratarás de justificarte.
Por mucho que no siempre sepamos a ciencia cierta para quién escribían estos cuadernos, lo cierto es que, como lectores, nos ofrecen un cierto interés o, en ocasiones, un mal disimulado morbo. Cristóbal Polo comienza por Válery (“Paul Válery se levantaba cada mañana entre las cinco y las seis, encendía un cigarrillo —no sabemos si también se preparaba un café—y se sumergía en la escritura de sus cuadernos durante un par de horas sin interrupción). No era el único.
Henry David Thoreau, Sylvia Plath, Susan Sontag, Cesare Pavese, Anaïs Nin, Andrés Trapiello… la lista sigue y sigue. Algunos trabajaban lo ensayístico y lo fragmentario, otros lo íntimo o confesional, otros se limitaban a pequeñas notas costumbristas. Polo se detiene en mencionar a quienes llaman su atención por sus rutinas, sus curiosidades, sus enfoques de las notas un poco más fuera de lo común, su escasez de notas o su prolijo trabajo cuadernístico. Como Shonagon, con su Libro de la almohada —un cuaderno debe tener nombre, menciona Polo— o Emily Dickinson y sus más de cuarenta volúmenes de diarios donde tenemos la suerte de que el herbario haya llegado hasta nuestros días.
Muchos cuadernos terminan publicándose, reflexiona Polo. “Y solo podemos dar gracias al cielo por ese accidente”.
Los cuadernistas en la ficción
No siempre podemos estar seguros de cuándo Cuadernística se enfrenta a lo real, pues entre anécdotas se cuelan pequeños relatos que, también con el cuaderno como fondo, nos permiten ampliar y explorar otros horizontes. Como un boceto en un ensayo, como un pequeño cuaderno sin rumbo cosido dentro de otro cuaderno.
Cristobal Polo, en un libro que es, por cierto, también un cuaderno un poco caótico, un libro de apuntes, nos regala pequeños pensamientos, reflexiones sobre el porqué, el cómo, qué diferencia un cuaderno de otro, su periodicidad, su carácter, sus rasgos… el cuaderno cobra vida más allá de quien lo escribe y el lector se para a cada página —cada texto es muchas veces poco más que una página— y adquiere consciencia de la belleza de la escritura sin un objetivo concreto. Le da importancia al cuaderno y al mismo tiempo se la resta:
Pero un buen cuadernista no debería tomarse a sí mismo demasiado en serio. Vive y escribe. Vive sin dejar de escribir y escribe sin dejar de vivir. Ese es su don. No escribe para vivir ni vive para escribir. Escribe, simplemente, para no dejar de escribir. Esa es toda su audacia.
Un acto de amor a la escritura
Cristobal Polo comenta en alguna entrevista que Cuedernística “Es un pequeño acto de amor a los cuadernos y a las personas que los han escrito y siguen escribiendo”. No dice explicitamente que es también un acto de amor a lo manual, un canto que Jesús Carrasco podría haber incluido en su Elogio de las manos. El acto de escribir en un cuaderno es hoy casi un acto de rebeldía ante lo digital, una mirada romántica al pasado, el derecho adquirido de nuestras manos y nuestros cerebros de trabajar al unísono en un marco donde el tiempo pasa con calma y sin prisas, donde no importa anotar veinte o veinte mil palabras porque, ¿para qué en realidad?
No concibo, lo admito, las aplicaciones digitales que pretenden emular diarios, cuadernos de notas, ejercicios memorísticos. No lo hago porque nos perderíamos, entre otras cosas, las “flores de sueño” o “flores de cuadernista dormido”, imagen tan hermosa, tan gráfica que Polo nos regala incluso con un pequeño dibujo. Porque, en sus palabras: un buen cuadernista es el que se queda dormido sobre su cuaderno. Pero aun mejor es el cuadernista que muere sobre su cuaderno.

Cuadernística es así elogio y manifiesto, es una preciosa joya (una más, por cierto, en la colección Cahiers de Wunderkammer) que hace de su lectura una también sosegada delicia.

- Título: cuadernística
- Autor: Cristóbal Polo
- Editorial: WunderKammer (más información del libro aquí ).
- 160 Páginas. 14,00 Euros (formato papel)



