Adopta una autora

La plenitud de la vida es un nuevo volumen que se suma a esta colección de obras de la estadounidense Edith Wharton que, poco a poco, voy sumando en Relatos en construcción. Quienes me leéis con cierta asiduidad ya sabéis que es mi autora fetiche —y que aún no he leído La edad de la inocencia; lo estoy dejando para el final, con el consabido riesgo de que me decepcione después de la dilatada espera—.

Para quienes no conozcáis el proyecto «Adopta una autora» que surgió hace un par de años en redes o queráis conocer por qué me uní a él os recomiendo leer la primera entrada: Adopta una autora.

Como siempre, empiezo con una breve nota biográfica de la autora.

La obsesión por casar a Edith

La madre de Edith Wharton, Lucretia Jones, estaba preocupada por un tema que consideraba de gran importancia: ¿Qué se puede hacer con una joven con un apetito equivocado por la lectura y la aspiración aún menos saludable de escribir libros? La solución era evidente: casarla.

Tanto su familia como la alta sociedad de Nueva York parecían conspirar para lograr este objetivo. Se la obligó a debutar o presentarse en sociedad un año antes de lo acostumbrado y sus hermanos llevaban amigos a la casa familiar con la esperanza de que surgiera la chispa. Edith era consciente de la presión a la que estaba sometida y se preguntaba si no sería tan malo ceder y comportarse como el resto de mujeres acomodadas a su alrededor: ocupándose en exclusiva de la crianza de los hijos y acudiendo a compromisos sociales.

En 1883 se prometió a Edward Robbins «Teddy» Wharton. Era un hombre doce años mayor que ella, amable y respetable, que a los treinta y tres años aún vivía con su madre y no tenía trabajo conocido mas allá de gestionar el patrimonio familiar. Aficionado al deporte, pescar, viajar… no era conocido por sus aspiraciones intelectuales. Eso hacía prever que la relación entre ambos no iba a funcionar. El padre de Teddy había sido ingresado en un centro mental con el diagnóstico de «melancolía» —a día de hoy sería depresión o trastorno bipolar—. La madre de Edith estaba preocupada pero los médicos le aseguraron que no se trataba de un trastorno hereditario.

Teddy Wharton, Edward Robbins Wharton,

Edward Robbins «Teddy» Wharton

Finalmente se casaron en 1885, cuando Edith tenía veintitrés años. Se sabe poco de las dificultades que debió sufrir durante las primeras semanas de matrimonio. Su ausentismo emocional y la falta de conocimiento de cualquier aspecto relacionado con las relaciones sexuales y el género masculino, sumados a la conocida insensibilidad de Teddy, hacen suponer que no fue un comienzo fácil. Más adelante escribiría que no fue hasta mediada su cuarentena cuando descubrió la plenitud de un amor físico en brazos del periodista Morton Fullerton.

Un matrimonio destinado al fracaso

Edith esperaba al menos poder aislarse de su familia, pero nada más lejos de la realidad: la pareja se trasladó a una vivienda en la misma calle que la de su madre. El matrimonio le obligó además a renunciar a todo lo que era importante para ella: su intimidad física, compañía intelectual y, sobre todo, la escritura. A pesar de intentar sobrellevarlo como se esperaba de ella, su salud se resintió y acusaba migrañas, asma, desórdenes alimentarios y claustrofobia. Ella misma lo describiría años más tarde como un periodo de continuas nauseas y fatiga.

Su solución fue la escritura. En 1889 publicó dos poemas y pronto sus relatos comenzaron a llamar la atención de lectores y editores entusiasmados por poder publicar su obra. Muchas de las mujeres de sus obras eran retratadas como prisioneras en el matrimonio, sugiriendo que Wharton estaba volcando su propia situación y sus reflexiones en la literatura. Además comenzó a cultivar otros intereses, como la jardinería y la decoración, y en sus viajes a París empezó a frecuentar compañías de mayor nivel intelectual, entre las que su marido Teddy se sentía incómodo y desplazado.

