Antes del paraíso es un poco un reencuentro. Con la literatura de Pedro Ugarte, pero también con su voz que escuché durante varios años en sus talleres de escritura. Y no, ya no escribo ficción —tal vez, quién sabe, haya espacio para volver a ella–, pero aún así la lectura de los ocho cuentos que reúne este compendio me han sabido a plato degustado que aún sorprende, que libera todo su sabor cuando  ya lleva un rato sobre el paladar.

Es una delicia sumergirse en estas ocho historias de familias a las que tan acostumbrados nos tiene el autor y que, sin embargo, sorprenden por esos detalles —los detalles, siempre los detalles— que le dan una vuelta al mismo tema. ¿No se escribe siempre sobre los mismos temas? En el caso de Pedro Ugarte no hay duda de que es así. Pero no hay cansancio acumulado alguno, no hay hartazgo ante Antes del paraíso. Solo ganas de que se hubiera incluido algún relato más.

pedro ugarte

Pedro Ugarte

No creo que haya que hacer una correlación entre biografía y literatura.

¿No tienes la sensación de que se transparenta mucho de Pedro Ugarte en los relatos de Antes del paraíso? En mi caso, que te conozco aunque sea de modo superficial, veo situaciones, lugares, casuísticas… que podrían ser parte de tu día a día. Es una sensación que se acrecienta con cada libro tuyo que leo.

A mí personalmente no me preocupa. No creo que haya que hacer una correlación entre biografía y literatura, pero en el caso de que la hubiera tampoco pasa nada. No creo que el escritor al que eso le preocupara podría escribir bien. Me parece una pregunta muy interesante. La verdad es que procuro no dejar que eso me influya.

Hace muchos años conocí a un escritor que me impresionó bastante y que decía “cada vez que estoy escribiendo no hago más que pensar que al otro lado la puerta están mi mujer y mi hijo y eso me agobia”.

Yo creo que es un problema creativo. Hay gente a quien esas cosas les puede bloquear. Pero creo que un escritor que hable de una realidad más o menos cercana o cotidiana, en buena parte acaba haciendo una vinculación muy directa con su propia autobiografía. Aunque estés haciendo ciencia ficción, acabas hablando de ti. La vinculación con la autobiografía en entornos cercanos, urbanos, que tengan que ver con la contemporaneidad y tal, va a contar con elementos autobiográficos.

Autobiografía separada de auto ficción, que parece que es la palabra de moda en los últimos años. Alberto Olmos comentaba en su columna en El confidencial hace unos días que autobiografía es dejar que los lectores se rían de uno y auto ficción reírse de los lectores.

Yo creo que la palabra es sólo un invento. ¿Aporta algo que no existiera ya?

La de Olmos es interesante pero es una visión subjetiva, está en función de lo que él piensa. Yo creo que el concepto de auto ficción no aporta nada con relación a lo autobiográfico, o a la visión más estandarizada que teníamos de lo que es hablar de uno mismo. Tampoco tenemos que esforzarnos porque la realidad amolde a los nuevos conceptos que ideamos. Lo que pueda haber de auto ficción en la labor de muchísimos autores es anterior a la propia palabra. Si te remontas por ejemplo a Umbral, sus libros son una acumulación de fragmentos autobiográficos.

El tema de Antes del paraíso es, básicamente, la familia

Antes del paraíso es un libro en la que observo cierta amargura generacional o, más bien, cierto distanciamiento, como si los protagonistas de los relatos, hombres de edad avanzada pero que aún no han entrado en la vejez, están en un punto desde el que ven a sus padres, ven a sus hijos, pero desde un punto de equilibro en un túnel oscuro donde hay luces a ambos lados y ellos están en sombra.

No lo había pensado, pero igual la idea es interesante. El tema del libro es básicamente la familia. Es verdad que desde el punto de vista del narrador muchas veces hay una visión por elevación hacia las generaciones anteriores o por descenso hacia las generaciones que le suceden. Eso sí genera una cierta bisagra argumental, al contemplar los ascendientes y los descendientes.

Tengo la sensación, respecto de otras obras tuyas que he leído previamente, de que los protagonistas envejecen en la medida en que lo haces tú, que hay una correlación entre la perspectiva que vas ganando con los años y que se refleja en sus vidas ficticias.

Es posible que, desde esa visión muy vinculada a una vida personal, en virtud de cómo vaya transcurriendo tu vida, la percepción de los personajes también vaya cambiando.

