No se van a ordenar solas las cosas: Entrevista a Nuria Labari

Me gusta mucho la forma en la que Nuria Labari habla del cuento: como un enamoramiento, como un rayo que te golpea en plena tormenta. Después de quince años vuelve a él con la publicación de No se van a ordenar solas las cosas, un título precioso que bebe de la de la Premio Nobel Wislawa Szymborska que decía que «después de cada guerra alguien tiene que limpiar». Nuria intenta con su colección de relatos buscar el desorden, localizar ese lugar que no sabemos dónde está pero que nos perturba de alguna forma.

Labari viene de publicar  en Random House La mejor madre del mundo en 2019 y El último hombre blanco en 2022, una crítica feroz de las escalas de poder en el mundo laboral y de cómo las mujeres se someten a esas normas en un proceso de metamorfosis de donde salen, al menos la protagonista, más hombre que mujer. No se van a ordenar solas las cosas guarda ese espíritu de crítica actual: es una colección de relatos que le sirven para sumergirse en muchas de las diatribas y cuestiones que nos apelan. Es una colección de voces que nacen de la experiencia personal de la autora pero también de lo que ve a su alrededor, voces que conforman una orquesta de ternura, de amor, de justicia, de impotencia, de soledad, de marginación…

Nuria Labari nos ofrece un relato emocional, humano, de los prejuicios y de los males que nos aquejan como sociedad y los viste con una cara que genera empatía, pero también reflexión.  Sus relatos son una invitación a escuchar a los demás pero también a escucharnos a nosotros mismos, reflexionar sobre cómo nuestros cuerpos y nuestros pensamientos se construyen desde el lenguaje pero también desde la relación con el otro, no podemos ser sin tener en cuenta cómo interacturamos.

 

Nuria Labari
Nuria Labari

Hace unos días tuve la oportunidad de entrevistarla: 

El cuento tiene un impulso poético que creo que no se puede elegir

¿Qué te ha supuesto la vuelta al cuento?

Una maravilla, me encanta. No es que hubiese dejado de escribir cuentos, pero no había tenido oportunidad de volver a publicarlos. La novela es como un flechazo, como enamorarte, casarte, irte a vivir juntos… la historia completa. Requiere, además, cierto grado importante de neurosis. El cuento es como enamorarme siete veces en la misma tormenta, una especie de nube en la que te van a caer siete rayos en vez de uno.

El cuento tiene un impulso poético que creo que no se puede elegir. En la novela hay un momento en que la artesanía, la voluntad, te permiten sacarla adelante. En un libro de cuentos con la voluntad haces poco. Llegar a esa tormenta es algo que no me había pasado en los últimos quince años. Tenía cuentos sueltos, muchos inéditos que no tenían cabida en este volumen, pero volver a estar en este espacio me maravilla. El cuanto es un género que me encanta como lectora también.

¿Qué tal el cambio de pasar de la maquinaria de Random a un hogar más pequeño?

Acabo de llegar a Páginas de Espuma, aún no sabría decirte, pero Me hacía mucha ilusión publicar con una editorial que, como lectora de cuentos, es la editorial del cuento. Me gusta mucho publicar donde leo y en Páginas de espuma he descubierto algunas de mis autoras favoritas y donde vuelvo a los clásicos. La editorial siempre me ha parecido un sitio grande, aspiracional, increíble y capaces de tratar al cuento no como el hermano pequeño de nadie ni esos rollos. Feliz de estar aquí

Literatura Random House tiene todo lo bueno de una grande con la pasión de una pequeña y  Juan Casamayor lo ha hecho al revés, ha montado una estructura casi de gran grupo en torno a una editorial independiente. Son dos casas apasionadas de la literatura, que es lo único que yo pido y estoy contenta en ambas.

El cuento es un espacio donde cada cosa tiene que servir a su propósito, son dispositivos que tienen que estar muy bien armados.

¿Cómo vertebras el libro? ¿Los relatos están hilados de alguna forma?

Le dimos muchas vueltas Juan y yo cuando ya estaban todos estos cuentos que responden a esta atmósfera de desórdenes íntimos. Todos tratan casi de una distorsión cognitiva entre “el mundo está fatal” o “esto no me suena” y cómo en la intimidad se convierte en otra cosa.

