Con mucha frecuencia, acudo a la librería con mi lista en mano (tablero de Pinterest más bien, pero el soporte es lo de menos en este caso). Sé que no estarán la mayoría, porque no suelo buscar novedades editoriales, pero eso es lo de menos: quedan encargados mientras lucho con la pila de pendientes que ya están en casa. La librería deja que los clientes escriban fichas con sus opiniones en tarjetitas que coloca sobre los libros, sujetas a la portada con un clip. A veces dejo vagar la mirada por estas breves frases y a veces alguna me llama la atención lo suficiente como para coger el libro. Así es como he llegado a leer Solo, de August Strindberg.

Sin embargo, cuando llego a casa y me pongo ante mi mesa de escribir, revivo; y las energías que he ganado fuera, ya sea mediante la corriente alterna de las disarmonías o mediante la corriente continua de las armonías, se ponen ahora al servicio de mis diversos objetivos.

August Strindberg (Estocolmo, 1849-1912), es uno de los autores suecos más relevantes de todos los tiempos. Maestro de escuela, actor, telegrafista, bibliotecario, pintor, alquimista y escritor, El padre (1887), La señorita Julia (1888) o Danza macabra (1900) figuran entre sus dramas teatrales más aplaudidos. Su obra narrativa incluyó novelas, poemas, sátiras, ensayos y narraciones breves. El hijo de la sierva (1886), La plañidera de un loco (1888), A orillas del mar libre (1890), Inferno (1897) y Solo (1903), fueron algunos de sus trabajos más destacados.

Escrita en 1903, cuando el autor contaba ya con cincuenta y cuatro años (moriría nueve años después), Solo no es una novela, sino que cae más bien en un género desdibujado a medio camino entre el ensayo, la autobiografía y el diario reflexivo. Redactada en Estocolmo, tras un periodo de autoexilio, la obra nos ofrece pinceladas del ocaso del escritor y de su devenir cotidiano, articuladas alrededor de su relación con una soledad autoimpuesta a raíz de varios desencuentros con su círculo social.

Así llegamos a conocer al autor, un hombre de clase más bien pudiente, sin oficio conocido, que vive en una habitación alquilada y narra, con un lenguaje sencillo y directo, sus actividades diarias, engarzándolas con sus reflexiones sobre la soledad. No tarda mucho sin embargo en caer la máscara que engaña al lector en las primeras páginas: el elogio a la vida solitaria, aislada, lograda de forma voluntaria, se transforma a medida que avanza el texto en un relato confuso, contradictorio, en el que el auténtico rostro del protagonista se desvela como el de un personaje atormentado, asustado, que ha apostado por confiar su vida a la soledad pero ve que la partida se decanta siempre del lado de la humanidad.

Es Solo un reflejo de la lucha entre el pensamiento racional, intelectual, y el devenir de los sentimientos, de las emociones humanas que buscan, indefectiblemente, la compañía de otros. Así el elogio se torna reproche y, en su obsesión, el protagonista busca la compañía de los demás sin tratarlos, observándolos desde el coche de caballos, escuchando los ruidos que hacen sus vecinos y construyendo alrededor de los sonidos vidas e historias, vigilando con poco disimulo a los demás a través de ventanas ajenas, atento a los detalles, actitud que excusa en su necesidad de volcar lo ahí descubierto en sus textos, en su creación literaria. Es este acto de voyerismo una válvula de escape ante lo que se demuestra como una negación de la naturaleza humana.

El texto, que sigue la senda del ciclo anual, comenzando y terminando en otoño, lo que le da pie a Steindberg para deleitar al lector con profusas descripciones de la ciudad de Estocolmo y de su entorno natural, refleja con nitidez algunas de las enfermedades que sufrió el autor en vida: desde su paranoia y manía persecutoria —el autor afirma que una de las razones para no salir a la calle es que intuye que todo el mundo le mira mal—, introspección, un autoanálisis exhaustivo y poco ajustado a su realidad, ciertos rasgos del síndrome obsesivo compulsivo —describe una rutina diaria muy prefijada, sin demasiado margen a la improvisación—… Pero también pone de manifiesto un espíritu creativo intenso, con una actividad lectora y de escritura que rozan en lo frenético y que encuentran su momento más elevado en el análisis que hace, ya casi al final de la obra, del trabajo de dos de sus referentes: Goethe y Balzac.

Creo que estar solo es mi destino, lo mejor para mí. Así quiero pensarlo, pues en caso contrario todo sería demasiado inaceptable.

(Puedes leer algunas citas escogidas aquí)

El final de Solo es un final a media tinta, desdibujado, sin claridad aparente, de igual forma que lo es el principio, que arranca sin un suceso desencadenante. Tal vez esa falta de definición es lo que propicia la aparición de otros personajes, de pequeñas historias o relatos condensados dentro de la narración principal, que dan pie a la reflexión sobre la paternidad, las relaciones de pareja, la música o la caída en desgracia. También se cuelan en el texto dos poemas intempestivos, encajados de forma un poco antinatural pero hermosos en su estructura y contenido.

Solo es una obra preciosa, reflexiva y trascendente para entender la necesidad de compañía del hombre y es reflejo de una narrativa que hoy guarda ciertas reminiscencias añejas o arcaicas pero que no deja de deslumbrar al lector que decide sumergirse en su texto.

  • Título: Solo
  • Autor: August Stridberg (traducción de Manuel Abella)
  • Editorial: Mármara (podéis encontrar algo más de información aquí)
  • 176 páginas. 13,50 Euros (Edicion en papel).
  • Puedes leer algunas de las citas que he seleccionado en esta novela aquí

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