Llega el verano, se asoma a la puerta y ya parece que el thriller y las novelas de suspense empiezan a campar a sus anchas por el panorama literario. Buen ejemplo de ello es La sospecha, la última novela de la periodista retirada Fiona Barton (Cambride 1957). Con esta historia sigue la línea de sus dos trabajos anteriores: La viuda —publicada en más de treinta y cinco países— y La madre. Las tres novelas comparten protagonista: la periodista Kate Waters y una exploración de la maternidad.

La sospecha parte de la noticia de dos jóvenes británicas desaparecidas durante su año sabático en Tailanda. Entre los medios que la cubren está el de Kate Waters, veterana de la redacción que quiere ser la primera en ofrecer la primicia. Sin embargo, pronto descubre que su hijo, quien se marchó de casa unos dos años antes, podría estar implicado.

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Fiona Barton
(Fotografía: Jenny Lewis)

La sospecha: La maternidad más allá de la adolescencia y la tecnología

La maternidad es el tema central de La sospecha, clave también en sus novelas anteriores pero no tan desarrollado como en esta. Kate Waters cambia su rol principal de periodista a madre. Cambian sus prioridades y sus circunstancias así como la forma en que los demás la ven.

Más que una obsesión con la maternidad es una fascinación. Soy madre, abuela y estoy interesada en las dinámicas familiares entre maridos y esposas, madres e hijas… y ahora en La sospecha cobra protagonismo la relación entre madres e hijos adultos. Reflexiono sobre cómo las madres aún sentimos el miedo, la necesidad de proteger a nuestros hijos ya adultos, en sus veintitantos. Yo todavía lo siento con un hijo de treinta y cinco años y una hija de treinta y tres. 

Otro aspecto que llama la atención es la presencia continua de las redes sociales como elemento dinamizador de la novela, pero de formas encontradas. En los adultos la relación es principalmente mediante llamadas telefónicas, mientras que los protagonistas más jóvenes hacen uso de las redes sociales —en muchos casos ofreciendo una falsa visión de la realidad, más positiva, más encaminada a generar envidias o a ofrecer una sensación de felicidad– o de los correos electrónicos como vía de comunicación.

Sí, incido algo en ello, pero también en los malentendidos entre generaciones. Los hijos, los maridos que creemos conocer, en realidad no lo hacemos porque todos nosotros tenemos secretos, es parte de la condición humana tener algo que es solo nuestro, algo que solo nosotros conocemos, algo que puede ser pequeño o grande.

La sospecha se basa en buena parte, crea la tensión a partir de esa situación en la que los padres crean expectativas para sus hijos, se forman una idea de cómo son y esa imagen acaba golpeando con la realidad.

Sí. Un padre tiene deseos, expectativas… ante todo quiere que su hijo sea feliz. Pero algunos padres están tan obsesionados en lo que quieren para sus hijos, en el éxito que esperan para ellos, que relacionan ambos conceptos: felicidad y éxito. Kate tiene grandes ambiciones para su hijo y se siente decepcionada cuando se va a Tailandia para buscar su propio camino.

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Fiona Barton en la presentación en prensa de La sospecha en Bilbao el pasado 7 de junio

La tecnología, contrariamente a lo que cabría esperar, no es un elemento que alivie la tensión al facilitar la comunicación a nivel global, sino que actúa como un nuevo estímulo para el estrés y la tensión.

Es horrible para un padre dejar ir a sus hijos. No importa su edad, quieres estar ahí con ellos. Cuando mi hijo fue a Vietnam en su año sabático, no había redes sociales, no había teléfonos móviles, llamar a casa resultaba muy costoso.. podían pasar semanas sin tener noticias suyas. Fue una época muy dura para mi marido y para mí. He volcado ese miedo en La sospecha. En la novela nada cambia a pesar de la tecnología, la experiencia de las madres es idéntica. 

Tailandia como elemento exótico

Buena parte de la acción de la novela tiene lugar en Tailandia, un país que a muchos nos resultara ajeno, como ajena es también la experiencia del año sabático que identificamos tal vez más con la cultura estadounidense que con la británica. Tailandia es en La sospecha un rincón abandonado donde los vicios corren parejos a la juventud de los estudiantes que ahí encuentran vía libre para sus deseos lejos de la presión y las obligaciones.

Elegí Tailandia porque es un punto de partida habitual para muchos viajeros jóvenes que viajan al sudeste de Asia. Lo usan como base para luego saltar y desplazarse a otros países como Birmania o Camboya. Es un país barato. He hablado con gente joven que me dice que puedes ser lo que quieras y hacer lo que quieras, hay mucha libertad. Las leyes son restrictivas y duras pero hay una permisividad que los jóvenes adoran. Puedes conseguir alcohol y drogas con facilidad, es muy atractivo, aunque no significa que todos los jóvenes hagan uso de ello. Hay discotecas, playas paradisíacas… es una suerte de paraíso. Pero eso no la exime de peligros.

No había estado nunca en Bangkok antes de la redacción de la novela pero sí en la zona. Hablé con turistas, con periodistas que me explicaron la situación y me pusieron sobre alerta de los timos habituales en la zona. Me dediqué a escuchar y observar. Encontré un hostal muy similar al que describo en la novela, donde pasar la noche costaba tres euros, pero me negué a ello visto el estado de las habitaciones. 

El periodismo como segundo tema a explorar

En La sospecha la labor del periodista choca en muchos momentos con la de la polícia. Hay periodistas veteranos, acostumbrados a tratar a la gente y sonsacarla, otros más jóvenes adaptados a las búsquedas de información en redes sociales, unos más  amarillistas deseando el titular morboso, otros más profesionales… La novela muestra una profesión en eterno conflicto consigo misma.

Uso a Kate para explorar cómo el periodismo está cambiando. Dejé el periodismo en 2008 y me trasladé a Sri Lanka para formar a una nueva hornada de profesionales de todo el mundo y vi lo increíbles que pueden ser, las plataformas a las que tienen acceso, cómo pueden interactuar con la gente, pero también veo que dejamos de pensar en el contenido y damos prioridad a la inmediatez a la hora de publicar.

Una ambiciosa novela de verano con defectos en forma

La novela adolece de bastantes problemas en la forma. Se estructura en torno a tres voces en tres momentos temporales diferentes. Por un lado la estudiante Álex: desaparece como objeto activo de la narración tras su muerte y pone en duda la utilidad de su personaje, más aún cuando sus aportaciones a través de correos electrónicos podrían haber sido parte de la investigación de la periodista. En segundo lugar Kate Waters, auténtico foco de la novela. Por último Leslie, la madre de Álex que junto con Jenny, la madre de la otra joven, tienen un desarrollo de personajes irregulares y poco cerrados. Su historia, que podría llegar a ser tanto o más interesante que la de Kate se desdibuja a medida que las páginas avanzan.

El segundo problema es el uso indistinto de voces en pasado o en presente sin una justificación clara y que lleva a la confusión. Y el tercer gran defecto de La sospecha es la longitud: excesiva a todas luces porque hay constantes repeticiones de hechos al tener que ofrecer los tres puntos de vista.

Como curiosidad, uno de los nombres de los personajes, el de la periodista Louise viene de una persona que pagó para que su nombre apareciera en el libro y el dinero se destinó a organizaciones sin ánimo de lucro.

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  • Título: La sospecha
  • Autor: Fiona Barton (traducción: Albert Fuentes Sánchez)
  • Editorial: Planeta (puedes encontrar más información sobre el libro aquí)
  • 600 páginas. 19,50 Euros (formato papel); 12,99 euros (edición digital)