Desde el principio de mi narrativa, especialmente en los cuentos, sí había casos de gente muy mayor o muy joven. Pero en términos generales hay una línea ascendente en edad. Yo creo que eso se corresponde con esa visión más autobiográfica del asunto. En Nuestra historia recuerdo que había un cuento —me lo hizo notar Iban Zaldua— en el que cabía pensar que protagonista era más joven que yo.

En este caso el narrador siempre es de la misma edad que yo, con lo cual esa correlación sí está ahí.

El ser humano necesita un reducto de incondicionalidad: la familia

Las familias de Antes del paraíso tienen algo de impermeables, de estar envueltas en un duro caparazón. Solo parecen permeables a la amargura, los celos, la rabia… no terminan de encontrar la felicidad y no diría que provocan en el lector una sensación de pena o de tristeza, sino más bien de melancolía o de cansancio.

Más que la familia en si —tampoco son familias estándar las del libro, cada vez son modelos familiares diferentes—, creo que viene determinado por el punto de vista, por la mirada del narrador. Es el narrador quien contagia esa visión a la familia en que se encuentra. Hay un cuento, La familia de Erasmo, que habla de esa familia antigua que ya no existe, esa familia extensa, llena de primos y tal, mientras que hay otros casos de familias mucho más reducidas. Las familias vienen muy filtradas por las muchas realidades. Pero posiblemente sí sea el narrador que contagia esa sensación de aislamiento

Vamos hacia familias “sin familia”, podríamos decir.

Un escritor, Rodrigo Calderón, escribió el otro día en Twitter algo que me llamó mucho la atención: “Pedro Ugarte habla en este libro de una institución casi extinta, la familia”. La familia sigue existiendo. Otra cosa es que está cambiando desde muchísimos puntos de vista. La sensación que tiene el ser humano es que existe un ámbito reducido de incondicionalidad que es necesario porque no puedes vivir todos los minutos de tu vida con el culo prieto que exige la realidad. Necesitas un ámbito, por pequeño que sea, donde te relajas. Eso es la familia: un lugar donde haya cosas incondicionales. Otra cosa es que luego, tarde o temprano, te hayas podido equivocar con las personas, pero ese ámbito es necesario porque lo necesitas biológicamente para sobrevivir.

Sin embargo, muestras familias donde existe, como en el caso de Viejo cuchillo, filo oxidado, algo que no es tanto odio hacia los padres como una constante sensación de presión que el protagonista no parece ser capaz de soportar. También hay divorcios, con lo que ese refugio necesario desaparece o deja de ser tal.

Sí, muchas veces se puede romper, pero sigue existiendo la necesidad en ese ámbito, esa incondicionalidad. En algún momento escribí que la familia es el único lugar donde determinadas formas de comunismo son posibles. Hay una práctica comunista en la familia, en el cuarto de baño. Hay un mínimo ámbito en el que el comunismo, cuando es imposible que se generen formas de vida común con personas con las que tienes unas distancias, va en contra de la antropología humana, puede existir y es en la familia. Pero es un ámbito de incondicionalidad: necesitas psicológicamente, ideológicamente, un lugar donde te puedas relajar.

El dinero es tiempo futuro, supone libertad

El concepto de familia no se puede aislar del entorno en el que vive, de la sociedad y sus circunstancias, y en Antes del paraíso creas un mapa de contrastes. Estoy pensando por ejemplo en el relato El premio, con esa pareja que juega con otra a la lotería y muestra un ejercicio de celos nunca resueltos, ni por ellos ni por el lector. Parece que nunca sabemos alegrarnos por lo bueno que les pasa a los otros.

Con ese cuento tengo una especie de debate: no estoy seguro de si quería hacer un cuento que tuviera final abierto y que lo he escrito con tanta torpeza que no es tal o si es un cuento de final cerrado en el que cobraron el premio de verdad. Yo creo que al final he llegado a la conclusión de que el lector sí sabe lo que pasó, pero los protagonistas del cuento no y eso es lo que les atormenta.

No sé si estaremos de acuerdo, pero en ese cuento el debate no es por una propiedad perdida, es por lo que supone esa propiedad. Supone tiempo y libertad. Como dijo Borges, el dinero es más abstracto de lo que pensamos, el dinero es tiempo futuro. Eso de que el dinero es el vil metal, lo más material, es mentira, es exactamente al revés, es lo más abstracto que hay. Si tienes mucho dinero, liberas tu vida para hacer otras cosas.

Estaba pensando que la expresión “vil metal” va a ir desapareciendo cada vez más.

