En una terraza con un invierno en ciernes que se empieza a manifestar con el típico vendaval del norte me reúno con Cristina López Barrio para hablar de su última novela, Rómpete, corazón. Tras quedar finalista en 2017 del Premio Planeta, ahora trae al escenario una historia que asemeja a un terrorífico cuento de hadas donde lo de menos es encontrar al responsable. Lo que López Barrio parece pretender es sumergirnos en la mente de una colección de personajes de lo más variopinto.

¿A qué crees que se debe la fascinación de los adultos por los cuentos de hadas? Parece que no somos capaces de desengancharnos de ellos. 

La primera construcción que hacemos del mundo tiene lugar a través de los cuentos de hadas. La forma en la que empiezas a comprender tu existencia, la relación del hombre con la naturaleza, con los demás… incluso empiezas a profundizar en esos monstruos que aparecen en la infancia y con los que aprendes a convivir y a domarlos según creces.

Leí Psicoanálisis de los cuentos de hadas, de Bruno Bettelheim, que ofrece una visión muy diferente de la que tenemos. El cuento de hadas en realidad no era solamente para niños, viene de una época en la que no existía la ciencia para explicar los fenómenos de la naturaleza. La mayoría de ellos tratan la muerte y la resurrección en vida, el paso del ser humano de la niñez a la pubertad, de ésta a la etapa adulta, a través de determinados ritos. Van directos a explorar el inconsciente. El niño se asusta y ve que en los cuentos aparecen esos monstruos y que el héroe es capaz de luchar. El villano siempre es castigado, tiene que restablecerse el orden y la justicia.

Todo ello me pareció muy interesante. Utilicé el cuento original del que procede la versión de Grimm y Andersen de La bella durmiente: tras quedar dormida al pincharse el dedo con un huso, un príncipe la ve, la viola y ella se queda embarazada de dos hijos, Sol y Luna, a los que da a luz dormida. La niña, buscando el pezón de su madre, chupa su dedo y succiona la astilla, lo que la despierta. No hay romanticismo, no hay una espera por el hombre que te salve.

Cristina López Barrio

Cristina López Barrio. ©Manolo Yllera

Estamos en un momento en el que se edulcora todo con una intención de proteger a los niños. 

Sí, es lo que plantea Bettelheim en el libro: buscamos proteger a los niños de las cosas que, por desgracia, ocurren, que no sufren. Pero si le proteges demasiado, si le haces ver que todo es maravilloso, le estás negando una etapa de crecimiento. El cuento ayuda al niño a entender el concepto de justicia. El instinto jurídico es algo innato en el ser humano. Desde muy pequeños tienen ese sentido de lo que es justo y lo que no.

¿Hay justicia para todos los personajes de Rómpete, corazón? Se da la circunstancia de que el malo es, como en un cuento de hadas, muy malo, y se llega muy rápido a saber quién es, puede que casi a un tercio del desenlace. 

Es una novela en la que no importa tanto saber quién es el malo, sino comprender qué le pasa y qué les está haciendo a los demás. Para mí era más importante reconstruir la historia completa. A veces tienes todos los datos pero quieres reconstruir cómo se llega al final que ya conoces.

Escoges además una fórmula muy compleja en narrativa para llegar a ese desenlace porque te apoyas en las voces de muchos personajes que además abarcan un rango de edades muy amplio. No es fácil lograr que cada uno tenga una voz representativa y que el lector los identifique con facilidad. 

Es el gran reto de la novela. Es en parte novela negra, porque hay una serie de crímenes, hay un policía que investiga y su investigación es en parte el hilo conductor de Rómpete, corazón. Seis personajes hablan en primera persona, desde una adolescente, pasando por una mujer de casi cuarenta, un policía y una anciana espiritista. Diferenciar las voces era algo orgánico que la novela me pedía, como si los personajes necesitaran contar su historia.

