Hay algo de recelo y atracción en los libros que han sido etiquetados como transgresores. Por un lado, el lector no puede evitar acercarse a él, pasar con rapidez sus hojas en la librería, con disimulo para no ser mal visto por el librero, buscando un párrafo en concreto cuya localización desconoce que le confirme tal etiqueta. Es un fenómeno muy parecido al morbo al levantar el pie del acelerador cuando te topas con un accidente en la carretera, al mirar el plato del comensal de al lado en el restaurante para confirmar si su elección ha sido mejor que la tuya. Es, en suma la dualidad entre la curiosidad y el desprecio por uno mismo. Pero al tiempo el lector no puede dejar de preguntarse ¿es en realidad para tanto? ¿no resultará decepcionante creer que de verdad es este un libro obsceno, transgresor, controvertido, para después de leerlo llegar a la conclusión de que no era para tanto?

Porque la novela que hoy nos ocupa, Oso, de Marian Engel (Toronto, 1933 – 1985) ha sido etiquetada de esta y aún peores formas, a pesar de que contó con el respaldo de escritores coetáneos como Robertson Davies, Margaret Atwood, Timothy Findley, Margaret Laurence o la ganadora del Nobel de literatura en 2013, Alice Munro, y de que le valió ganar el premio Governor General’s Literary Award for Fiction en 1976, el más prestigioso de Canadá. Una novela concebida en un principio como un libro erótico, vulgar, necesaria para asegurar el sustento de sus hijos, se transformó en una obra delicada, hermosa y no carente de cierta controversia.

No: era el miedo. Era el miedo lo que vinculaba los dos episodios: el miedo y la huida.
Libro, libro. Cuando te pasen estas cosas, coge siempre un libro.

En Oso nos encontramos con Lou, una archivista en un instituto que a sus veintisiete años parece haber renunciado ya a la vida, sometida a una vida gris que cree merecer, encerrada en un cubículo con sus libros y sus mapas y el contacto sexual esporádico con el director del centro como única relación humana. Lou es enviada a una pequeña isla aislada en la región de Ontario para revisar la biblioteca que un coronel ha legado al instituto y descubrir si hay algún documento de valor para el centro. Cuando llegue allí se encontrará con un ambiente agreste, una casa de estilo colonial hermosa pero que no encaja en el territorio, y también descubrirá que no va a ser la única habitante de la isla, sino que junto con la propiedad ha heredado un oso viejo y dócil del que debe hacerse cargo y alimentar.

Lou regresó con una sensación ambivalente. Sentía que apartaba a un hombre de su esposa. Sentía que le ofrecía una especie de vacaciones. Se alegraba de que la esposa adoptase niños y se negase a manejar los surtidores de gasolina, pero le enojaba esa voz estridente y quejosa. Las pescaderas gritonas nos dan mala fama a todas, pensó.
Pescaderas y viudas de pescadores. Y todas empezamos queriendo ser sirenas.

Oso es una novela que gira en torno al redescubrimiento interior, a la vuelta a un estado primitivo en el que la protagonista logra reencontrarse y sentirse de nuevo libre y feliz consigo misma. Pero para llegar a ese punto, Lou se sumerge en una relación de amistad primero, sentimental después y de cariz sexual al final, con el plantígrado con el que cohabita en la isla. Y es precisamente este hecho el que marca la novela, el que la etiqueta, a pesar de que esta relación física, zoofílica, no marca el devenir de la historia pero sí la condiciona, al punto de que no podemos saber si, en ausencia de ella tendría la novela el mismo poder de atracción. En este punto es de agradecer la prosa sencilla y directa de Engel, que rechaza metáforas y ocultaciones, como sí ocurre por ejemplo en otras obras que tratan temas controvertidos, como es el caso de la homosexualidad en Alexis o el tratado del inútil combate, de Marguerite Yourcenar, si bien no es de recibo olvidar que ésta última se publicó casi medio siglo antes, requiriendo una mayor audacia por parte de su autora que se reflejó en un texto sembrado de omisiones y medias palabras. No es éste el caso. Marian Engel usa la palabra exacta para definir cada situación, cada imagen que se recrea con precisión en la mente del lector sin utilizar para ello ningún artificio.

En Oso uno de los temas recurrentes es la soledad. Partimos de la soledad aterradora de la protagonista que se nos muestra como alguien solitario, con una visión demoledora de sí misma, dispuesta a llegar a una relación consentida pero casi humillante con un hombre por lograr cierto contacto humano, fracasada en sus relaciones personales. Llegamos entonces a la isla, una pequeña superficie de tierra abandonada, también solitaria pero provista de una belleza sin igual para quien sepa apreciarla, donde los meses de invierno, que se extienden desde septiembre hasta bien entrado mayo, procuran un aislamiento no sólo físico sino también emocional, exigiendo de la población una superioridad emocional para hacer frente a la dureza del entorno. Y es ahí donde Lou se reconcilia con una soledad que es reflejo de su entorno, una soledad deseada, bien llevada, escogida de forma voluntaria, a la que se aferra para sanar. Lou tiene que huir de la rutina, de la ciudad, pero también tiene que aceptar el fracaso, el curso natural de las cosas para llegar a ese punto en que encuentra de nuevo la capacidad de amar y amarse y renace “limpia, sencilla y orgullosa”.

Uno de los aciertos de la autora es mostrarnos al oso como lo que es: un animal. Toda la carga emocional está del lado de la protagonista, mientras que el plantígrado se limita a dejarse llevar, sin que sepamos si es consciente o no de la situación. ¿Es una relación lo que estamos viendo? ¿O se trata tan sólo de una emoción unidireccional? Es imposible saberlo porque no hay forma de entrar en la mente del plantígrado que en ningún momento de la novela adquiere una dimensión humana. Lou nunca deja de ser consciente de que es un animal y de que no hay lugar para llevar la situación más allá del refugio que ofrece la isla.

Oso es una novela hermosa, pero no apta para cualquier lector, porque necesita ser leída sin ser juzgada, con una mente abierta dispuesta a aceptar lo que ahí se cuenta sin criticar de forma innecesaria. Sólo así se puede disfrutar de la belleza de la prosa de Engel.

  • Título: Oso
  • Autor: Marian Engel (traducción de Magdalena Palmer)
  • Editorial: Impedimenta (consulta aquí más información de la editorial)
  • 168 páginas. 20,95 Euros.

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