Confieso que no soy asidua de las bibliotecas. Tal vez no debiera hacerlo, pues tengo amigos que trabajan en ellas. Las bibliotecas son espacios que, como las librerías, están sumergidas en pleno proceso de adaptación a los nuevos tiempos. Han pasado de ser templos dedicados al libro a convertirse en espacios multifuncionales donde cada día pesa más el programa de actividades y menos el fondo bibliográfico en cuestión. Presentaciones de libros, conciertos a pequeña escala, salas de ordenadores con conexión a internet, cursos de casi cualquier temática cultural, cuentacuentos para los más pequeños, televisores con reproductor de vídeo para que el usuario pueda repantingarse alegremente en un sofá durante unos minutos u horas… Incluso si de reservas hablamos, los datos empiezan a mostrar que la gente se interesa más por las películas o discos de música que por los libros.

Pero, por supuesto, aún quedan reductos de cultura, espacios que tienen algo mágico. Y de ellos nos habla Sophie Divry en Signatura 400, un texto que derrama en cada página el amor por los libros, por los lectores y por los espacios como las librerías, con sus sombras y sus claros, con sus puntos fuertes y otros que no lo son tanto:

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Pues es evidente: entrar en una biblioteca es, ni más ni menos, que volver al regazo de mamá… Sí, como mamá, la biblioteca da un beso mágico y todo desaparece.

Sophie Divry (Montpellier, 1978) recurre a un artificio para hablar de todo ello. Aunque la editorial Blackie Books ha tenido a bien poner a nuestro alcance esta magnífica obra breve —apenas ciento veinte páginas—, tal vez hierra a la hora de clasificarla como una novela. Es más bien un ensayo ficcionado. Una bibliotecaria de provincias cuyo nombre nunca llegamos a conocer, llega una mañana al trabajo, a su sección de geografía y se encuentra allí con un hombre que ha pasado la noche durmiendo en un sillón porque cerraron el edificio con él dentro. A partir de ahí, la bibliotecaria comienza una conversación —un monólogo, pues nunca llegamos a leer palabra salida de boca del hombre– en el que desgrana desde su situación personal, hasta detalles sobre el funcionamiento de las bibliotecas o secretos sobre sus usuarios, incluido un joven del que está secretamente enamorada.

Por las páginas de Signatura 400 pasan todos los temas relacionados con el libro que os podáis imaginar: desde el sistema de clasificación —el sistema Dewy, en el que la signatura 400 estaba dedicada a las lenguas hasta que se optó por desplazar estas a la 800, dejando la 400 vacía, sin contenido, algo que estresa a la protagonista—, los entresijos de su profesión, los celos entre colegas, la falta de apoyo político a la lectura, los tipos de usuarios de la biblioteca… una pequeña joya que puede ser releída varias veces, sacando en cada una de ellas una conclusión diferente y que da pie a numerosas reflexiones sobre el sector. 

Los dos juntos, libro y lector, en el momento adecuado de la vida de cada uno, eso puede producir chispas, una llamarada, una hoguera, puede cambiar una vida.

De todas formas, y como cabría esperar, es la biblioteca y, más concretamente, los bibliotecarios, quienes ocupan un lugar muy especial en el texto de Divry. No solo por su papel como profesional preparado para lidiar con volúmenes que llegan de forma incesante —también para estas “novedades efímeras” hay una parte del ensayo reservado— sino, sobre todo, a la labor más importante que puede ejercer: ser la conexión humana entre los volúmenes y los lectores, vender con éxito los beneficios de la lectura, encender esa chispa, esa llamarada que se menciona en la cita anterior. Así de claro lo expresa:

Todo se decide en los primeros días, la primera vez que uno entra, que cruza el umbral de la biblioteca […] La escena primitiva. Antes de ese día, por decir las cosas como son, todo lector es virgen. Sí, virgen. Y a mí me gusta mucho la defloración en la biblioteca… Ah, claro, si la primera vez es un fiasco, después será duro. Muy duro. Si el bibliotecario te conduce como a un ganso, sin ternura ni atenciones, se acabó. Nunca más. Significará el divorcio en firme de la cultura. La abstinencia de por vida.

Otra de las cuestiones —que yo he llegado a preguntar a un bibliotecario con cierta falta de pudor— es su supuesta labor de ensalzamiento de las obras literarias. ¿Es obligación del bibliotecario tratar de que sus lectores aspiren a obras más complicadas? ¿Debe limitarse a darles lo que pidan, aunque consideren que la calidad de la obra es ínfima o incluso inexistente? Para Sophie Divry la respuesta es clara: sí, pero con tacto y sin caer en el insulto: 

Clamar por el acceso de todos a la Literatura, pero levantar un bloque, un monumento aplastante —los  Clásicos— al que se deben ofrecer sacrificios, carne, sangre fresca. […] Son la auténtica poli de la buena conciencia cultural. […] Yo en su lugar estaría avergonzado. ¿Y ese libro que lleva en el bolso, qué? Enséñemelo, enséñemelo… Ah, sí, interesante. Entretenido. Fácil. Mediático. Mal escrito. ¡Basura! ¿Y piensa quedarse mucho tiempo en ese estado cultural?

En todo caso Signatura 400 no ofrece una respuesta, no es su propósito otro que ejercer una labor interrogatoria, de reflexión en el lector. Éste será quien deba meditar sobre el papel actual de las bibliotecas, su utilidad y su evolución. Lo que sí se puede alabar de la novela es que Sophie Divry alaba lo más importante: al bibliotecario.

Ejerzo un oficio valiente, útil, interesante, que exige un sinfín de cualidades. Cuando devuelven el libro: “Me gusta mucho este. ¿Le ha gustado también?” Recomendarle otro. Sacarlos poco a poco de la hondura de los best sellers. Hacerlo por el lado afectivo.

Y vosotros, ¿Habéis leído Signatura 400? ¿Sois usuarios de las bibliotecas? ¿Qué aspectos mejoraríais? ¿Qué evolución habéis apreciado? Tenéis los comentarios a vuestra disposición.