No me cansaré nunca de decir lo bueno que tienen las redes sociales, cómo actúan como una mano larga e invisible que te permite llegar a lugares recónditos que tal vez no habrías podido descubrir de otra forma. Eso es, precisamente, lo que me ha ocurrido con la editorial Contraescritura. Hace unos meses, algunos contactos en Twitter e Instagram empezaban a mencionar de forma insistente un libro, Goethe en Dachau, y tomé nota para revisarlo más adelante. Cuando lo hice, me resultó rara la página de la editorial. ¿Lo era realmente? Había libros a la venta en ella pero, también, una serie de paquetes de socio. De hecho, Contraescritura se prefinancia, por así decirlo, a través de sus socios, quienes, en un pago único, deciden con qué cantidad quieren ayudar a la editorial —además, reciben una serie de pequeños y curiosos detalles como recompensa—. La editorial, por su parte, ofrece al futuro lector unos vales de descuento y, así es como se recupera la inversión inicial. Es decir: el lector va a pagar el precio completo por cada libro, pero con un pequeño anticipo que ayuda a que la maquinaria de la editorial siga en marcha.

Después de decidirme y pagar mi cuota de socia, tuve la oportunidad de conocer a Marta Martínez, editora de Contraescritura, en una presentación que se celebró en Louise Michelle LIburuak —a la que asistió poquísima gente, lamentablemente, porque fue un rato de lo más entretenido y productivo—. Allí los presentes pudimos comprobar la pasión que manaba de sus palabras y, la verdad, me entraron ganas de hacerme con todo su catálogo, además de algunos libros editados por otras empresas que también mencionó (y enseñó). Pero, sobre todos, me llamaron la atención dos: Pasaron unos hombres, de Marcelle Capy, que aún no he leído pero está ya en casa, y Yo le pinté el bigote a Stalin, una de mis últimas lecturas de 2017 y un libro que he mencionado como lo mejor del año.

Tal vez sea importante comenzar por remarcar que Yo le pinté el bigote a Stalin no es un gran libro desde un punto de estricta forma literaria. En ese sentido, me ha recordado a Instrumental, de James Rhodes: el valor no reside en la forma, correcta pero no destacable, sino en el fondo, humano y transgresor. De hecho, no es ni tan siquiera un libro escrito por la propia Erika Riemann si queremos decirlo de una forma exacta: es un libro dictado por ella a Claudia Hoffmann quien, a través de transcripciones y entrevistas, da forma a aquello que Riemann necesita expulsar, a los demonios que quiere exorcizar de su interior, aunque sea contándoselo a alguien más, a una mujer que ni siquiera es escritora profesional, a una grabadora si se tercia.

Era el año 1946 cuando Erika Riemann fue condenada a cerca de diez años en una prisión siberiana. ¿La razón? Haber pintado con un lápiz de labios un garabato sobre una fotografía de Stalin. Una chiquillada de una niña de catorce años a la que se había mantenido al margen de la realidad nazi, una joven que esperaba con ansia que la escuela se reiniciara y dejar de trabajar en la peluquería de un familiar.

A partir de ese momento, el horror. Erika Rieman pasó años en campos de concentración y cárceles, despertando de forma brusca a una realidad que no puede dejar indiferente al lector. Humillaciones, tortura, abusos, hambre… y aún así en la voz de la Erika adulta deslumbra la terquedad de la joven niña recluida, su negativa a achantarse, a dejarse llevar por la muerte. Entre el asombro por lo que le está pasando, el miedo, la incredulidad, se cuelan también pasajes de esperanza: los de las mujeres adultas que tratan por todos los medios, incluso ofreciendo sus cuerpos, que las más jóvenes salgan lo más indemnes posible del trance. Apenas lo logran: Erika Riemann arrastrará de por vida un odio y un asco incontrolado por los hombres. También hay ejercicios de rebeldía en común, huelgas de hambre; en definitiva, la lucha por la supervivencia, por demostrar que son seres humanos que tienen derechos a un trato como tales.

Sin embargo, si en la primera parte se describen de forma cruda —pero al mismo tiempo con mucho más sentimiento que el que encontramos, por ejemplo en Si esto es un hombre, de Primo Levi—, es la segunda parte del libro la que termina por sobresalir, por hundir al lector en una meditación profunda. Al fin, la primera queda en el recuerdo, se puede hacer como que no existe, se puede mirar hacia otro lado como hicieron millones de alemanes ante el sometimiento soviético; pero es más difícil rehuir los ojos que reflejan almas dañadas cuando uno se cruza con ellos por la calle.

En la segunda parte de Yo pinté el bigote de Stalin Erika Riemann es ya una mujer libre, liberada, que busca su sitio en la sociedad. Y ahí descubre que nadie quiere escucharla, que ha dejado pasar los años en que su integración social y emocional se formaban y que, además de las secuelas físicas, su mente está dañada para siempre. Una familia que la acusa por tener que ayudarla, un fracaso amoroso tras otro, uno de sus hijos le es arrebatado… su único momento de paz es el grupo de mujeres que pasaron por lo mimo que ella, que pueden decir lo que vivieron en voz alta sin temer que traten de acallarlas o que no las crean.

Yo pinté el bigote de Stalin es una obra durísima y, sin embargo, una lectura audaz y amena que abre la mente a una época oscurecida de la historia que, gracias a la labor de gente como quienes forman Contraescritura, sale a la luz.

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  • Título: Yo le pinté el bigote a Stalin
  • Autor: Erika Riemann (traducción de Nùria Molines)
  • Editorial: Contraescritura. Colección Contexto (podéis leer más información sobre el libro aquí)
  • 207 páginas. 22,00 Euros (formato papel)
  • Puedes conseguir el libro clicando en la imagen de la portada

¿Habéis leído Yo le pinté el bigote a Stalin? ¿Conocíais la editorial Contraescritura? ¿hay algún otro libro suyo que querríais recomendar? Tenéis los comentarios a vuestra disposición.