Me pareció que podía ser complicado y dificultar la lectura, pero decidí probar. Encontrar la voz narrativa es fundamental, pero tenía en mente que, si no funcionaba, tendría que pasar a una tercera persona omnisciente. Pero en esta novela no se puede separar la forma de la historia. Hay elipsis, está organizada de manera no lineal y el lector tiene que ir reconstruyendo, tiene que ser un poco policía no solo para resolver la desaparición de las dos niñas, sino también para hilar las relaciones que existen entre los personajes.

Como escritor buscas otra forma de expresarte, de experimentar, de crecer y no quedarte encasillado en una forma de contar las cosas. Sí es cierto que hay temas que repiten y que mi estilo está ahí, pero es lo más diferente que he escrito.

Arturo es en cierta parte el personaje más llamativo o extraño porque es ajeno a esa red de relaciones que planteas en la novela e incluso llega a desaparecer en algunos momentos. 

Es un personaje un poco bisagra, da un punto de vista ajeno. La novela trata mucho lo que se llama el amor mimético. Nuestro deseo es el deseo del otro, decía Jacques Lacan. Alquila una habitación porque un amigo suyo era amigo a su vez del primer marido de Blanca y llega con una visión contaminada de ella. También permite dar una perspectiva nueva del personaje de la adolescente, Aurora. A su vez me parecía interesante la idea de que va en busca de una historia y es la historia la que le posee. La vida le provoca un bloqueo creativo, como si se lo tragara.

El personaje de Blanca, que es el que veo más interesante y más lleno de matices, es a la vez dominante y sumiso. Es una mujer agredida que no responde al estereotipo de mujer inculta. Ofrece una sumisión absoluta a pesar de su nivel socioeconómico. 

Es el personaje más trágico que trata una relación tóxica de maltrato psicológico. Traté de meterme en la piel de una mujer culta y descubrir por qué no es capaz de darse cuenta de la realidad o, si lo hace, por qué lo soporta. Estuve en una conferencia de Siri Husvedt con Ana Bella Estévez y comentaba que el maltrato a mujeres se daba también en juezas, en ejecutivas… No tiene nada que ver el nivel intelectual con caer en una relación tóxica y de maltrato.

Hablé también con una psicóloga para conocer en qué situaciones se da el maltrato, cómo se puede salir… Lo primero es enfrentar el dolor al asumir que la otra persona te maltrata. A veces ese dolor es tan intenso que la mujer prefiere disculpar al otro, culpabilizarse, se mina su autoestima y cada vez son más manipulables.

En la novela también hay un factor de aislamiento físico, Ricardo quiere que ella deje su trabajo, que es otro de los elementos habituales en el maltrato. Se vicia el punto de vista de la realidad y se empieza a ver a través de los ojos del manipulador. El maltrato psicológico es mucho más difícil de identificar, se ejecuta a través de miradas, de indiferencia…

Además la historia incorpora el elemento de esa locura congénita que se transmite en la rama femenina de la familia Melgar, que hace dudar aún más a Blanca. Ella es ya de por si bastante fantasiosa y cree en ese amor de filtro idealizado a lo Tristán e Isolda. El golpe es aún mayor cuando se ve abocada a asumir que todo ese castillo que ha construido en el aire se viene abajo. Yo creo que hay algo en la mujer que le dice que en la relación algo no funciona.

Esa es toda la evolución que tiene ese personaje.

Además se intuye que sufrió algún tipo de abuso en la infancia, aunque no se refleje claramente, más allá de esa mano en la espalda.

Sí, ha habido un abuso en la infancia por parte de una figura de autoridad, como es un padre, con una madre que no consiente del todo pero tampoco se rebela para protegerla. Blanca vive con esta carga no resuelta de abusos. A mi me gusta mucho ese símbolo de las manos, que deben estar limpias.

La psicóloga me comentaba que en algunos casos las mujeres vienen de algún episodio de abuso no resuelto, no necesariamente físico, que de alguna manera les lleva a repetir el rol de víctima. Yo necesitaba comprender qué le ocurre a una mujer para vivir ese proceso y no saber ver la realidad. Desde fuera se ve con facilidad que el amor no es lo mismo que la posesión, pero desde dentro es muy difícil porque además te hace daño alguien a quien quieres.

