La carretera. Un hombre y su hijo viajan hacia el suroeste. Un Estados Unidos árido, casi desértico, cubierto de ceniza. El invierno se aproxima y con él un constante descenso de la temperatura. No hay apenas gente y tal vez sea mejor no encontrarse con ella. Pero, lo más grave: tampoco hay comida. Y ya.

La carretera, de Cormac McCarthy, es una de esas historias ancladas en mi lista de libros pendientes a la que por fin he podido dar curso. En un mal momento tal vez. O quizá sea, como tiene a suceder con las lecturas dilatadas, la he rodeado en mi mente de un halo de nobleza que no se corresponde con su desarrollo. Pero su última novela hasta el momento, publicada en 2006 y ganadora del Premio Pulitzer es sin embargo una pequeña joya que bebe de una narrativa cuando menos singular.

La carretera, en el filo entre la vida y la muerte.

Cormac McCarthy (Providence, 1933) apenas concede entrevistas, se mantiene al margen del mundo literario y admite que no entiende a los escritores que no hablan de la vida y la muerte, razón de ser de esta novela. Harold Bloom, recientemente fallecido, le incluyó entre los cuatro mayores novelistas norteamericanos de su época (intuyo que de la actual, ya que aún está entre nosotros). En todo caso no parece ser un escritor al uso.

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La carretera parece una prueba de ello. Al margen de lo que he escrito en el primer párrafo, poco más hay que decir sobre el argumento del libro. No hay apenas más personajes —se cuentan con los dedos de una mano los que tienen diálogo—, no hay más espacios que una carretera que parece infinita y algunas casas desperdigadas con sus sótanos y sus edificios adyacentes, ya sean corrales o casetas de aperos. Lo que sí hay son puentes, muchos puentes que se cruzan sin cesar.

En medio de un espacio desolador, un hombre y su hijo –de quien se puede llegar a dudar en algún momento que sea su hijo, sino el símbolo de una debilidad del hombre— se arrastran en busca de algo que no saben definir y que, según deja traslucir McCarthy, tal vez no exista. Siguen la senda de una carretera que son decenas de ellas inteconectadas con el peligro que ello entraña. La carretera es la senda que guía, lo más fácil, pero en seguir el camino sencillo estriba al mismo tiempo el problema: la competencia por los escasos recursos con quienes han tenido la misma idea. Llegados a un punto el lector no sabe a qué esa necesidad de aferrarse a un camino a ninguna parte.

El ejercicio de la negación de información

Aunque el estilo no es agradable de leer, con frases cortantes, a veces sin ser completas desde el punto de vista gramatical, el esfuerzo extra que le requiere al lector merece la pena una vez consigue sumergirse de pleno en el texto. Entonces comienzan los interrogantes que McCarthy se niega a resolver en una distopía cercana. El escritor manifiesta un notable arte dejando en suspenso las explicaciones, dejando caer migas de pan que conducen a un destino que todas las partes implicadas conocen.

Curiosamente, hay mucho del género de zombis en su novela: lo que importa no es el destino, porque solo hay un destino posible, sino las decisiones que se toman en la manera de recorrer el camino hasta alcanzarlo. Ni siquiera es relevante el comienzo de la pesadilla que describe el autor y que el lector intuye como un desastre de proporciones épicas: ¿un meteorito? ¿un grave problema de contaminación ambiental? ¿Una guerra nuclear? Todo ello da igual.

Lo relevante es cómo deciden vivir su vida y cómo se mantienen apegados a esa decisión hasta las últimas consecuencias. La naturaleza adquiere un papel protagonista creando las condiciones más adversas de que es capaz y el hambre asfixia y lleva hasta una situación extrema a ambos. La carretera crea así las condiciones perfectas para recorrer en sentido opuesto la pirámide de Maslow hasta relegar las decisiones a una sola, a saber cómo sobrevivir un día más, una hora más, un minuto más.

La moral frente a la supervivencia

En este ambiente el niño encarna la moralidad en un mundo que ha perdido la ética. Su padre, por otro lado, es un personaje incierto que llevado por la voluntad de sobrevivir, aunque eso suponga su propia muerte, ejerce ese papel de protector que tal vez pueda atribuirse a un reflejo religioso. Son, en todo caso, personajes que no salen del ejercicio de los arquetipos pero que dejan una imagen nítida en la retina.

Entre este debate entre el bien y el mal, entre la vida y la muerte, solo cabe preguntarse no ya cual es el sentido de La carretera, sino cuál es el nuestro. La duda es tan universal que solo se puede aplaudir la valía de la literatura de género para plantear este tipo de cuestiones morales.

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  • Título: La carretera
  • Autor: Cormac McCarthy (traducción de Luis Murillo Fort)
  • Editorial: Literatura Random House (puedes leer más información del libro aquí y leer las primeras páginas aquí)
  • 128 páginas. 9,99 Euros (formato papel, edición de bolsillo); 5,99 Euros (formato ebook)

Imagen de portada: Go Straigh, de Angy DS (licencia creativa CC 2.0 atribución genérica)