Me pregunto por qué no cogí un Sajalín en el último momento antes de echar la llave. Cómo los echo de menos. Sajalín al rescate. Una vez se lo comenté a un cliente: si estás saturado de leer y no sabes qué escoger, una de estas novelas criminales te puede salvar la vida.

Hablo así de los libros: los Sajalines, los Impedimentas, los asteroides, los Conatus… si se da el caso de que el escritor me gusta muchísimo también puedo agruparlos por su apellido: los Ford, los Wharton, los Bunker, los Capote, los de Bilbao (y no los Bilbao, no sé bien por qué)… me lo digo por lo bajo, en un susurro, cada vez que escruto la librería buscando la siguiente víctima potencial: ¿dónde estará el Wharton este que era una obra de teatro?

Lo de los títulos lo llevo francamente mal y soy incapaz de recordarlos. Me agobia sin agobiarme. Aún. Pero mi abuelo ya no recuerda muchos sustantivos comunes y eso me pone en estado de semi alerta o de pre aviso. Aunque la verdad es que siempre he sido más de memoria visual. En los exámenes era capaz de visualizar los párrafos concretos por los que se me preguntaba: y ahí va un gráfico a la derecha y debajo una foto de… Con los libros igual: puedo no recordar título, autor, editorial o las tres cosas a la vez pero recuerdo el tamaño y el color de la portada. Véndame usted un libro azul, ya le digo yo cual.

Tengo apartados en una pila los libros que he leído durante el confinamiento. Suman ya dieciséis, más o menos los mismos que había leído en los meses anteriores del año. Están apartados porque la mayor parte son préstamos de las dos librerías en las que trabajaba antes de empezar esta situación y a las que no voy a volver a trabajar después. Bueno, tal vez sí vuelva, espero volver, pero no será de forma inmediata.

Si lo hago será una buena noticia: personas a las que quiero y aprecio han conseguido, más que sobrevivir, vivir. Sobrevivir me priva de ese espacio de charla en el que me siento tan a gusto, en el que después de décadas he encontrado un hueco que parece, de verdad, hecho a mi medida. No estoy enfadada, tan sólo triste. Yo haría lo mismo. Sobrevive primero, ayuda después. Tampoco me van a dejar de ver: soy lectora, soy clienta. Clienta mucho más ocasional de lo que yo pensaba a la vista del número de visitas mensuales —acompañadas de su compra correspondiente— de algunas personas maravillosas a las que he conocido en los últimos meses.

Son dieciséis libros leídos. Parecen muchos y me resultan pocos. Mucho tiempo libre, poca lectura en proporción. Hay días que no puedo respirar, que me ahogo, y la idea de coger un libro en las manos me repele igual que coger un puñado de tripas de pescado o un bloque de cien kilogramos: es impensable, es imposible. Otros fluyen con facilidad y encuentro por fin, entre las páginas, la calma que necesito.

Estoy eligiendo bien. Me está gustando mucho lo que voy leyendo. Podría achacarlo a la suerte pero por una vez no pienso pecar de humilde: elijo bien. No lo pienso por echarme flores. Es el fruto de años de equivocarme, de refinar mi gusto. Eso me da cierta tranquilidad cuando miro la estantería y pienso: ahí hay 191 libros por leer. En realidad hay 188, cuatro de ellos los he leído ya durante el confinamiento. Sé los que son porque los he contado, porque la segunda semana de confinamiento sentí la necesidad de ordenarlos. Otra vez. De esos 188 sé que me gustarán bastante o mucho unos ciento cuarenta o ciento cincuenta. Son los que he comprado yo. El resto, obsequios, son una incógnita. Si van bien, si me gustan, significará que alguine me conoce lo suficiente como para acertar en su recomendación. Será una magnífica noticia. Si no, siempre está la opción de dejar un hueco para otra librería.

Hoy, Día del libro, sigo con atención el curso que Juan Casamayor, editor de Páginas de espuma, nos ha ofrecido de forma gratuita sobre edición. Gratuita, gratuita, no. A cambio de comprar libros de su editorial a través de nuestras librerías, las de siempre. Es una más de las iniciativas que veo con atención entre editoriales y librerías: cuotas para asociarte y acumular saldo, paquetes editoriales, sorteos, comprar hoy y recoger cuando se pueda…

Cruzo los dedos por todas, por las que conozco y las que no. Algunas librerías es como si las conociera a través de las redes. Conozco los gustos de sus libreros por lo que recomiendan, conozco su aspecto por las fotografías que suben, conozco la idiosincracia del espacio por su catálogo. Una librería es como la biblioteca de nuestras casas: aunque tenga un poco de todo, siempre pone en lugar preferente lo que le interesa, lo que le gusta. Creo que los libreros somos así: nos esforzamos por vender lo que más nos gusta aunque sepamos que no es lo que más nos va a dar de comer. Son esas pequeñas victorias personales que apuntamos en la libreta. ¡Hoy he vendido X!, proclamamos con alegría. Igual ese mismo día hemos vendido diez unidades de Y, pero es que Y no nos llena el corazón de felicidad lectora.

Tengo mono de perderme en una librería sin estar segura de si ahora mismo me puedo permitir comprar nada. Seguramente no es el momento. Y sí, sé que están ahí las bibliotecas. Pero para mí no son lo mismo. Las bibliotecas son espacio de recogimiento y las librerías de difusión, de abrirnos a los demás, de conversar y de discutir, de alegrarse y sorprenderse. Pronto, muy pronto.

Mientras tanto toca seguir leyendo lo que está esperando su lugar en nuestras baldas. Las librerías son, también, como una caja de bombones.