Ante la imposibilidad de haber leído todos los autores “de obligada lectura”, confieso que sólo conocía a Henry James (Nueva York, 1843 – Londres, 1916) de oídas y que Los papeles de Aspern ha sido mi primer acercamiento a este escritor y crítico literario que se interesó en especial por el acercamiento psicológico a sus personajes y que fue conocido, sobre todo, por Retratos de una dama (1881) y Otra vuelta de tuerca (1898), aunque entre sus obras se cuentan Roderick Hudson (1876), El americano (1877), Daisy Miller (1879), Las alas de la paloma (1902), Los embajadores (1903) y La copa dorada (1904). Por suerte la editorial Navona ha editado su breve novela Los papeles de Aspern (1888) dentro de su colección Los ineludibles, de la que también forma parte El nadador en el mar secreto, de William Kotzwinkle, de la que ya os hablé hace un tiempo. En esta ocasión es el amarillo canario, muy potente, el que, de nuevo en la tapa dura forrada en tela característica de esta colección, rescata del olvido la novela del escritor americano nacionalizado británico casi al final de su vida.

Los papeles de Aspern nos trae una historia muy sencilla, hasta simple en su planteamiento que, sin embargo, va ganando en brillantez a medida que se avanza en la lectura de sus páginas. Un crítico literario, cuyo nombre nunca se menciona, decide instalarse en el palazzo veneciano de la señora Juliana  Bordereau, una mujer anciana, de origen americano, que en su juventud mantuvo una relación con el poeta Jeffrey Aspern y que, supuestamente, guarda desde entonces unos papeles —correspondencia, cartas de amor…— que el crítico desea con todas sus fuerzas. En la casa vive además la sobrina de Juliana, Tita, casi una reclusa cuya única aspiración parece ser cuidar de su tía.

Como he comentado, el argumento no reviste demasiada complejidad pero, como es frecuente en James, el deseo del escritor parece ser adentrarse en la psicología de cada uno de los personajes de este curioso triángulo: el protagonista es un hombre avaro, codicioso, que trata de engañar a los demás e incluso a si mismo con la máscara de una supuesta caballerosidad y corrección en las formas, pero que no consigue ocultar que está dispuesto a cualquier cosa para conseguir su propósito. Es el suyo un juego de seducción en el que despliega un torpe conocimiento de la mente femenina que él cree que domina. Es, frente a las dos mujeres, el papel dominante, más activo y también más volátil, el que muestra más variaciones a lo largo de esta breve novela.

Juliana es por otra parte una mujer muy mayor que ha decidido, próximo el fin de su vida, recluirse en su casa sin recibir a nadie y exhala una enorme desconfianza hacia todo el mundo. Se intuye que fue hermosa y que aún es vanidosa a pesar de su edad. Su sobrina, Tina, una mujer inocente hasta  la  absurdez, se cree cortejada por el crítico y nunca ha tenido la necesidad de preocuparse de nada más allá de hacer compañía a su tía. Sus reacciones son más propias de una niña pequeña que de una mujer madura, aunque sorprende con momentos de extrema lucidez.

Este triángulo se situa en Venecia en los calurosos y sofocantes meses de verano, una Venecia que, contrariamente a lo que cabría esperar, apenas deslumbra y que se describe como una cuidad sudorosa y decadente que se aprecia con claridad desde los canales como si de un palco se tratara donde lo que sucede en las orillas fuera una obra de teatro en curso. Venecia está siempre presente, pero no es protagonista, aunque su imagen soleada contrasta con fuerza y sirve de contrapunto a la mansión poco cuidada y oscura donde viven los protagonistas y donde se desarrolla en su mayor parte la acción, hasta tal punto que resulta sencillo visualizar en la mente una representación teatral o cinematográfica de los sucesos que van teniendo lugar.

La introducción a la novela, aunque breve y capaz de entrar en situación con rapidez, no está exenta de cierta frialdad y falta de interés en general, por culpa de un lenguaje sobrecargado, muy florido y de tintes en exceso románticos. Pero poco a poco la atmósfera creada por James se abre paso y genera una inquietud, un deseo de conocer si los papeles de Aspern existen o no, si Juliana se los dará al crítico por propia voluntad o si este tendrá que recurrir a algún ardid para conseguirlos. No es una obra que se caracterice por una fuerte tensión, pero si la suficiente para mantener la atención y que se va incrementando a medida que la acción se acelera, lo que coincide con una reducción de los espacios de tiempo en que se desarrolla.

El aspecto más destacado son las conversaciones entre los personajes, diálogos llenos de segundos significados más allá del texto que dejan al descubierto las intenciones del hombre y las mujeres y que rompen con la imagen preconcebida de ellos que nos ofrece el narrador, incapaz desde su posición de penetrar más allá de lo superfluo y necesitado de las palabras de sus protagonistas para poder transmitir una imagen más exacta, más humana, menos idealizada y más cercana a la inmundicia de la avaricia, la envidia, el miedo o el odio. No siempre son diálogos claros, a veces son frases que rozan el absudo, incluso para el lector, pero eso les da una credibilidad que añade más interés a la novela.

Con Los papeles de Aspern, Henry James ha conseguido captar mi atención y plantar la semilla de la curiosidad para seguir buceando en su obra. Es una novela corta, se lee en apenas un par de horas y os trasladará a un tiempo donde el honor aún hacía acto de presencia en la sociedad y donde las inquinas se refugiaban en pasillos faltos de iluminación.

  • Título: Los papeles de Aspen
  • Autor: Henry James (traducción de José María Valverde)
  • Editorial: Navona (consulta aquí más información de la editorial)
  • 184 páginas. 14,00 Euros.

¿Has leído esta novela? Como ha sido mi primera aproximación a Henry James ¿Qué otras novelas suyas me recomendarías? Recuerda que tienes a tu disposición los comentarios. 

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