En el transcurso de un año, cinco hermanas con edades entre los trece y los diecisiete años se suicidan. Así podría resumirse en una frase el comienzo y el final de Las vírgenes suicidas, la primera novela de Jeffrey Eugenides (Detroit, 1960). Desde el primer momento el lector sabe a qué atenerse: el destino de estas jóvenes está sellado en las páginas, porque Eugenides nos hace partícipes de que la cuestión no está tanto en los actos, como en las motivaciones que llevan a esa situación.

Las vírgenes suicidas es una novela sobre la necesidad, sobre el cambio. No necesariamente sobre estas jóvenes, que a los cambios propios de la entrada en la etapa adulta se unen una serie de aperturas sociales que hacen de su sociedad algo convulso. En las páginas se mezclan la necesidad de abrirse camino, de ruptura, junto con el obligado mantenimiento de las costumbres, de aquello que nos arraiga en quienes somos. Como esa tormenta de moscas que abren y cierran la novela y que presagian que la vida es cíclica, que parece que avanza —las moscas aparecen como una nube oscura que presagia algo indescriptible y desaparecen barridas por los niños del barrio— pero que sólo lo hace en función de la escala del tiempo que empleemos: en unos días ya no estarán, pero en unos meses volverán como si nunca se hubieran ido.

Ahí es donde Eugenides hace mella, donde trata de buscar esos cambios pequeños, sutiles, los que marcan la diferencia. Y lo hace desde un narrador atípico: los niños del barrio que ahora, desde la edad adulta, tratan de buscar pistas, de recordar en un esfuerzo conjunto, sin individualidades, como si sus mentes fueran un todo, qué sucedió, cuáles fueron esas diferencias que llevaron a las hermanas Lisbon a despojarse de su vida antes de empezar a disfrutarla.

Quien pretenda encontrar en Las vírgenes suicidas una respuesta, puede que prefiera leer otra cosa: no es la premisa del autor descubrir las causas del suicidio adolescente, sino, más bien, indagar en cómo afecta a los demás, en cómo se expande en oleadas de incomprensión que acaban por hacer de las víctimas, la culpables. Ellas han traído, con sus actos, la desgracia a un barrio que estaba ya condenado. Nadie hizo un esfuerzo por dar aviso de las señales —en un planteamiento completamente diferente, Mi amigo Dahmer también señala ese punto—, nadie advirtió que vivían bajo el yugo de una madre católica que las ahogaba en una niñez que había dejado de existir.

Así, desde la mirada de un grupo de niños, los únicos que, por su edad, son incapaces de detectar las señales que serían evidentes a ojos de un adulto, mirada que se balancea por la incertidumbre entre la amistad y el primer amor, las jóvenes se marchitan, se deslizan hacia la melancolía, hacia la obscenidad a veces, hacia el ostracismo, y esa falta de vida adolescente les lanza a una etapa adulta de golpe que no pueden asimilar. Esa imagen etérea, inalcanzable, Eugenides se encarga de destrozarla en los detalles, a fuerza de atarlas a la realidad: la ceniza que cae en la bañera, los productos de higiene femenina que se acumulan en el armario del baño, los escritos y dibujos infantiles del diario de Cecilia, la más joven y la que inicia con su muerte la novela… Da la impresión de que fueran entes en constante contradicción: están pero parecen ajenas al mundo, son diferentes pero al mismo tiempo sufren por las mismas cosas que el resto de jóvenes de su edad (el alcohol, la ropa, el maquillaje, la música…)

Tal vez ese esfuerzo del escritor por insistir una y otra vez en esos aspectos sea lo que, en algunos momentos, ralentiza la narración y hace perder el interés, porque en una historia en la que el final ya es conocido, es el camino lo que puede hacer de la trama algo brillante.

Las vírgenes suicidas es una novela de transición, generacional, donde se confunden los cambios a nivel personal con los sociales y estas cinco jóvenes, a veces confundidas en un todo, son la excusa para reflejar una etapa de confusión.

  • Título: Las vírgenes suicidas
  • Autor: Jeffrey Eugenides (traducción de Roser Berdagué)
  • Editorial: Anagrama (podéis leer más información sobre el libro aquí)
  • 232 páginas. 8,90 Euros (formato papel)
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