Leyendo Caballos Salvajes, de Jordi Cussà (Berga, 1961), me ha venido a la cabeza lo que me dijo hace un par de años Clara Usón: “con el fin del franquismo nos dieron la libertad y la confundimos con el libertinaje”. También me han venido a la cabeza cientos de situaciones que han marcado los derroteros de mi familia en los últimos treinta años. No son estos recuerdos felices y prefiero quedarme con la visión de Cussà, amable aunque el fondo sea igual de duro y de desolador.

La drogadicción no es un tema nuevo en la literatura española. Como ejemplo la Generación perdida de Francisco Castro, libro del que hablé por aquí hace ya seis años. No es el único ni lo será. Pero Caballos salvajes tiene algo muy especial que encandila al lector y no le permite dejar de lado un volumen que sobrepasa las cuatrocientas páginas.

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Jordi Cussà

Para empezar, Caballos salvajes es una novela. Parece una obviedad pero hay que remarcarlo. Hay que hacerlo de forma constante a lo largo de las páginas porque el lector corre el riesgo de olvidarlo por momentos. Se arriesga a dejar de lado que se encuentra ante una obra de ficción —la primera de un autor español publicada por Sajalín— para sumergirse en algo que, si bien bien muchos rasgos inherentes a la autobiografía, no es tal. No serán pocos los momentos en que desconfíe de la prosa de Cussà. Hará bien, porque la colección de recursos que despliega, que va desde el diario a los epistolarios, pasando por reflexiones internas, charlas e incluso poesía, sumergen de tal forma en la historia que le hará dudar de lo que está leyendo. ¿Es todo mentira? ¿Es todo verdad?

Posiblemente es una mezcla de ambas, una conjunción de recuerdos, dimes y diretes, experiencias propias y compartidas con gente de su entorno. Entonces la buena labor del autor está en saber fundir esas vivencias para crear una historia que, con literalidad narrativa, no resulta sencilla de narrar pero tampoco cae en una confusión capaz de desconcertar al más concentrado de los lectores.

Así que, además de ser una novela, Caballos salvajes es una narración con un punto de complejidad, que salta de un narrador a otro sin dar más pistas que la propia historia, que se mueve como anguila por buena parte de la geografía española, sobre todo la catalana, y algo de la extranjera —Italia, Amsterdam…— trazando un mapa que se superpone al mapa de carreteras: la senda de la droga en un periodo que va, más o menos, desde los años setenta hasta los noventa.

Tal vez ha llegado el momento de decir que la novela nos cuenta la historia de Alexandre (Lex, Alex), acompañado por Fermín (Mín, Fer) y por un buen puñado de hombres y mujeres jóvenes que les acompañaron durante unos años de locura, de adicción, de trapicheos, de entrar y salir de la cárcel, de entrar en un ataúd y no salir jamás. Caballos salvajes es la historia de una juventud que se creyó libre —libertina tal vez, queda en opinión del lector—. Una generación capaz de romper con todo y vivir como les daba la gana, para entender con el paso de los años que toda libertad exige a cambio un sacrificio.

Entre anécdotas e historias, entre amores libres, colocones y una cierta ambigua ética, es imposible que el lector no sienta un cierto cariño hacia esta banda de desgraciados felices. Es el cariño de quien sabe, desde la experiencia o desde la edad, que están tomando un camino que no lleva a ningún sitio. Desde luego no lleva a la felicidad que ansían. Y sin embargo el lector poco más puede hacer que rumiar en silencio. Poco más que aconsejar al vacío de las hojas en las que no encuentra respuesta porque la historia, esa historia, fue narrada hace demasiados años. En concreto, en el año 2000, cuando Cussà la publicó en catalán sin que hiciera el ruido que, con suerte, va a hacer ahora.

Porque Caballos salvajes es a la literatura de la libertad mal comprendida lo que Easy Eider a la cinematografía. Hay mucho amor vertido en esas relaciones coyunturales, pero también mucho miedo, mucha amargura. No es un texto fácil ni cómodo. Es la narración de la pérdida, del dolor, de no encontrar el lugar y no saber dónde buscarlo.

No hay remordimiento, porque de nada sirve regodearse en algo que no tiene vuelta de hoja, pero sí un testimonio de una época —la de la explosión de las drogas, los embarazos a destiempo, las enfermedades de transmisión sexual y ese SIDA que empieza a nombrarse en cuchicheos sin saber, aún, lo que realmente depara— que es necesario. Más aún en una prosa tan explosiva, tan determinante y, sobre todo, tan interesante y novedosa.

Caballos salvajes es un libro maravilloso y poco más se puede decir. Salvo que, quizás, tiene una de las mejores portadas de Sajalín, con esa fotografía de Alberto García-Alix (La princesita del arrabal) qué tan, tan bien emula el sentir de esta generación perdida.

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  • Título: Caballos Salvajes
  • Autor: Jordi Cussà (traducido por él mismo del catalán)
  • Editorial: Sajalín (más información del libro aquí y puedes leer un fragmento del libro aquí)
  • 406 páginas. 21,50 Euros (formato papel)