Claro, ya no existirá. Es anacrónica. Es verdad que el dinero se está haciendo también abstracto en ese otro sentido. Pero aún cuando todo el dinero era en monedas de oro seguía siendo, desde ese punto de vista de Borges, lo más abstracto que existe, porque el dinero es lo que puedas hacer con él. Eso son expectativas, esperanzas, tiempo para hacer lo que desees. Todo eso es el dinero.

En ese mismo cuento, ese ejercicio de celos, de ver que a los demás les va mejor, les hace perder la felicidad que ya tenían. Porque aún en su modesta vida, con sus agobios cotidianos, no eran una pareja infeliz.

Sí, claro. Forma parte del claro elemento de emulación que decías antes. Es posible que la felicidad ajena moleste e incluso haga perder valor a la tuya.

El deporte escolar se ha transformado en una dictadura emocional

El cuento Pequeñas cosas tristes, en el que retratas la locura de los campeonatos infantiles deportivos, tiene un punto divertido al reflejar cierto cambio generacional. Cuando yo era pequeña no existía esa preocupación o cobijo constante de los hijos, control absoluto o lo que yo llamo necesidad de burbuja.  

Eso ha cambiado totalmente. La gente que tiene hijos se siente absolutamente identificada con ese cuento. El deporte escolar se ha convertido en una dictadura. Hay un momento en ese cuento en que se dice que hasta se posponen funerales para que el niño o la niña puedan asistir al partido. Lo del deporte escolar se ha trasformado en una dictadura emocional.

Y parece convertido en un desahogo para las frustraciones de los padres, más que para el entretenimiento de los hijos.

He visto a padres embroncar a sus hijas en un partido de baloncesto de forma inaudita.  Y por lo que me dicen, mis hijos no han jugado fútbol, pero ahí hay aún más casos de proyección de padres frustrados. Me llama mucho la atención y ahí ha habido un cambio generacional. Se generan implícitamente además presiones sociales muy fuertes. Si todos los padres van a ver a sus niños tú no puedes ser el único que no vaya, tienes que ir. Todo el mundo comenta lo mismo respecto a los grupos de WhatsApp: puedes no mirarlos pero, ¿quién se va? Es un gesto de hostilidad.

De hostilidad hacia gente que en realidad no te importa nada.

Muchísimas de esas personas no te importan absolutamente nada, claro.  Posiblemente en eso sí se parecen mucho del deporte escolar y los grupos de WhatsApp: son formas de presión social modernas, contemporáneas, que no había antes. Todos los chavales han jugado al fútbol o han hecho alguna actividad. Y esto sí es una presión nueva con relación a lo anterior. Es espantoso.

La presión que el hombre sentía respecto a la fuerza se ha trasladado al poder económico

En ese mismo relato, en su desenlace, hay una cierta necesidad del hombre por reencontrar su lugar en la sociedad y para ello recurre a algo muy ancestral, primigenio, que es la violencia.

Las mujeres han sentido muchas otras fuerzas de presión, pero en los hombres antes esa dominancia pasaba por la fuerza. Pero a medida que la sociedad se ha hecho más compleja, la fuerza ha dado paso al dinero, el poder económico, como quieras llamarlo. El personaje del cuento se encuentra ante esa presión, una presión extraña que tiene que ver con que su hija ahora viva en la casa de un médico que tiene mucho dinero, en el campo de juego hay otro tío que está todo el día pegando gritos… Su única forma al final de liberarse, torpe y premeditada, es la violencia. En esta sociedad cada vez se utiliza menos eso, salvo en ámbitos de tipos embrutecidos. Pero no deja de ser duro y cruel también que los mecanismos sean otros, no el dinero. Son formas de violencia abstractas.

Si te fijas en tu trayectoria literaria, ¿notas esos cambios? La familia siempre está ahí. Pero todo lo que la envuelve está cambiando mucho, muy rápido.

Han cambiado muchas cosas entre. Pero no es el papel de la persona que escribe anticipar esos cambios.

La literatura tiene el objetivo ético de dar testimonio.

¿Trasladarlos tal vez?

No trasladaros sino reflejarlos. El papel básico de la literatura es obrar como testigo. La literatura es testigo de lo que pasa y es su obligación, su objetivo ético, si es que tiene alguno, dar testimonio de lo que pasa porque solo así quedará grabado. Muchas veces he dicho que el mejor retrato del franquismo es leer a Ignacio Aldecoa: la oscuridad de aquellos años, de los personajes… da una visión de ese tiempo absolutamente leal. Si la literatura tiene algún valor social, que no creo que sea obligatorio, es testimoniar los diferentes tiempos de la humanidad.

En este libro modestamente también hay de eso, ir reflejando que las cosas cambian.

