Aún nos queda el teléfono

El libro que traigo entre manos, Aún nos queda el teléfono, de Erica Van Horn, trae consigo varias conclusiones: por un lado, que siento una preferencia instintiva por la literatura de lo fragmentario, de lo no lineal y lo narrativamente inconexo que conforma un libro desde los espacios vacíos que rellena el propio lector. Creo que es un fenómeno a estudiar ya que se da cada vez más en producción hispana pero también en literatura traducida y, creo, va en relación con la sociedad de la inmediatez, de lo breve y de lo instantáneo que no da pie —o, al menos, da más pereza— a sumergirnos en narrativas más densas o extensas, más descriptivas y reposadas. 

Por otra parte, y esto es motivo de felicidad, no lo voy a negar, surgen entre las novedades del presente año libros de corte menos dramático y más amables desde lo costumbrista, divertidos incluso algunos de ellos, que nos ofrecen una salida digna desde lo literario a tanto sufrimiento en papel. La literatura es conflicto, sí, pero tampoco es necesario ofrecerlo siempre desde el más puro dolor y desasosiego: Con un poco de azúcar la píldora pasará mejor, que decía Mary Poppins. 

Erica Van Horn y lo directo de una artista plástica. 

ERICA VAN HORN
ERICA VAN HORN

Lo fragmentario de Aún nos queda el teléfono puede estar relacionado con su autora, la polifacética Erica Van Horn. Estadounidense de nacimiento pero irlandesa de adopción desde hace muchos años, su carrera abarca la escritura pero también la edición y el arte plástico. Esa relación con el arte la convierte en perspicaz observadora que se fija en los detalles, en todo aquello que puede parecer nimio o intrascendente, y lo presenta de forma que explique un todo, de que su significado abarque más de lo que plantea a primera vista. 

Prueba de ello son sus exposiciones como The Book Remembers Everything (2010) y libros como Living Locally y By Bus. I Have Been Making Books Since the Day President Kennedy was Shot, una exposición en Franklin Furnace, Nueva York, en 1986, donde seleccionaba los libros que había creado hasta la fecha. 

Como editora codirige la  editorial independiente Coracle Press junto a su marido, Simon Cutts. 

Aún nos queda el teléfono: un obituario eterno  

En Aún nos queda el teléfono Erica Van Horn se compromete como hija abnegada a redactar junto con su madre el obituario de esta última. Es este un obituario bien planificado que muta y se transforma de acuerdo a los caprichos de la madre, entregada a cavilaciones continuas sobre su utilidad, su interés o su forma: donde unas veces pretende que sea directo y claro, otras prefiere una versión más extensa y detallada. 

Es este obituario —del que nunca leeremos ni una sola palabra— el elemento excusador del que Van Horn se sirve para hablar de su madre, de cómo la ve, de cómo se relaciona con ella y, por extensión, nos lleva a pensar en cómo nos relacionamos con otras personas, cuáles son nuestros puntos de apoyo emocionales pero también físicos que nos permiten mantener lazos. 

La respuesta no por obvia deja de ser sorprendente: recordamos los pequeños detalles, las chanzas, las curiosidades que hacen que un ser humano destaque en nuestra memoria por encima de otros seres humanos. La madre de Van Horn no será recordada por haberle dado la vida, quizás el mayor acto que podamos reconocer en una madre o, al menos, el desencadenante de todos los demás. En la mente de la autora su madre es la que organiza los periódicos en las sillas del salón de un modo determinado, quien guarda una lata con herramientas en la cocina o quien acumula recortes de aquellos obituarios que le impresionan en un sentido favorable o desfavorable para añadirlos a su propia bitácora vital. 

Una figura materna fuente de contrastes

De escoger una figura referente la literatura apuesta de forma preferente por la materna. Es el caso de muchas autoras y lo es también de Van Horn: la madre como figura ausente, de la que la separa un océano, pero también la madre presente, la que está a una llamada de teléfono. Es la madre que ofrece similitudes y contrastes en los que la autora se explora a sí misma. 

La autora somete a su madre a un análisis casi microscópico pero sorprende que el resultado no es la temible acusación a que nos vemos abocados en muchas obras. La madre no es culpa de cómo es la autora ni es tampoco causa directa —aunque algo de influencia pueda darse—: la madre está ahí y puede y debe analizarse no desde la maternidad sino desde la visión de ella como un individuo, una persona que, teniendo la maternidad como parte de su todo, es mucho más que eso y se puede transcribir en cierta forma al papel desde muchas más perspectivas. 

Una colección entrañable. 

De Aún nos queda el teléfono se puede decir que es, ante todo, unas memorias amables, no carentes de juicio pero entrañables en su acabado. Es la premura de mostrar a alguien desde el lado más simpático, más carismático pero sin caricaturas. Van Horn desprende cariño y entusiasmo, ingenuidad y sorpresa a partes iguales y conforma un retrato que resulta encantador, dulce y perfecto para pasar un rato ensimismado en las aventuras y desventuras de una madre que no tiene más valor que ser la suya, la que prepara el obituario perfecto. Y tal vez esa falta de ansia por profundizar más, por buscar aristas, sea lo que da al libro este talante tan especial. 

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  • Título: Aún nos queda el teléfono
  • Autor: Erica Van Horn (traducción de Ana Flecha Marco) 
  • Editorial: Alpha Decay (más información del libro aquí y puedes empezar a leerlo aquí)
  • 112 Páginas. 16,90 Euros (formato papel)

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