.La casa del padre fue la última novela que leí en 2019. El último día justo antes de la cena de Nochevieja, para ser más precisos. La leí del tirón —algo que no me había sucedido en el último par de meses— y anotando cita tras cita en mi cuaderno. Algo tiene la novela que me ha atraído: tal vez un marcado tono vasco en la expresión que deja claro que, aunque pensemos que no, todos tenemos un matiz en el habla que denota de donde venimos. Tal vez ese decorado de fondo de industrias en declive que acompañan relaciones que penden de un hilo.

Pero diría que lo que más me ha gustado de La casa del padre es ese contraste entre sutileza y dura exposición con el que aborda el cambiante rol de género femenino en nuestra sociedad y los sentimientos que provoca en las mujeres pero, sobre todo, en los hombres.

Porque La casa del padre, escrito a tres voces —la de Iñigo y su mujer, Jaione, y la de Libe, la hermana del primero— deja caer buena parte del peso narrativo en él, en cómo un hombre descubre que los roles que le han implantado se resquebrajan o no tienen razón de ser en el momento actual. Y en combinación con esto surge de entre las páginas una novela que está  muy relacionada con la literatura, con el proceso de escritura, con el género también aferrado a sus páginas.

Parte la novela de una situación en la que Iñigo se encuentra bloqueado y presionado por su editor para que entregue su siguiente novela, mientras que Jaione abandonó hace mucho su sueño de escribir, como otras tantas cosas, cegada por sus obligaciones para con su marido y sus hijas. Desde ahí se irán desentrañando los pensamientos, las reflexiones y, sobre todo, los cambios que ambos intuyen necesarios.

El pasado miércoles tuve la oportunidad de charlar unos minutos con su autora, Karmele Jaio, sobre mis impresiones en torno a la novela.

Escribo con muchas preguntas en la cabeza 

No creo que el tema de La casa del padre sea la escritura, pero resulta llamativo —y he extraído varias citas relacionadas con ello— que la literatura planee sobre todo el texto desde distintos ángulos: se trata el bloqueo del escritor, se habla de la escritura como un proceso terapeútico, se plantea el clásico dilema de escribir sobre lo que se sabe o sobre lo que no se sabe… En tu caso, ¿ha sido lo primero o lo segundo? 

De lo que no sé. Escribo con muchas preguntas en la cabeza. No soy el tipo de escritor que empieza cuando tiene todo muy claro en su cabeza, sino que empiezo a escribir precisamente para descubrir qué es lo que quiero contar. Siempre es para descubrir algo, porque sé que van a surgir cosas que no aparecen de otra forma, solo se materializan a través de la escritura.

La novela sí hace una reflexión sobre la escritura en dos planos: por un lado la reflexión sobre hombres y mujeres en la escritura, el por qué las mujeres renuncian, quién da el prestigio, quién decide qué temas son importantes, qué es de calidad y qué no… y por otro lado hay una reflexión sobre la escritura como vía para que aparezcan lo que en la novela llamo «palabras de plomo», las verdades. No las verdades que te han ocurrido como persona en la vida, sino las que no aparecen de otra manera en contraposición con las palabras «de bisutería», sin peso, que están ahí en el día a día.

Sí se hace esa reflexión sobre la capacidad de un proceso creativo de sacar a la luz cosas que de otra forma no salen. Por eso hay un momento en la novela en que los dos protagonistas se miran sin conseguir hablar ni decirse nada.

También sobrevuela la idea de que el hombre escribe «desde afuera», intentando abarcar temas más globales o de mayor alcance, mientras que la mujer escribe desde «el yo», tratando cuestiones más pequeñas, no necesariamente menos universales, pero sí más íntimas. ¿Están los planteamientos tan fragmentados como para que tengamos que escuchar constantemente el término «literatura de mujeres»? 

Creo que lo que comentas es consecuencia de la posición de hombres y mujeres en la sociedad durante tanto tiempo: el hombre en un plano público y la mujer en el ámbito de lo privado. Para mí lo importante, más que hablen de una u otra cosa, es el por qué o quién decide que esa historia pequeña es más o menos importante que esa «gran historia», quién da peso o prestigio al tema o a la forma de escribir.

