Me llega la novela Los perales tienen la flor blanca gracias a su editorial, Rayo Verde, que ha tenido la amabilidad de ofrecerme un ejemplar, algo que he aceptado sin pensármelo demasiado –y sin mirar con detenimiento el argumento, también hay que decirlo, de lo contrario tal vez hubiera dudado—. No lo he pensado porque este mismo año he tenido la oportunidad de leer El vigilante, editado por la misma casa, novela que me ha resultado un descubrimiento.

Gerard es de dormir, especialmente en momentos difíciles. Otras personas hablan, lloran, o a lo mejor gritan o sueltan tacos; Gerard se acuesta. Cuando duermes, desapareces, no te das cuenta de nada.

Los gemelos Klaas y Kees y su hermano pequeño, Gerson, se entretienen con un inquietante juego llamado Negro en la casa rural en la que viven con su padre, Gerard, después de que su madre les abandonara. Consiste en decidir un lugar objetivo y dirigirse a él con los ojos cerrados. Quien llega primero, gana. Este sencillo divertimento es el preámbulo inocente que llevará a una situación cruel e irónica: la familia sufrirá un accidente de coche en el que Gerson quedará ciego. Negro se transforma en parte de su existencia.

Los perales tienen la flor blanca es la última obra editada del neerlandés Gerbrand Bakker (Wieringerwaar, 1962), si bien no es su historia más reciente, puesto que fue escrita hace más de dieciséis años pensada para un público juvenil y, tras el éxito de novelas posteriores, reescrita para abarcar una horquilla mayor de edades. Traducido a más de veinte idiomas, este escritor, jardinero y profesor de skate ha ganado, entre otros, el Premio Literario Internacional IMPAC de Dublín en 2010 por su novela Boven is het stil (Todo está tranquilo arriba en castellano).

Leer Los perales tienen la flor blanca invita a cierta confusión: la dureza de los hechos que se cuentan contrasta de forma tan exagerada con el tono narrativo, que guarda a su vez cierta semejanza con los libros infantiles que todos leímos de pequeños, que el lector se siente obligado a vagar entre uno u otro sentimiento, entre dejarse llevar por el dolor o mostrar entereza ante lo que está sucediendo, entre asumir que no es más que una novela de ficción o sumergirse en su verosimilitud y temer por la vida de los suyos, por su propia vida, tan sometidas a los designios de los demás o del destino.

Hay además un desconcertante cambio en las voces que guían la narración: mientras la primera parte de la novela se narra en tercera persona en los diálogos, pero en primera de plural en los párrafos narrativos —se entiende que desde el punto de vista de uno, o incluso de los dos hermanos gemelos—, a medio texto entra en cursiva la voz interior de Gerson, su autodescubrimiento sobre su situación, similar, aunque no tan dramática, como la de Johnny empuñó su fusil. Y ya, llegados casi al final, entra el personaje menos esperado, el fiel perro mascota del niño. Resulta curioso pues que sólo se reflejen las voces más infantiles o menos desarrolladas, y que queden fuera del relato las adultas, la del padre, el enfermero, los abuelos paternos… que vistos con los ojos de los niños carecen de la profundidad esperable.

Con respecto a la edición digital, que es la que he podido leer, hay alguna errata —debido sin duda a lo confuso de los nombres de padre e hijo pequeño, tan similares— y también alguna letra perdida o separada del resto de la palabra. Desconozco el motivo, pero tal vez se deba al paso de la maquetación para la edición impresa a la maquetación para digital. No son cuestiones de gravedad, pero sí subsanables, porque esas pequeñas erratas son las que distraen de disfrutar de esta estupenda novela.

—Vale —dijimos nosotros, porque el día siguiente era domingo, y el domingo es un día en el que hay que hacer cosas, porque si un domingo no haces nada, es un día horrible, un día sin acontecimientos que se acaba con fútbol en la tele.

Enfrentarse a Los perales tienen la flor blanca es, en resumen, hacer frente a un trampantojo: una narración infantil que esconde bajo su amable máscara la tragedia sin remedio, un final desolador que se abre a dos posibles opciones de las cuales, el lector, escogerá sin duda la menos terrible, la del accidente, porque plantearse la otra resulta desolador. Pero la novela está narrada con tal sensiblidad, sin el repulsivo de quien trata de hurgar en el dolor ajeno, limitándose a exponer lo que sucede con una sobria calma, que aceptará de buen grado el dolor que se le viene encima.

Gerbrand Bakker tiene también editadas en Rayo Verde las novelas T

odo está tranquilo, ganadora, entre otros, del premio Llibreter 2012, y Diez gansos blancos, obras ambas a las que habrá que echar un detenido vistazo.

  • Título: Los perales tienen la flor blanca
  • Autor: Gerbrand Bakker (traducción de Maria Rosich)
  • Editorial: Rayo Verde (consulta aquí más información de la editorial). Puedes leer un extracto del libro aquí.
  • 160 páginas. 16,00 Euros. (disponible en Ebook, a 8,50 Euros)

¿Has leído esta novela? ¿O alguna otra obra de Genbrand Bakker? Recuerda que tienes a tu disposición los comentarios para cualquier cosa que quieras aportar.

Si quieres leer esta novela, puedes conseguirla en el siguiente enlace:

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