Un futuro más próximo que lejano. Un edificio de cuarenta plantas y en cada planta un apartamento de lujo habitado por uno de los habitantes más ricos de la ciudad. El único acceso al exterior es a través del garage del sótano situado en la planta -1 donde Michel y Harry, dos vigilantes, se entregan con pasión y obsesión a la tarea de asegurarse de que esa entrada sea inexpugnable y los inquilinos estén seguros en todo momento. Duermen a turnos y no abandonan el garage en ningún momento. La organización se lo tiene prohibido. Un día algo sucede y todos los habitantes, a excepción de uno, abandonan el edificio. Aún así, los dos vigilantes, ajenos a la vida en el exterior, siguen firmes en sus objetivos. No pueden hablar con nadie, no pueden abandonar su puesto. Entoces empieza la verdadera historia: los víveres escasean, los sentidos empiezan a jugarles malas pasadas y la locura comienza a hacer mella en sus mentes.

A medida que la trama de El vigilante avanza, nos vemos sumergidos en una situación cada vez más agobiante y tensa, en una espiral de situaciones que nos llevan a pensar, llegados a un cierto punto, que todo lo que sucede en el libro es mentira. ¿Dónde está el límite entre lo real y la locura que emerge en la vida de los vigilantes, asfixiados por la soledad, la oscuridad y la falta de información?

Porque éste es, precisamente, el núcleo en torno al que gira la novela: nunca llegamos a saber qué ha ocurrido en el exterior del búnker para que todos los habitantes del edificio huyan de repente y dejen de llegar los aprovisionamientos que, periódicamente, abastecían a Harry y Michel de comida, agua y objetos de primera necesidad. ¿Una guerra? ¿Una invasión? ¿Una amenaza  tóxica? Preguntas que se suman a otras evidentes desde el primer capítulo: ¿por qué el edificio está construido como si se tratara de una fortaleza? ¿De qué hay que proteger a sus inquilinos, hasta el punto de que los vigilantes ofrecen sus servicios veinticuatro horas al día y siete días a la semana?

Peter Terrin nos ofrece una novela angustiosa, con la que fue galardonado con el Premio de literatura de la Unión Europea en 2010, un  galardón que pretende poner de relieve la creatividad y la riqueza de la literatura contemporánea de ficción europea, promover la circulación de las obras dentro del espacio de la Unión y fomentar un mayor interés en las obras literarias no nacionales. Podéis leer más información sobre los premios en su web (está en inglés y en francés).

La intensidad de la novela se ve reforzada por la narración en primera persona, y aún más por la redacción en frases muy cortas y directas, sin apenas disertaciones y con capítulos de poco más de una cara. Conocemos los hechos de boca de Michel y sin embargo tenemos la impresión de que es un mero altavoz al servicio de una voz mucho más autoritaria y dominante que la suya. Porque es Harry quien domina la situación, quien impone las normas, decide la disciplina y la ejecuta con el único fin de entrar en la élite de la organización, una sección de vigilantes de alto rango asignados a la vigilancia de fincas privadas, donde espera que sus condiciones de vida mejoren susceptiblemente.

A medida que avanza la historia el ritmo se acelera. En un primer tramo asistimos a la descripción de sus rutinas, sus rondas por el garaje, la limpieza de su ropa, cómo reparten la comida, el conteo de las balas en el almacén… Pero poco a poco irán tomando más importancia su obsesión por ascender, por ser vigilados por sus superiores y caer en un desliz imperdonable que les impida lograr su objetivo. Pero sobre todo, se abre camino el miedo. Un miedo absurdo que se apropia de todo. No se atreven a abrir la puerta del garaje y ver el exterior, ni a subir a los pisos de los inquilinos y preguntar qué ha pasado. Un miedo que les lleva a figurarse las hipótesis más extrañas deformándolas, adaptándolas a su estado de ánimo hasta arrastrarles a situaciones fuera de lógica.

El vigilante es una novela agobiante, desasosegante, que nos sume en una tensión al mostrarnos la degradación de la mente en condiciones extremas de aislamiento. Los vigilantes están sometidos a la desinformación, la falta de libertad, y la opresión, aspectos a los que se suma el hambre, la oscuridad y el aislamiento. Todo ello, sumado a algún pasaje fruto de la imaginación de Michel, nos lleva a preguntarnos si realmente hay dos vigilantes o sólo uno con la mente desdoblada, ya que Michel carece de voz casi hasta la última parte de la novela y se limita a repetir en su mente lo que Harry le va dictando; si ha sucedido algo en el exterior o no –aspecto que no se ve aclarado por un par de escenas ajenas a lo que sucede en el garaje, que introducen aún más confusión–.

El vigilante es, en resumen, una novela extraña, delirante pero cautivadora que engaña por su falta de profundidad aparente y nos envuelve en un manto muy oscuro.

Podéis ver una entrevista con el autor, a propósito del Premio Europeo de la literatura a continuación (en inglés):

Peter Terrin (Bélgica, 1968). Escritor, dramaturgo y columnnista. Debutó en 1998 con una colección de relatos titulada De code. Ha escrito entre otras las novelas Kras, Blanco, Vroumen en kinderen eerst y De bewaker, nominada al Premio de literatura Libris. También ha escrito la colección de relatos De bijeneters (2006) y la novela Post Morten, con la que ganó el premio ECI Literatuurprijs en 2012.

  • Título: El Vigilante
  • Autor: Peter Terrin (Traducción de María Rosich)
  • Editorial: Rayo Verde
  • 224 páginas. 18,00 Euros.

Puedes conseguir el libro clicando en la siguiente imagen:

el vigilante peter terrin