En 1905 se mudaron a The Mount, una casa rural en Massachusetts. Por primera vez Edith se sintió en un hogar. Pero entonces empezaron a manifestarse los problemas mentales de Teddy: enfados injustificados, depresiones y colapsos emocionales. Teddy nunca encontró su lugar en la pareja y se alejó de ella cada vez más. A pesar de que admiraba a su mujer por sus éxitos literarios, se cree que nunca leyó uno solo de sus textos. Además, el éxito literario de sus mujer supuso que él dependiera económicamente de ella, algo que se le hizo muy cuesta arriba. A pesar de todo, su matrimonio duró veintiocho años.

La plenitud de la vida, un relato del más allá

Pero yo a veces he pensado que la naturaleza de la mujer es como una casa grande llena de habitaciones: el vestíbulo, por el que pasan todos al entrar y al salir; el salón, donde se recibe a las visitas formales; la sala de estar, en la que los miembros de la familia van y vienen a su antojo; pero además de eso, mucho más allá, hay otras habitaciones, las manillas de cuyas puertas quizá no se giren nunca; nadie sabe el camino hasta ellas, nadie sabe adónde dan; y en la habitación más recóndita, en el sanctasanctórum, el alma se sienta sola y aguarda los pasos que nunca llegan.

La plenitud de la vida es un relato que, a pesar de su tono realista, también podría encajar dentro de la categoría de historias de fantasmas. Una mujer fallece y se presenta ante el Espíritu de la vida. Hablando con él, revela que nunca ha vivido la vida con plenitud, que nunca ha podido hacer lo que ella quería. La conversación se deriva hacia su matrimonio, del que solo parece recordar lo malo, las manías de su esposo, su falta de cultura frente a los intereses de ella.

El espíritu le ofrece lo que no ha creído tener en vida: la oportunidad de pasar la eternidad junto con un alma afín a la suya, una media naranja. Las dudas la inundan: ¿es mejor malo conocido? ¿Eran en realidad ella y su pareja tan incompatibles?

La plenitud de la vida es uno de los numerosos textos de Wharton puestos  al servicio de analizar el papel de la mujer dentro del matrimonio. Habla del equilibrio entre el amor y el cariño, del respeto mutuo o de los intereses comunes. El final no dejará indiferente a nadie e invita a reflexionar sobre nuestras elecciones personales en cuestión de parejas y sobre las opciones irracionales.

Almas rezagadas y la presión del medio social

Él la miró con desaliento. Nada desconcierta más a un hombre que el proceso mental de una mujer que razona sus emociones.

Almas rezagadas podría ser la cara opuesta de la moneda que ofrecía La plenitud de la vida pero también se centra, aunque no en exclusiva, en el matrimonio.

Lydia, la protagonista, ha abandonado a su marido para huir con su amante. Aunque esto parece una mancha social, en realidad no lo es tanto hasta el momento en que le llega la sentencia de divorcio. Es entonces cuando debe plantearse una decisión crucial: seguir con la persona que ama tal y como han vivido hasta ese momento casarse en segundas nupcias con su amante para acallar el qué dirán y volver al redil de un entorno social lleno de imposiciones y correcciones del que había decidido huir.

Almas rezadas también nos habla de la obligación de escoger entre lo que garantiza la libertad individual de la mujer y lo que «le corresponde» en el seno de su clase social. Es un relato que habla de la presión, del terror que siente la protagonista que lucha a la desesperada por mantener un mínimo de autoridad sobre las decisiones que gobiernan su vida. Una lucha en la que se enfrenta incluso a su amante, incapaz de asimilar la compleja cadena de pensamientos que, como siempre, Wharton se encarga de sacar a luz.

Almas rezagadas es un relato brillante en fondo y en forma y una prueba más de la maestría de Wharton desarrollando sobre el papel la psique de la mujer.

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  • Título: La plenitud de la vida seguida de Almas rezagadas
  • Autor: Edith Wharton (traducción de Ángela Pérez)
  • Editorial: José J. de Olañeta, editor (puedes leer más información del libro aquí)
  • 170 páginas. 10,00 Euros (formato papel).

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