El libro en general plantea más preguntas que respuestas porque yo también tengo más preguntas que respuestas.

karmele jaio

Karmele Jaio
Fotografía: Jon Hernáez

Creo que las mujeres han avanzado gracias, en buena medida, a los instrumentos que nos ha facilitado el feminismo 

De los dos personajes, Jaione e Ismael, da la impresión de que ella está en un momento de autodescubrimento o de comenzar una etapa de desarrollo, mientras que él parece más estancado, más perdido y sin esa vocación de avanzar hacia otro punto. ¿Es así?

Bueno, él empieza a encontrarse al final. Ella está en un plano más avanzado de reflexión sobre el lugar que ocupa en el mundo y cuál es su papel y creo que eso es un reflejo de la sociedad en general, donde las mujeres hemos hecho un camino gracias, en buena medida, a los instrumentos que nos ha facilitado el feminismo para pensar, para reflexionar, para ver qué roles estamos cumpliendo… Quizás los hombres aún no han sentido la necesidad de hacer esa reflexión, cuando están en un lugar más cómodo, más privilegiado. Eso se refleja en el libro. Jaione tiene un camino hecho pero aún le queda por recorrer.

Pero frente a Jaione está Libe, que hace una especie de camino inverso. Se supone que está en esa posición que reivindica el feminismo pero tampoco se siente cómoda ahí.

En todos los personajes he hecho un esfuerzo por mostrar sus contradicciones, porque lo que aparentamos ser y lo que somos en realidad nunca coinciden, como en este caso, y porque las contradicciones le dan un volumen al personaje, una credibilidad, que no se encuentra de otra manera.

En el caso de Libe hace ese camino inverso. Es el modelo a seguir desde el punto de vista de Jaione, es transgresora, ha hecho lo que ha querido… pero Libe lo ve como una huida constante, es consciente de que también está sujeta a esos mandatos de género que están ahí, en el aire. He querido mostrar esos dos caminos.

Por muy liberada que Libe está, siempre queda esa atadura de rol. Como en el momento en que su madre enferma y siente la obligación de correr a coger un avión y cumplir con su papel de cuidadora, a pesar de que su hermano Iñigo vive en la misma ciudad. 

Ahí es donde ves qué importante es tener consciencia de los roles. Pero incluso cuando sabes la teoría, sabes que esto sucede por imposición, es tan fuerte lo que tenemos aprendido desde pequeñas, aquello que se espera de nosotras, que eso sale como desde el estómago. Y Libe es consciente de ello, pero se siente obligada a estar ahí. La inercia de esos valores que aprendes desde tu infancia es demasiado intensa.

La casa del padre ha sido fruto de la curiosidad que siento por lo que hay en la cabeza de los hombres. 

Me ha parecido muy impactante, tal vez el más impactante de todo el texto, el párrafo en el que Jaione  escribe sobre una violación y reflexiona sobre que todas las mujeres hemos imaginado nuestra violación en uno u otro momento. Me parece muy real la forma en que lo expresas y creo que la mayoría de las mujeres se van a sentir reflejadas en esas palabras. La duda que me asalta siempre en  estos casos es si un hombre, al leer el texto, lo comprende, es capaz de empatizar con esa extraña realidad.

Esa es la gran duda. En este caso me está ocurriendo con el libro editado en castellano lo que no me había sucedido hasta ahora: estoy teniendo mucho feedback de hombres que se han sentido reflejados en muchos aspectos. Gotita a gotita, si ven reflejado nuestro mundo, nuestro punto de vista, la naturalidad con la que hemos vivido situaciones como ir con miedo por la calle, lo irán entendiendo.