Supongo que sigues escribiendo en horas nocturnas, horas arrancadas a tu vida. ¿Sientes presión por escribir más o menos?

No. Leí hace poco unas declaraciones de José María Merino que me llamaron mucho la atención, me sentí muy identificado. Decía que se hizo funcionario para tener tiempo libre y escribir. En términos generales es una suerte ser funcionario. Pero empezó a escalar y a tener un mayor volumen de responsabilidades. Yo trabajo en la universidad pública donde hay personas acomodadas, que no cumplen del todo. Pero también veo que la gente que se compromete con su trabajo, dedica horas de verdad.

Merino fue consciente de que no tenía tanto tiempo como esperaba. Entonces decía que tenía una vida esquizofrénica: estaba la vida profesional y la vida de escritor. La segunda igual eran períodos breves pero que aprovechaba al máximo.

Yo intento hacer eso. A diario voy a tomar un café solo y voy con el portátil. Estoy igual media hora, pero esa media hora estoy escribiendo o algo más fácil como corregir. Todos los días en una semana son dos horas y media.

En ese modelo de familias que describes, falta tal vez la familia sin hijos, la que se acusa de ser más egoísta.

Sí, es verdad que eso se está extendiendo. Lo cual también es injusto, claro, porque tener hijos no es una obligación para nadie.

¿Se percibe como una obligación?

Una vez tienes un hijo tienes obligaciones, claro.

¿Y antes de tenerlo?

Yo no tuve la sensación de que tenía que tener hijos para ser nadie en la vida, pero lo que está claro es que cuando eliges tenerlos tienes que tirar adelante con esa decisión. Esa es una frase muy de debate entre padres e hijos y que creo que hemos visto en el cine. Me acuerdo de una película preciosa de Sidney Poitier en la que tiene una discusión con su padre sobre eso. Ese momento en que los padres les dicen a sus hijos lo que tienen que hacer “porque tú eres mi hijo” y el hijo responde “yo no te pedí estar aquí”. Esa es una frase que un hijo siempre puede esgrimir ante sus padres, abuelos o todos a los que deba la vida.

Antes del paraíso refleja ese triunfo de la maduración cuando los hijos son conscientes de los fracasos de sus padres

En tus cuentos los hijos hacen siempre acto de presencia pero son narrativamente hablando bastante pasivos en contraste con los abuelos, que sí ejercen una voz más activa. Pero los hijos son observadores de las acciones de sus padres, están pero no participan.

No lo sé, no lo había pensado. Igual tienes razón. Sí hay varios casos en este libro, y me parece un elemento importante de maduración y triunfo personal, en los que los hijos se dan cuenta de las frustraciones y los fracasos de sus padres. Es esa idea de que en la mayoría de los hijos hay un primer momento de fascinación que se rompe en la adolescencia e incluso antes. Un primer elemento de maduración personal también ocurre dentro de la familia: darte cuenta de que, quieras o no, tu padre y tu madre también fueron unos pobres diablos que hicieron lo que pudieron, bien o mal.

Siguiendo esa idea me resultó muy duro, como lectora, la historia que se cuenta en Cliente fantasma. Duele ese momento en que el joven ve a través de las palabras de su padre y comprende que es un fracasado. Desde mi punto de vista hay una sensación de dolor, de pena, de ver cómo se escapa entre los dedos algo bonito como es la ilusión infantil, que se resquebraja como cuando un niño descubre quienes son los Reyes Magos o Papá Noel o quien sea.

El chaval va ilusionado al principio. Y el cuento termina cuando él empieza el camino de su padre, replica su camino.

Eso contrasta mucho con el relato que mencionábamos antes, Viejo cuchillo, filo oxidado. Porque en ambos los hijos han visto un comportamiento reiterativo de sus padres a lo largo de los años y en uno lo replican mientras que en el otro es justo lo contrario, tratan de buscar la forma de romper con esos hilos familiares que ven como una carga.  

El segundo es un cuento que, vistos los ocho en su conjunto, no sé si es un cuento feliz pero sí es el único con un final esperanzador, que rompe con un pasado, mientras en todos los demás el ciclo del pasado se va a reproducir. Pero con todo va a haber ciclos familiares que se van a repetir aunque de esa rueda tan demencial sí que van a salir, afortunadamente.

No se escribe sobre la felicidad porque está ahí para disfrutarla

¿Por qué nos gustan tanto los dramas en literatura? Es más difícil encontrar comedia. Resulta curioso porque, en mi experiencia librera, después del confinamiento mucha gente demandaba lecturas divertidas, algo que les hiciera reír un ratito. Pero es complicado encontrar esas opciones.

