Aunque no son abundantes, hay ocasiones en las que detectas que un escritor será recurrente en tu historia lectora, hasta el punto de necesitar acumular con compulsión mal disimulada su obra publicada y dejarla en el montón de pendientes, deseando leer cada uno de esos libros y, sin embargo, intercalando otros para que el placer dure más tiempo, para que no se acabe en apenas días o meses la sensación de satisfacción al recorrer las páginas que ha escrito. Eso es lo que me ha pasado este año con Edward Bunker, hasta tal punto que he leído esta novela, No hay bestia tan feroz, apenas cinco meses después de su autobiografía La educación de un ladrón.

No hay bestia tan feroz
que no conozca algo de piedad
Ricardo III, Acto 1, Escena 2

Con esta frase de Shakespeare —pocas veces una cita resulta tan propicia al contenido de la novela que acompaña— comienza la historia de Max Dembo. Tras ocho años en prisión por tratar de cobrar cheques falsos, cumple la condena y sale con el firme propósito de dejar atrás una vida criminal de estafas, pequeños atracos y otros delitos que se han ido sumando hasta hacer de él un proscrito de la sociedad de bien, aunque sin embargo es reconocido y respetado en los bajos fondos. A pesar de sus intenciones, no tarda en emprender una fugaz carrera hacia el podio de los reyes del crimen.

No hay bestia tan feroz fue la primera novela que Bunker consiguió publicar en el año 1973. Antes escribió cientos de relatos y casi una decena de novelas que fueron rechazadas antes de dar con el tono adecuado para que un editor se arriesgara a publicar la obra de un hombre que llevaba dieciocho años en la prisión de forma mas o menos continuada.

Edward Bunker escribe de lo que conoce, así que para él conseguir que sus novelas sean veraces se limita a recuperar recuerdos de estafas, drogas, prostitución, asesinatos, asaltos o timos que, o bien ejecutó él mismo en algún momento, o bien algún otro preso le contó durante alguna de sus estancias en prisión. Es esta verosimilitud lo primero que engancha en su lectura: aunque tal vez haya ficcionado nombres, lugares o fechas, el lector no tiene dudas de que hay un poso de realidad en lo que cuenta, y eso hace de la historia algo más emocionante, vívido y, también, algo sobre lo que reflexionar.

Max Dembo no es el malo al uso, un personaje sin dobleces ni matices que se limita a expandir el mal allí por donde pasa. Uno de los puntos fuertes del personaje, que narra su historia en primera persona, es el sinfín de estados emocionales por los que transita: hay momentos de arrepentimiento, de recreación racional de su situación, de planificación, pero también de locura transitoria, de movimiento a impulsos no meditados, de reacciones automáticas después de años de condicionamiento criminal. De ahí lo acertado de la cita inicial: no hay hombre tan malo que no tenga una parte buena, en este caso un atisbo de un ciudadano capaz de integrarse en la sociedad. Es un canalla que genera cierta empatía, que permite al lector colocarse en su lugar y creerse capaz de actuar en la misma forma, pero la novela lo deja claro: esa vida está más cerca de la indigencia que de la opulencia, de la miseria que de la clase.

Me declaraba en guerra contra la sociedad, o quizá solamente renovaba mi contienda. Se había acabado la duda y la desazón. Me declaraba liberado de todas las normas, excepto de las que yo quería aceptar, y aquellas las cambiaría según mis deseos. Cogería todo lo que quisiera. Sería lo que ya era, un delincuente, pero de verdad.

A pesar de su extensión de más de cuatrocientas páginas, No hay bestia tan feroz se lee en un soplido porque, de nuevo, Bunker deja de lado banalidades para centrarse en la acción, acompañada de un nivel de detalle más certero aquí que en La educación de un ladrón, donde llegaba a ser excesivo en ocasiones y saturaba al lector.

En el fajín se incluye, entre otras, una frase del director y guionista Quentin Tarantino: «La mejor novela criminal en primera persona que jamás haya leído.». Aunque sea una afirmación exagerada, es cierto que a él le impactó, pues la primera escena del atraco en su cuasi ópera prima Reservoir Dogs calca con acierto el nivel de intensidad y ambiente de una de las escenas que tiene lugar en el último tercio del libro.

Los imbéciles creen que la verdad es algo sencillo, pero yo he descubierto que no es así. Los hechos que he descrito son reales, pero los hechos y la verdad son primos lejanos, no hermanos de sangre. En lugar de reflejar la verdad, le he dado forma racional. Estando solo, leyendo vorazmente y escribiendo estas memorias, he pensado mucho y creo que aquellos que piensan siempre piensan en último término sobre su propia muerte, aunque los pensamientos que emerjan a la superficie sean otros.

Bunker acierta de nuevo en No hay bestia tan feroz retratando una mente compleja, llena de recursos y apasionada, arrastrada por las circunstancias pero reclamando para sí algo de autonomía, irrecuperable o imposible, y deja con ganas de seguir leyendo el resto de su obra, poco a poco, pero sin descanso.

  • Título: No hay bestia tan feroz
  • Autor: Edward Bunker (traducción de Laura Sales Gutiérrez)
  • Editorial: Sajalín (podéis encontrar algo más de información aquí y leer un extracto del libro aquí)
  • 416 páginas. 22,00 Euros (Edicion en papel)
  • Puedes comprarlo aquí:

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