Una pequeña ventaja de trabajar en una librería es poder tener acceso a algunos libros antes de su publicación para el público. Una de las grandes desventajas es no tener tiempo para leer. Nunca he leído menos que cuando he trabajado de forma simultánea en dos librerías. Nunca lo he pasado peor tocando uno u otro libro, devolviendo el que en realidad quería que terminara en mis estanterías.

Cómo maté a mi padre fue una de esas lecturas que ya se remonta a principios de marzo, cuando aún no tenía ni una portada definitiva.

La muerte de un padre

La literatura está fabricada, por mucho que nos cueste a veces comprenderlo, por emociones. Digo que nos cuesta porque desde pequeños diferenciamos los cuentos de «los libros de emociones». No son los niños los que diferencian, claro. Lo hacemos los adultos. Nos llevan ventaja, claro está.

Y entre las emociones más manidas y que más páginas han completado está la muerte. La muerte del padre, la de la madre, la del hijo o hija, la del cónyuge, la muerte masiva o la individual. La muerte, lo que nos une a todos al final, sigue siendo objeto de eterna reflexión por parte no ya de la figura del escritor, sino de cualquier persona.

Así que no sorprende que sigan surgiendo obras como esta de Sara Jaramillo Klinkert, Cómo maté a mi padre, una novela construida por acumulación de pequeñas reflexiones.

Sara Jaramillo

Sara Jaramillo. Fotografía cortesía de David Jaramillo y Mesaestandar

Una novela fragmentada

Es tal vez esta construcción no uniforme, compuesta por fragmentos de texto que la autora escribió mientras trabajaba en otra novela para el proyecto de fin de máster de la Escuela de Escritores, lo que más le pesa al ritmo de la historia. Superada la impresión inicial, parece estancarse hasta lograr por fin encontrar una forma de avanzar hasta el momento actual de reflexión de la autora. Sorprende también el cambio de punto de vista de algún fragmento, cambio que no tiene demasiado sentido y que entorpece, más que ayuda, a la historia. No es lo mismo reflexionar sobre la propia vivencia que auto nombrarse capaz de saber qué pasa por la mente de otra persona.

Superados ambos escollos —que son responsabilidad de la autora pero también de los editores por cuyas manos pasó el manuscrito—, nos encontramos con una mujer que crece acompañada de un fantasma a lo largo de su vida.

Sara se quedó un viernes en casa jugando a la Nintendo. No estaban sus cuatro hermanos, ni su madre, ni su padre. La felicidad máxima para una niña de once años. Sin embargo, una llamada de teléfono estropea el día y también el resto de su vida: su padre ha muerto tiroteado.

Tal vez la muerte es aún más terrible para un niño que no alcanza a comprender el concepto en sí. Todos recordamos la muerte de la primera mascota o de un familiar o de un vecino. No es solo el hecho. Para Sara Jaramillo fue también el comienzo del derrumbe de la estructura familiar, de los problemas de adaptación suyos y de sus hermanos, de la fortaleza impostada de su madre frente a cada problema que se les presentaba en el camino.

La historia de Sara es una historia de individualidades. Ninguno de sus hermanos reaccionó de la misma forma. Unos lo superaron, otros no. Ella se encuentra buscando, como buscamos todos, el rostro de su padre en su memoria, no sólo lo que recuerda sino también lo que imposta, lo que supone, lo que interpreta. Tal vez este ejercicio resulta necesario pero también confunde interpretar los pensamientos de una casi adolescente en mente de una mujer adulta.

Cómo maté a mi padre es un ejercicio de comprensión hacia el pensamiento, hacia el dolor y hacia la individualidad que es esencia del ser humano. Un ejercicio mejorable en aspectos técnicos pero profunda y conmovedora a nivel personal, con la relevancia que ello tiene.

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  • Título: Cómo maté a mi padre
  • Autor: Sara Jaramillo Klinkert
  • Editorial: Lumen (más información del libro aquí)
  • 192 páginas. 17,90 Euros (formato papel); 7,99 euros (formato digital)