American Gods

Hace poco más de cinco días se estrenaba en una plataforma de vídeo en demanda una serie «Del creador de Sandman». No sé en qué mundo el nombre de Neil Gaiman no tiene suficiente peso como para tener que recurrir a una de sus creaciones literarias —adaptada a una serie en esa misma plataforma— como disparador de la memoria de los televidentes. En mi mundo resulta incluso ofensivo no saber quién es Neil Gaiman. No digo leerlo, no. Hay millones de autores publicados, miles de millones de libros por leer. No pido que todo el mundo haya leído a Gaiman. Sí que, al menos, les suene su nombre. Posiblemente escribo desde el sesgo del conocer y pido demasiado. No me culpen por ello. 
 

También voy a dejar caer aquí que estuve a un tris de no leer American Gods, el libro que reseño hoy. A pesar de que llevaba años en mis estanterías. A pesar de que, pudiendo haber comprado la edición baratita de bolsillo —siento aversión por las ediciones de bolsillo, añado una manía a mis incontables periplos como lectora— decidí comprar la traducción al castellano de la edición de Folioscopio con ilustraciones de David McKean. Lo hice porque esas ediciones son una fantasía literaria y porque el tándem Gaiman-McKean, que ya habían trabajado juntos en otros proyectos, muestra una solidez inusitada. Más aún teniendo en cuenta que esta edición es una ampliación revisada del libro original de Gaiman. 

Decía que dudé por dos razones, de las cuales una llegó a media lectura. La primera fue que, en la solapa del libro, alguien había escrito «Ganador del premio Bram Stocker». Sí, Stocker así, con una c intercalada que sangra la mirada. Sé que es nada más que una errata, pero es una errata en su reclamo comercial, en eso que se añade para lograr lectores. ¿A qué fallos más graves no abrirá paso esa errata que espero fortuita? 

La segunda es mas nimia pero un poco irritante: las ilustraciones no coinciden con la historia en todo el volumen. Hay momentos en los que están perfectamente cuadradas, donde texto e imagen se acompañan cogidos de la mano, y otros en los que no encajan y la imagen va a destiempo, en el peor de los casos en avanzadilla. 

Ojo a estos «detalles» editoriales que tanto dañan la imagen. 

Aunque, por suerte, no desmerecen la lectura.

American Gods, Neil Gaiman, David McKean, roca editorial, portada

Neil Gaiman, un imaginativo mentiroso 

Neil Gaiman (Hampshire, UK) —de quien os dejé una joyita que aún podéis disfrutar aquí— se ha declarado desde niño amante de los libros, la lectura y los cuentos, devorando las obras de C.S. Lewis, J.R.R. Tolkien, James Branch Cabell, Edgar Allan Poe, Michael Moorcock, Ursula K. LeGuin, Gene Wolfe y G.K. Chesterton. Firme defensor de la labora de las bibliotecas —y un poco también de las librerías—, atribuye a los bibliotecarios el mérito de haber fomentado un amor por la lectura durante toda la vida: «No sería quien soy sin las bibliotecas. Era el tipo de niño que devoraba libros y mis momentos más felices cuando era niño fueron cuando convencí a mis padres para que me dejaran en la biblioteca local de camino al trabajo.» 

También podríamos decir que Gaiman era un poco mentiroso, pues ya en sus orígenes «retocaba» su currículo para poder trabajar como periodista en algunas publicaciones, atribuyéndose méritos que no poseía en esa era de internet donde comprobar la fidelidad de la información era un trabajo de lo más pesado. Lo único que le salva es que, como bien escribió mucho más adelante, al final esas pequeñas mentiras acabaron transformadas en verdades: trabajó donde decía haberlo hecho ya y, al menos en parte, eso le salva del deshonor. 

American Gods, un road trip americano

En American Gods, Gaiman tiene la osadía de ofrecernos un viaje por las raíces de un país que no es el suyo; al menos, no de nacimiento, aunque sí de adopción: Estados Unidos.  En la novela, Sombra se entera pocos días antes de salir de prisión que su mujer, Laura, ha muerto en un accidente de coche. Aturdido y confundido, emprende el regreso a casa y en el avión coincidirá con el señor Miércoles, junto al que se embarcará en un viaje extraño por Estados Unidos mientras una guerra está por formarse. 

No es American Gods —a diferencia de su versión televisiva, muy bien encaminada en la primera temporada pero sin rumbo en las dos siguientes, además de que pierde rápidamente el hilo de la novela— una obra de acción, contra lo que se pudiera creer en un principio. Es un viaje que, sin renunciar a una cierta intriga, a un aire de thriller policíaco, se desliza por paisajes y carreteras, por pueblos que se mantienen impertérritos ante el avance de la modernidad de la que parecen aislados, por moteles de mala muerte y restaurantes de café recalentado una y mil veces. Es, sobre todo, un viaje por una América (si se me permite usar la palabra como sinónimo de Estados Unidos) que fue y que todavía es pero que pasa inadvertida y que, a diferencia de un bocadillo donde lo que interesa es el relleno, es considerada inocua y aburrida. 

Pero ahí es donde se gestan las tramas más brutales, donde las emociones son el único aliciente que marca la vida y la muerte. Ahí es donde Sombra se enfrenta a un «caso policíaco» que es, quizás, la única parte de la novela que desde su perspectiva de simple humano es capaz de asir con cierta facilidad. Sombra es esquivo, inteligente, sagaz y sabe cómo pasar inadvertido, pero en lugares donde esa es la tónica de la población algo más ha de ponerse en juego para que las piezas roten y los engranajes funcionen. 

Los antiguos y los nuevos dioses. 

¿Qué encarnan los nuevos dioses? La tecnología, los medios audiovisuales, internet, la globalización… son los dioses que Gaiman pone en la palestra, que nos ofrecen nuevos amos a quienes servir, ante quienes inclinarnos. Frente a ellos, los antiguos caen poco a poco en el olvido por falta de un relevo en sus fieles y seguidores. Porque, lo que no se menta, no existe. Neil Gaiman domina con brillantez el discurso de su novela: solo creemos en aquello que vemos y, en un giro inesperado, en aquello que creemos útil a nuestros fines. No ofrendamos nada a los dioses: esperamos que ellos nos sirvan. 

Los viejos dioses son también las raíces olvidadas de un país: Estados Unidos es la tierra de sus colonos, de su raíces amerindias pero también de la inmigración que data de siglos y de la que, en muchas ocasiones no quedaron grandes rastros porque los pueblos que visitaron sus costas no encontraron lo suficiente para quedarse. Pero los dioses, las creencias, ya fueran indias o chinas, nórdicas o europeas, tocaron una tierra de la que pasaron a formar parte mientras la memoria se hiciera eco de su existencia. 

American Gods es una obra que encierra poco de fantástico —algo que me pilló un poco por sorpresa— y mucho de filosófico y reflexivo. Es un libro que juega a ahondar en la historia y a seguir los pequeños rastros o grandes socavones que esta ha dejado en nuestro presente. Todo ello lo hace con una soberbia sutileza bañada de conversaciones que a veces juegan a ser crípticas, un poco místicas pero, en todo caso se deslizan con una inusitada rapidez por sus casi seiscientas páginas que se leen en un suspiro. 

  • Título: American Gods 
  • Autor: Neil Gaiman con ilustraciones de David McKean (traducción de Mónica Faerna García-Bermejo
  • Editorial: Roca  (más información del libro aquí)
  • 560 Páginas. 29,90 Euros (formato papel)

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