Aunque estamos ya en pleno febrero, no he olvidado cómo se escribe en este mi blog. Por diversas circunstancias el arranque es tardío en escritura, no así en lectura. Enero ha empezado con buen pie y  son seis las obras que han pasado, de principio a fin, por mis manos. Aunque no me he planteado —como sí hice el pasado año— unos objetivos concretos, más allá de intentar alcanzar las setenta lecturas, sí que me gustaría abarcar algunos libros que se centren, de forma más o menos directa, en el proceso de escritura y seguir descubriendo la obra de algunos de mis autores favoritos que muchos de los que leéis Relatos en construcción con asiduidad ya conocéis: Bunker, Ford y Foster Wallace entre otros, además de descubrir alguno nuevo que sumar a mi lista (ya hay alguno del que os hablaré con entusiasmo).

Para abrir apetito, un autor oriental. Admito que su presencia es más bien escasa en este blog, así que de vez en cuando trato de ponerle remedio. Sin tener en cuenta el género manga, me encuentro con que son tan solo tres los autores nipones que han pasado por esta bitácora en sus más de tres años y medio: Murakami, Inazo Nibote y Yasunari Kawabata. Ninguna de las tres obras me ha resultado excepcional, y pondría por encima de ellas la que traigo hoy: La presa, de Kenzaburo Oé.

Esta obra breve, brevísima —apenas supera el centenar de páginas— evoca los recuerdos de la juventud del autor. Durante la Segunda Guerra Mundial, un avión estadounidense se estrella en las proximidades de un pequeño núcleo rural en Japón. Es una zona aislada, no solo por las montañas que rodean el pueblo, sino también porque la temporada de lluvias ha dejado prácticamente impracticables los caminos que llevan a la ciudad más próxima. Los adultos del pueblo capturan al único superviviente, un soldado negro, y lo encierran para deleite de los niños, que experimentan por primera vez el contacto con un ser que les parece monstruoso, aterrador y fascinante al mismo tiempo.

Kenzaburo Oé (Oshe, 1935) es una de las voces más aclamadas de Japón y el segundo autor del país del sol naciente que ha recibido el Premio Nobel de Literatura, en el año 1994, gracias a “la fuerza poética con que ha creado un mundo imaginario, donde la vida y el mito se condensan en una imagen estremecedora de la situación del hombre en el mundo contemporáneo”. Hasta ese momento solo una de sus obras había sido traducida en España, Una cuestión personal, novela escrita en 1964 que tiene como impulsora el nacimiento de su hijo, discapacitado por una hidrocefalia y diagnosticado con autismo. No será esta su única obra que gire en torno a ese tema, como también lo harán Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura o El grito silencioso girarán, así como ¡Despertad, oh jóvenes de la nueva era!.

Nacido en la isla de Shikoku, al suroeste del país, Kenzaburo fue el tercer hijo de una familia samurai y pasó su infancia y parte de la adolescencia en un medio rural alejado de las grandes urbes. Además, la derrota de Japón en la II Guerra Mundial supuso para él una fuerte experiencia que también ha dejado reflejada en sus obras, como en La presa, la primera de sus novelas publicada en 1957.

La presa es un juego de contrastes bien delimitados: por una parte, entre la vida rural y la urbana, por la que Oé demuestra un gran desprecio. En cambio, dota de una singular poesía a la naturaleza, a la actividad lenta y rutinaria de los habitantes de un pueblo que, incluso aislado de todo y de todos se desenvuelve con facilidad, donde cada uno, incluso los niños, tiene su tarea asignada y la cumple con una mezcla de resignación y orgullo.

Por otro lado, hay una distinción entre el mundo infantil y el adulto, y el brusco paso de uno de los niños de uno al otro. Hay algo de doloroso en la forma en que se desenlaza la novela, pero al mismo  tiempo cabe suponer que abandonar la infancia tiene siempre algo de traumático, no es un paseo placentero y lo desencadena un hecho diferente para cada uno. En este caso, la semilla la implanta la aparición del soldado negro en el pueblo, un hombre que nadie quiere allí, quien tampoco quiere permanecer en una tierra extraña pero que, debido a la falta de decisión de las autoridades de la urbe, se ve obligado a convivir con aquellos con los que ni siquiera puede hacerse entender. Así representa el autor a toda una generación que envejeció prematuramente, enfrentados a una Guerra que supuso a un tiempo vergüenza y dolor.

Es el de Oé un juego de emociones que se tapan, se sustituyen unas a otras a través de la visión del protagonista: la emoción inicial por saber qué se ha estrellado en las montañas deja paso al miedo ante lo desconocido, de ahí a una cierta desconfianza que se subordina a la rutina diaria y que deja paso a la confianza que desencadenará el final. Y todo esto lo desarrolla con imágenes vívidas pero no en exceso descriptivas, con una habilidad en el uso de la palabra que ahorra parrafadas innecesarias y sin caer en sentencias filosóficas que se esconden entre página y página.

Como sucede con muchas historias cortas, en La presa podemos quedarnos con lo anecdótico o ahondar en el final de la infancia, en cómo llegamos a conocer, de verdad, lo que es la muerte —que no puede ser de otra forma que cuando nos toca de cerca— y en qué diferencia a un hombre de otro hombre, ya sea por raza o por origen.

Si quiero remarcar un aspecto que me ha desagradado de esta novela y que no tiene nada que ver con la prosa de Kenzaburo Oé. Se trata del prólogo de de Justo Navarro. Con casi diez páginas de extensión, no solo resume la práctica totalidad de la novela —deja en suspenso, y demos gracias por ello, el cierre de la novela—, sino que además se permite llevar a cabo un análisis de la misma, explicando el por qué tanto del estilo como del fondo de la narrativa de Oé. Una práctica que cada vez se extiende más y que no termino de comprender. Un prólogo debe poner en situación al lector, dejar la miel en los labios, usando una expresión común, pero no contar la totalidad de la historia y, muchísimo menos, indicar a quien lea la obra qué debe interpretar o sentir a lo largo de un proceso tan íntimo y subjetivo como es el de la lectura. Un texto que, como epílogo podría ser brillante —una vez que el lector ha sacado sus propias conclusiones y puede contrastarlas o mostrar su acuerdo o desacuerdo—, ensombrece e insulta la capacidad deductiva de quien puede sacar sus propias conclusiones.

  • Título: La presa
  • Autor: Kenzaburo Oé (traducción de Yoonah Kim con la colaboración de Joaquín Jordá)
  • Editorial: Anagrama (colección Panorama de narrativas, puedes ver más información aquí)
  • 120 páginas. 11,50 Euros (Edicion en papel)
  • Puedes comprarlo aquí:

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¿Qué opinión tienes de La presa, si lo has leído? ¿Te gusta la literatura oriental? ¿Y la literatura centrada en la segunda guerra mundial? ¿Te gustaría recomendarme algún otro autor? Tienes los comentarios a tu disposición. 

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