Lo primero fue ver qué cuentos podían entrar y cuáles no. Dejamos algunos cuentos fuera Después fue muy bonito armar el libro entero. Vimos que el libro empieza en una cocina y termina en una cocina y solo aparece Dios en el primer y en el último relato. Es muy circular, es un libro pequeñito que tiene la ambición de contener el mundo.

Así que la disposición no es casual, le dimos bastante vueltas a donde iba a ir cada cuento. Y la última frase del último cuento parece hecha a propósito para cerrar el libro.

Cuando leía los cuentos la percepción que tenía era de una cierta animalidad, de una narrativa un poco agresiva en contraposición a una narrativa lírica, suave,

A mí me parece que los cuentos, no me acuerdo si era Rulfo quien lo decía, hay que ganárselos golpe a golpe. Si las novelas tienen picos y valles, en el cuento son casi todo picos. Es un espacio donde cada cosa tiene que servir a su propósito, son dispositivos que tienen que estar muy bien armados. Arranca en la cocina de Leonora Carrington el primer cuento dejando fuera las bestias de esta pintora que acabó en el manicomio por ellas. Es una invitación a no tener miedo de todos esos seres oscuros y maravillosos que nos habitan y que solemos acallar o no mirar. Sacarlos del armario puede parecer un poco bestia, pero creo que no, creo que nos permite acariciarlos o relacionarnos con eso que es oscuro y vive en nosotras y nosotros, eso que crece cuanto más lo escondemos.

Cada vez estamos más solos frente al miedo, sin palabras para nombrarlo ni para relacionarnos con él.

Cierto, porque es un libro de miedos sociales: soledad, vejez, disforia del cuerpo, viudedad…

Creo que estamos cada vez más llenos de miedos y cada vez más solos frente a ellos, sin palabras para nombrarlos ni para relacionarnos con el miedo. Todos conocemos esta cosa infantil de meter el miedo debajo de la cama y ya no poder dormir en esa cama nunca más. Y cada vez es más gigante el monstruo que viene a buscarte.

Aquí aparecen esos miedos a lo distinto, al otro, al cuerpo propio, al paso del tiempo. Son esos miedos que, cuando somos adultos, nos aterran y metemos bajo la cama hasta que no podemos dormir y nos tomamos pastillas para lograrlo. En los adultos sacar esos miedos, hablar con ellos y ver qué pasa, requiere otro tipo de lenguaje. Llega un momento en que solo manejamos el lenguaje laboral de la eficacia, se nos va queda cada vez más cortito el lenguaje del amor o el lenguaje que nace del cuerpo.

Cuando te enamoras parece que hayas inventado un lenguaje solo para ti y para esa persona —es lo que les pasa a los amantes de uno de los cuentos—. Creo que eso debiera suceder también para el lenguaje del amor de una amistad o para el lenguaje de la edad, o para el lenguaje de quién es distinto, o para el lenguaje con que hablamos y miramos a una persona migrante. Tenemos muchas zonas muertas de la percepción y el lenguaje e igual por eso es brusco, porque son como electrochoques.

Los relatos ponen muy al desnudo cuestiones que lamentablemente igual están muchas veces en el ámbito privado porque no terminamos de hablarlas.

En el ámbito privado y a veces incluso en el inconsciente, pero con unas consecuencias para la propia vida bastante devastadoras. Tenemos una forma de intentar estar a salvo que no nos funciona, sabemos que tenemos un malestar estructural en el trabajo, a veces con la pareja, incluso con las relaciones, y no tenemos manera de tratar con ello, porque la manera de tratar con nuestras relaciones, con nuestros problemas o con nuestra forma de entender el mundo, son las palabras. Si se van quedando cada vez más pobres o más secas, no hay manera. Los que escribimos, y sobre todo los que leemos, lo que vamos buscando son esas otras palabras con las que vivir.

La forma en que construimos nuestra idea del éxito o de la felicidad es bastante tramposa y está condenada a que las piezas no encajen

¿Crees que vivimos desde cierta irrealidad el mundo? Muchos de tus protagonistas parecen insatisfechos y buscan algo que no llega. La primera madre, la pareja que está a punto de romperse y que intenta salvar su relación en la República Dominicana, la mujer que busca un amante en un inmigrante. Todos parecen tener una idea de lo que es la felicidad que no termina de encajar con la realidad.