El origen de La casa del padre ha sido en buena medida la curiosidad que siento por qué hay en la cabeza de los hombres ahora mismo, cómo viven este momento de cambios. Cuando se ataca o se asesina a una mujer, ¿sienten que de alguna forma tiene que ver con ellos, se sienten culpables o responsables o creen que ellos no tienen nada que ver? De esa reflexión vienen esos sentimientos contradictorios del personaje principal de miedo, por un lado, por lo que le pueda ocurrir a sus hijas, y de culpa. Una culpa que no termina de entender.

El libro, por decirlo de alguna forma, es muy vasco. Desde el tono, la construcción de las frases, pasando por el entorno y las situaciones que se plantean como trasfondo de la historia: un ambiente industrializado, huelgas y piquetes propios de los años ochenta… ¿Partes de alguna situación personal?

Creo que ha sido parte del decorado de nuestra juventud, tanto el conflicto político y todo lo que ha supuesto para nosotros, como el conflicto laboral. En el libro no entro en ello con profundidad pero necesitaba que estuviera ahí, porque ha condicionado nuestra vida en uno u otro sentido, ha marcado nuestras amistades. Los personajes reflexionan sobre qué hubiera pasado si hubiesen vivido en otra sociedad.

Es muy difícil percibir esa violencia sutil que puede suceder en la propia familia 

El libro pone en duda algo que, de alguna forma, hemos vendido al exterior: que el País Vasco se ha caracterizado por un régimen matriarcal. Una imagen que rompes con la que es tal vez la segunda imagen más potente de La casa del padre: lo que sucede entre los padres de Iñigo en un momento dado de la narración y que muestra con claridad la existencia de una violencia no física contra la mujer. 

Una cosa es que la mujer haya tenido un peso específico pero no olvidemos que la casa era siempre propiedad del padre. La última palabra la ha tenido siempre el hombre por mucho que fuera la mujer la encargada de la gestión de la casa. Con ese fragmento quería reflejar que, frente a la violencia en la calle, que es fácil de ver, es muy difícil de percibir esa violencia sutil, que puede suceder en la propia familia, que no necesita de golpes ni de violencia física. Aquí Ismael, el protagonista, comienza a ver algo que no sabía que existía.

Sí, porque dejas ver que para las mujeres de la familia era evidente lo que había pasado, mientras que para Ismael es desconocido. Pero tampoco muestra iniciativa por preguntar y descubrir qué ha sucedido. 

Sí, Libe lo ve pero tampoco quiere ser consciente de ello, escapa. Iñigo ni siquiera lo ve. Por eso el tiempo que pasa con su padre, el sentimiento de miedo que le embarga por sus hijas, le lleva poco a poco a acercarse a otra violencia de la que no era consciente. Yo creo que el hombre no se tiene que sentir culpable, pero tal vez sí responsable.

Me llama la atención que decidieras traducir tu propia novela, Aitaren Etxea. No es un caso aislado, también Harkaitz Cano —por ejemplo en La voz del faquir— ha traducido parte de su propia obra. ¿Es algo habitual, te lo propuso la editorial…?

Los anteriores libros también los he traducido yo. Al final hago una reescritura. Desde el primer libro que traduje, Amaren eskuak (traducido al castellano por Ttarttalo como Las manos de mi madre), recuerdo empezar a traducir literalmente del euskera al castellano y no me reconocía en el texto. Siempre he tenido que escribir pensando ¿cómo contaría yo esto en castellano?

En este caso ha sido más complicado porque lo he traducido al tiempo que el texto original aún estaba vivo. Pero es muy enriquecedor, es como ver tu escritura en un espejo, ves cosas que no habías detectado cuando estabas escribiendo. Como ejercicio de autoconocimiento es muy interesante.

Cambio algunas cosas porque la lengua me empuja o me obliga a ello.

la casa del padre, portada

  • Título: La casa del padre
  • Autor: Karmele Jaio (traducción de la propia autora de Aitaren Etxea)
  • Editorial: Destino. Colección Áncora & Delfín (puedes leer más información del libro aquí y leer las primeras páginas aquí)
  • 224 páginas. 18,90 Euros (formato papel); 9,90 euros (formato digital)