Trenes hacia Tokio es una lectura inesperada a la que me acerco con curiosidad. Inesperada, porque sustituye a Estrella distante, de Bolaño, en el programa del club de lectura. No es un menosprecio hacia Bolaño, claro está, sino un pequeño problema derivado de la falta de ejemplares de acceso gratuito en la biblioteca pública. Por otra parte, llevaba tiempo leyendo —no con constancia pero sí de forma ocasional— artículos de Olmos sobre la literatura y el mercado editorial, casi siempre polémicos pero en mi opinión no pocas veces dardos que apuntan donde más duele en el sector.

Es difícil clasificar este libro. Por un lado, nos enfrentamos de nuevo al concepto de autoficción, pero en esta ocasión Olmos logra desprender la prosa del —a estas alturas— agotador ejercicio del yo. Aunque, visto de otra forma, tal vez se plantee la necesidad de verlo justo al revés: como un ejercicio de innovación. Trenes hacia Tokio se publicó en 2005.

En su web, Alberto Olmos (Segovia, 1975) cuenta que desde 2005 hasta 2013 escribía de forma habitual en dos blogs personales: Hikkikomori, de carácter biográfico; y Lector Mal-herido, uno de los blogs de reseñas más conocidos y respetados (con mi cariño y perdón hacia Un libro al día, que empezó su andadura un poco más tarde, en marzo de 2009). Es precisamente el primero de ellos, Hikkikomori, el punto de partida que dio forma a Trenes hacia Tokio.

Comentaba que es un libro de difícil clasificación por varias razones. En primer lugar, se plantea como una novela. Pero los capítulos que la conforman son tan breves y, muchos de ellos, tan autosuficientes, que bien podríamos encontrarnos ante una colección de relatos. Es cierto que existe un hilo argumental que plantea una evolución desde la primera página hasta la última. Pero es una evolución sin un principio definido ni un final claro, dejando en manos del lector la resolución de la historia —resolución fantasiosa, ya que la vida de Alberto Olmos, como es evidente, siguió por su propio derrotero—. Me trae así, a otros textos como los de Ben Brooks —Lolito, Crezco o Hurra— donde contar algo concreto adquiere mayor importancia que el devenir de la historia.

Por otro lado, el ejercicio de autoficción se ve empañado por el uso de un alter ego —David— y por cierta tendencia aparente a exagerar algunos de sus rasgos, cayendo por la pendiente que separa la persona del personaje. Hay cierta similitud con Henry Miller, con la deformación del uno mismo llevada al extremo. Así, la parte biográfica pierde relevancia en favor de la narrativa.

David es un joven en la treintena que se divorcia de su esposa japonesa y se instala por su cuenta en un país que no es el suyo, sin que tenga claro qué hace ahí o en qué quiere conservarse. En una época cercana y lejana al mismo tiempo —sorprende esa necesidad de tener un aparato reproductor de Dvd y nos recuerda que la tecnología, a veces, hace flaco favor a lo imperecedero de un texto o bien lo sitúa con demasiada precisión en un tiempo y lugar concretos—, Olmos habla de una generación un tanto perdida, desubicada, que no tiene claras sus preferencias. Una generación que fue retratada por la revista británica literaria Granta al incluirle entre los veintidós jóvenes escritores en español con más proyección en 2010. 

El que los capítulos o fragmentos que forman sean tan breves tiene una explicación: los textos derivan de artículos en su blog, un medio que obliga a limitar la extensión de los contenidos y a presentarlos de forma muy breve y directa.

A esto se suma que el lenguaje de Olmos es, hasta cierto punto, cinematográfico, rápido y más centrado en el qué que en largas explicaciones que justifiquen el modo de actuar de un hombre que se presenta como egocéntrico, perdido, con un punto de desviación machista en su comportamiento (más de pensamiento que de acción, eso es verdad, y no sé hasta qué punto ahí el machismo puede señalarse, si no escapa de la mente y no se traduce en actos denunciables).

David es un observador nato que, a modo de fotografías, nos muestra los vericuetos de una nación que dista de la nuestra, no ya en kilómetros, sino también en esos aspectos culturales que contrastan con lo que entendemos por normal, siendo la normalidad algo siempre subjetivo y sujeto a quien la describe.

Pero, curiosamente, Trenes hacia Tokio no destaca tanto por la descripción de las diferencias como por lo común del ser humano, independientemente de dónde proceda. Desde el minimalismo del detalle refleja los grandes aspectos del hombre y lo hace con un punto de humor ácido, de reírse de sí mismo o de su alter ego, con honestidad y sin ambages.

Trenes hacia Tokio no es un libro trascendental pero sí muy disfrutable, sobre todo para cierto público que acaba de entrar en la madurez pero aún no se reconoce plenamente. Desde luego quedo con ganas de leer más libros de Olmos, si bien me han avisado que su estilo actual difiere del ritmo alocado y preciso de esta novela.

trenes hacia tokio, alberto olmos, portada, relatos en construccion

  • Título: Trenes hacia Tokio
  • Autor: Alberto Olmos
  • Editorial: Lengua de trapo. El libro está actualmente descatalogado y no aparece en la web de la editorial.
  • 256 páginas. 14,25 Euros (formato papel); 9,50 Euros (versión digital)
  • Puedes conseguir el libro clicando en la imagen de la portada

Si has leído Trenes hacia Tokio, me encantaría saber tu opinión ¿Crees que le afecta al conjunto que proceda de un blog? ¿En qué género lo enmarcarías? Tienes lo comentarios a tu disposición.