Conozco a muchísima gente que está buscando algo que no termina de encajar. Es difícil encajar en un mundo en el que desayunamos con la guerra todas las mañanas. Me sorprendería si alguien le encajan las piezas.

También la forma en que construimos nuestra idea del éxito o de la felicidad es bastante tramposa y está condenada a que las piezas no encajen. Creo que el bienestar o paz mental pasan por ordenar, reordenar esas cosas. Yo no soy la escritora adecuada para aquellos lectores que se sientan en paz consigo mismos y con el mundo. Pero sí, vivimos una sensación de irrealidad absoluta. Nos inventamos el peligro, nos inventamos un montón de miedos, nos da miedo estar vivos, hacernos viejos… y además se nos va olvidando que lo hemos inventamos.

El lenguaje tan eficaz en el que nos movemos en el trabajo, en los medios de comunicación, en la política, tan orientado a convencer más que a escuchar no nos ayuda, solamente va echando leña a ese fuego de la irrealidad. La literatura es todavía una de las maneras de ver al rey desnudo y de quitarse vendas de los ojos.

Hay dos cuentos que sorprenden en la antología por no estar protagonizados por mujeres. Uno es el del adolescente con un problema de disforia del cuerpo, con un lenguaje rompedor, con una gestión de esos miedos bajo la cama que comentabas que da aún más miedo y con un enfrentamiento inusual a los desórdenes alimentarios, tan asociados al cuerpo femenino. ¿Cómo lo enmarcas con los demás?

Necesitaba o me preocupaba mucho que hubiera voces muy distintas en el libro. En la literatura que yo misma disfruto y consumo a veces, hay un solo de tambor o una sola voz contándote el mundo desde una única perspectiva: de género, colonial, generacional… Todo encaja porque hay una sola mirada.

Yo quería que pudiéramos convivir con el desorden. Aparece una mujer blanca occidental, de una edad parecida a la mía. Pero también está su empleada de hogar, un adolescente de dieciséis años, un octogenario, una familia que se va a República Dominicana, un menor acompañado del norte de África… Esto es buscado porque no quería que existiera el confort de una sola voz y la pobreza de una sola voz Para eso he tenido que trabajar el lenguaje para que fueran voces legítimas y como algunas de esas voces no las iba a legitimar con mi experiencia he tenido que hacerlo a través de la palabra. Ha sido un proceso muy bonito que nos ofrece el diálogo y la escucha.

Hablando de esa búsqueda de voces buscas esa cierta multiculturalidad: El menor inmigrante que le enseña su idioma a la mujer, reducido a diez palabras muy básicas; el octogenario que habla yidis; el guía dominicano que tiene sus propias expresiones y que te lleva no comprender tu propio idioma…

Es un juego con las propias perversiones del lenguaje: las mismas palabras que usamos para decir la verdad son las que usamos para mentir; las mismas palabras que usamos para acercarnos nos separan a veces de los otros. Todo eso tenía que estar trabajado para ir produciendo esa armonía o ese sentimiento que para mí fue de consuelo, porque tener la capacidad de escuchar a los demás es realmente consolador. Vivimos en una época donde el consuelo viene de ser capaces de descifrarnos a nosotros mismos, que no es tan consolador como intentar torpemente no ya descifrar, sino simplemente escuchar a quienes tenemos cerca.

La memoria puede ser verdad o puede estar hecha de esas palabras eficaces que nos contamos para justificar según qué cosas

Hay un par de cuentos donde hablas de la subjetividad de la memoria, de que construimos recuerdos pensando que son la verdad y luego nos percatamos de que no son tan la verdad como nosotros creíamos.

Qué miedo eso. Abordo el tema de la memoria y cómo esa memoria puede ser verdad o puede estar hecha también de esas palabras eficaces que nos contamos para justificar según qué cosas. Es una búsqueda de eso que hay de nosotros que es verdad, algo que no siempre está tan claro.

En el último cuento también me gusta mucho cuando planteas que en realidad caminamos los caminos que ya han caminado los demás. Es un poco una cura de humildad, nos creemos mucho.