Es una pregunta eterna, porque no ha habido respuestas. El arte va a lo problemático. Cualquier actividad artística normalmente va a lo problemático.

¿Porque nos gusta regodearnos o porque nos gusta ver reflejadas nuestras propias amarguras, ver un poco de ese consuelo de tontos?

Más fácil que explicar eso es explicar lo contrario: no se escribe tanto sobre la felicidad porque la felicidad está para disfrutarla. Es verdad que inspira menos creación artística, la felicidad. Pero porque la felicidad te tiene ocupado, ocupado en el buen sentido de la palabra. En cambio la desgracia, el malestar, las frustraciones, la desesperanza, te obligan o se suavizan un poco con la expresividad. Creo que tiene que ver con eso.

¿Te da tiempo a leer en el día a día?

Sí. Debería leer más, pero sí me da tiempo. Yo no veo tele, o lo poco que veo es porque estoy con mi familia. Veo poco cine y me pierdo muchísimas cosas. La forma de ocio real que tengo es leer. Proporcionalmente ocupa una parte importante de mi tiempo.

A veces parece que lo decimos avergonzados, eso de que “a mí lo que me gusta es estar un rato en el sofá y leer, abstraerme o buscar algo que me revuelva por dentro y me obligue a pensar”. ¿A la gente le cuesta comprender que eso nos pueda dar felicidad?

Sí, no hay por qué ponerse a hacer, por ejemplo, vuelo sin motor. Incluso hay cierta presión con el deporte, conque hay que hacer deporte. Pues sí o no, pero no es obligatorio.

El best seller va a morir, quedará la literatura que te involucra en lo personal

¿Por qué tengo la impresión de que se escribe más fácil respecto a la forma, que contrasta tanto con el boom que estamos importando de literatura latinoamericana?

La literatura latinoamericana tiene una tradición barroca, muy barroca, igual más que aquí. Y aquí tenemos una literatura más realista, estilísticamente más fría. No sé si se está produciendo eso. En cualquier caso me interesa la literatura que sirva para que me involucre personalmente. La literatura de evasión, que leo en ocasión, tampoco es lo que me atrae.

Incluso en un mundo como éste, en que parece que la literatura retrocede como forma de ocio frente a tantas otras cosas, yo creo que esa otra literatura que te involucra personalmente es la verdadera, no sé si es la palabra, salvación, pero permanencia en la literatura, porque eso sí que no va a cambiar. O sea, Para leer un best seller prefiero que ver una película. La película va a saber transmitir la historia de forma mucho más visual. Lo que no se puede sustituir es la literatura que te involucra. De todos los libros se podría hacer una historia, pero las reflexiones no se pueden trasladar a nadie.

Se intentó hacer una adaptación cinematográfica de En busca del tiempo perdido de Proust. No tiene sentido porque tiene un lenguaje tan elaborado que es el propio lenguaje lo que le da valor a esa historia. Yo creo que el best seller va a morir. Igual ni llegamos a verlo. Porque hoy en día hay soportes muchísimo mejores que la utilización del lenguaje para contar una historia.

Lo que no es sustituible, no se puede poner en imágenes, es En busca del tiempo perdido, la literatura de Kafka o los cuentos de Borges. O sí se puede pero se pierde su esencia. Una novela de Ken Follet va a una película perfectamente.

No lo vamos a ver pero el best seller va a morir, el libraco de seiscientas páginas para contar una historia que se puede ver en el cine o en otro medio. Es una apuesta arriesgada.

Pero a día de hoy es lo que mantiene la industria, las editoriales, las librerías.

Seguro, hoy en día sí. Pero no tengo la más mínima duda de que va a quedar lo otro, la literatura mucho más minorizada.

¿Cómo se ha visto afectado tu libro por la pandemia?

La fecha de salida ha sido la prevista, el primero de la nueva temporada, pero lo que se ha perdido ha sido la promoción estándar, digamos. Para una editorial como Páginas de espuma las presentaciones en vivo son fundamentales porque en todas las ciudades hay una minoría de fanes del cuento. Si tú te presentas ahí, el libro tiene una salida interesante. Sin esa presentación, igual en vez de los veinticinco ejemplares que podrías vender en Burgos o en Melilla, vendes dos.

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  • Título: Antes del paraíso
  • Autor: Pedro Ugarte
  • Editorial: Páginas de espuma (más información del libro aquí y puedes leer un fragmento del libro aquí)
  • 136 páginas. 15,00 Euros (formato papel); 5,99 Euros (formato digital)