Blanca es el centro de la historia porque está presente a lo largo de todo el texto, pero es muy revelador también el personaje de Ricardo, porque muestra una obsesión a un nivel muy extremo. 

Es un psicópata. Es otro de los temas que investigué. No tiene una evolución del pensamiento de lógica causa-efecto como se daría en una persona sana. Desde la infancia muestra una clara psicopatía.

Y al escribir de su hermano declaras que la psicopatía no está enraizada con los genes ni con el ambiente en la infancia, que es común a ambos. 

Eran dos personajes muy diferentes. Eduardo, el hermano, vive con una gran naturalidad, es simpático, conecta con la gente… ahí está lo que Ricardo envidia, la naturalidad que tiene en relacionarse. Muestro ya esa psicopatía con pequeñas pinceladas de su infancia. Estudié que desde la infancia se repiten episodios que muestran dificultades para adaptarse, relacionarse. Hay un vacío que intentan cubrir para construir una identidad. Ricardo construye una entelequia, un personaje, una obsesión cuyo centro es Blanca y en un momento dado le arrancan la máscara y tiene que desaparecer para volver a reconstruirse.

Los psicópatas no sienten empatía ni remordimiento, son manipuladores… se caracterizan por la ira y la rabia que sienten cuando las cosas no salen como las tienen planificadas. Además son gente muy manipuladora, seductora, capaz de fascinar a otros, y esa es la baza con la que juegan.

Me gustaba además la idea de seguir jugando con el cuento de hadas, con la figura del lobo.

Aterra pensar que hay gente así, pero tampoco puedes vivir con miedo.

En el relato influye muchísimo el entorno: esa red de túneles que describes, el torreón al más puro estilo de cuento de hadas… ¿Te has inspirado en algún lugar? 

Rómpete, corazón transcurre en San Lorenzo del Escorial. Yo soy madrileña, pero mis padres tienen una casa y todas mis vacaciones de infancia y juventud las he pasado ahí. Hay una leyenda que habla de las siete bocas del infierno, y una de ellas está ahí. Felipe II, cuando decide construir el monasterio, manda a un grupo de sacerdotes y astrólogos que investigan y le confirman que efectivamente la puerta está ahí. Aún así construye el monasterio para sellar la puerta. (podéis leer la leyenda aquí).

Es una leyenda con la que he crecido y que cuenta además que hay una serie de túneles que llevan a la boca del infierno. La utilicé para insertarla en el cuento de hadas que es la novela, así que mezclo el cuento de La bella durmiente con otros elementos para recrear un lugar misterioso. Además se crea una sensación de fatalismo al repetirse las historias a lo largo de la trama y al mezclarse realidad y fantasía.

Y para rizar el rizo, también se habla del espiritismo a través de una conocida de la familia, Estela, algo que toda la familia parece haber normalizado de alguna forma. 

Estela me encanta; se inspira en Miss Havisham, el personaje de Grandes Esperanzas de Dickens, una mujer varada en el tiempo. Toda la novela tiene una predisposición a la fantasía, al más allá, así que tiene encaje. El romanticismo como etapa literaria y estética me gusta mucho; de ahí también lo espeluznante, lo raro que está buscado en la novela. Por eso es una novela realista pero con muchos tintes.

Para resumir, podríamos decir que Rómpete, corazón es una novela complicada de definir. 

Sí. Yo he sido desde pequeña lectora de cuento de hadas pero también empecé a leer siendo joven Agatha Christie, Conan Doyle, Poe… Mi amor por la lectura me lleva a empezar a escribir y todo el poso que he recibido como lectora influye a la hora de escribir.

  • Título: Rómpete, corazón
  • Autor: Cristina López Barrio
  • Editorial: Planeta. Colección Autores españoles e iberoamericanos (puedes leer más información del libro aquí)
  • 304 páginas. 20,90 Euros (formato papel); 9,99 euros (formato digital)