Fíjate qué bonito combina con lo que veníamos hablando. No es tan distinta la culpa de un individuo que la curva de la historia de la humanidad. Hay aprendizajes que son muy parecidos. Caminamos un poco como a veces los tigres en un zoológico dejan ese círculo de pisadas marcado, caminamos sobre las huellas de otros que han transitado antes caminos muy semejantes a los nuestros. Recordar eso y encontrar esas pisadas, a veces cómplices, otras veces no, de nuevo consuela.

Nos sentimos mucho más solos de lo que de verdad estamos. No estamos tan solas y solos. Pero el consuelo de estar entre los otros tampoco creo que sea gratis, hay que ganárselo.

Me ha gustado especialmente el relato que tiene a una viuda por protagonista, donde se plantea la idea de la presoledad, de una soledad que se va asimilando cuando todavía no estás sola.

Ese cuento yo creo que es muy especial y trata de ese terror, de cómo va a ser el mundo cuando se muera la persona que quieres. Y en este caso hay alguien que está enfermo y que sabe que se va a ir. La otra persona también lo sabe y empieza a preparar su plan para poder habitar un mundo donde su ser amado ya no le va a acompañar y va dibujando cómo quiere que sea su soledad. Son unos ritos de paso y de relación cara a cara con la muerte que normalmente no queremos tratar.

He creado espacios que realmente son muy amorosos y que a mí me han terminado resultando muy consoladores

Pero hay mucho amor en cómo quien va a morir plantea la forma de facilitar ese paso.

He procurado que todos los cuentos tengan su parte de amor. He creado espacios que realmente son muy amorosos que a mí me han terminado resultando muy consoladores. Está ese peligro de mirar a la muerte desde el lugar de quienes se quedan, que es el terror de perder a quienes amamos. Pero al tiempo se va tejiendo un sentido, una forma amorosa de estar con los que se van, que creo que es ese consuelo casi melódico que espero que esté en todos los relatos.

El último relato también tiene algo muy tierno, la historia del octogenario permitiéndose amar. Me gusta mucho la idea de libertad en gente muy mayor que se permiten que les den igual ciertas cosas, algo que los más jóvenes aún no hemos alcanzado.

No, no estamos ahí. Muchas veces juzgamos cómo son las personas mayores o pensamos que ya no se pueden enamorar, que a partir de cierta edad no existe una sexualidad. Somos bastante inhumanos con la edad, con la nuestra y con la de las personas de edad que nos rodean. Yo quería humanizar la voz de un hombre de ochenta años, que creo que es una voz completamente deshumanizada en este momento. Lo que deshumanizamos es un boomerang, porque es algo que nos está golpeando en nuestra forma de atravesar el tiempo.

Al ponerlo a hablar respetando como hablaría una persona de ochenta años que además es judía, que además es homosexual y que además habla yidis, trabajando su lenguaje, de pronto está cerquísima de nosotros y recupera su humanidad, su sexualidad, su cuerpo, su deseo y todo eso es lo que les quitamos a las personas solo por cumplir años.

Tanto en el caso del octogenario como en el del adolescente, ¿crees que has feminizado su lenguaje, que siendo hombres les has permitido manifestar emociones?

No Lo que creo es que siendo hombres les he permitido tener cuerpo. En los relatos protagonizados por hombres no suelen estar pegados a sus cuerpos o a las contradicciones que les provocan. Me parecía fascinante estudiarlo y me parecía posible en esos dos momentos de fragilidad: la adolescencia y la vejez. No me he atrevido a transitarlo en un hombre de mi edad, creo que tienen bloqueado el cuerpo y viven en un western de John Wayne muchas veces. Pero sí, me apetecía habitar ese territorio y estos dos me abrieron la puerta sin la necesidad de feminizarlo. Creo que son dos voces genuinas y propias que se defienden bien. Lo que pasa es que son dos varones hablando desde su cuerpo y eso es todavía hoy bastante insólito.

no se van a ordenar solas las cosas, Nuria Labari, páginas de espuma

  • Título: No se van a ordenar solas las cosas 
  • Autor: Nuria Labari
  • Editorial: Páginas de espuma (más información del libro aquí y puedes leer un fragmento aquí)
  • 168 Páginas. 17,90 Euros  (formato papel); 7,49 Euros (formato digital) 

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