Voy a hacer dos confesiones: la primera es que me he apuntado a un club de lectura. Más concretamente al club de la Diputación Foral de Bizkaia, coordinado en su modalidad en castellano por la escritora Aixa de la Cruz. Me apetecía mucho este año compartir lecturas y qué mejor que en un grupo donde todos saben de lo que hablas, pero todos tienen visiones diferentes de lo mismo. Además, el catálogo de libros propuestos me gusta bastante, salvo un par de excepciones que, quien sabe, tal vez me den una sorpresa mayúscula, a modo de cura de humildad o de descubrimiento. Me parece importante comentarlo porque las reseñas de esos libros no se limitarán a mis opiniones, sino que con toda seguridad integraré e interiorizaré comentarios de terceros que espero no se sientan plagiados sino halagados porque haya comprendido su visión del libro.

La segunda confesión es vergonzosa: la anterior novela de Juan Gómez Bárcena, El cielo de Lima, está en mi pila de libros por leer desde hace al menos un par de años. Lo compré por la recomendación de Mónica Basterrechea pero, por razones desconocidas, aún no lo he leído. No es que sea el único caso; mi lista de libros pendientes superará con bastante seguridad, la cincuentena. Pero en este caso, y después de haber leído Kanada —me cuesta vencer la tentación de poner un acento en la A final— me arrepiento de no haber disfrutado (porque intuyo que lo haré) su primera novela.

Kanada parte de un tema en principio trillado: la segunda Guerra Mundial. Pero, más que centrarse en ella, se ocupa de un hombre que regresa a su casa después de la guerra y se la encuentra vacía, del mismo modo que él también está vacío por dentro, traumatizado, desubicado del tiempo y del espacio y sumergido en un día eterno que es siempre igual.

Y Juan Gómez Bárcena demuestra una capacidad narrativa excepcional para introducirnos en la locura del hombre que se aísla de todo y de todos, en su estrés post traumático que es, sin duda, el eje vertebrador de la historia. Lo logra no sólo a través de la narrativa, de la historia que se alarga casi diez años, desde el final de la guerra hasta la revolución húngara de 1956, pero que pasan como un solo día, sino también a través de un estilo cautivador, sorprendente, empezando por esa segunda persona que es en realidad el yo disociado del protagonista, un narrador que se ve a si mismo y describe sus acciones de forma pulcra y carente de sentimientos, lejana, como si se observara a través de una mirilla y se limitara a narrar.

Kanada no es una novela fría, pero sí mantiene un tono descriptivo, en el que la poesía brilla por su ausencia y deja terreno a una prosa precisa, sencilla pero calculada, que va dejando caer de forma pausada las pistas que llevarán a que el lector se haga una idea del cuadro completo, de toda la historia, no antes de llegar a la última página. Así, tardará en descubrir que el hombre es un preso judío de un campo de concentración, un profesor universitario que, gracias a su formación se libra de un destino peor que el del trauma. Sabrá que su estrés post traumático se manifiesta de muchas formas: desde una represión inconsciente de lo que le ha pasado (no se mencionarán los campos de concentración hasta bien entrada la novela) hasta una alteración de los tiempos cronológicos. El protagonista —sí, tiene nombre, pero sólo se menciona una vez en toda la novela y resulta irrelevante porque no es un individuo, sino la representación de un colectivo— confunde tiempo y espacio, transforma su despacho en un símil de la celda en la que estaba confinado, recuerda a los guardias de la prisión como ángeles protectores y se ve no como una víctima, sino como culpable de un delito que no recuerda.

Juan Gómez Bárcena nos regala una historia que culmina en una pregunta que el lector no sabrá responder: ¿qué sucede al terminar la última frase? Porque se intuye que el viaje del hombre no acaba ahí, y tal vez lo que le espere sea aún peor que lo vivido hasta ese momento. La novela, guiada por el símbolo de la cinta de Moebius  nos habla de una repetición continua de situaciones, representadas por los tanques, ahora alemanes, ahora rusos, que llevan al hombre a revivir lo mismo en diferentes tiempos y al lector a reflexionar sobre las contiendas del siglo XX de las que no parece extraerse moraleja ni aprendizaje ninguno y que parecen caer siempre en los mismos horrores sin solución posible.

Y como símbolo de esa falta de movimiento, los personajes secundarios, escasos, poco definidos,  son arquetípicos, están estancados a ojos del protagonista y nos vemos a veces incapaces de juzgarles, los vemos deshumanizados, ejecutan acciones que nos ofenden, nos sorprenden y que no entendemos, como tampoco podemos entender, sin haber vivido una experiencia similar, qué lleva al hombre a sumergirse de forma voluntaria en un padecimiento sin límites.

Kanada es una novela sobre el trauma, sobre el olvido y la posibilidad de rescatarlo, sobre la repetición y la culpa. Una historia por la merece la pena dejarse llevar.

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  • Título: Kanada
  • Autor: Juan Gómez Bárcena
  • Editorial: Sexto Piso (podéis leer más información sobre el libro y leer las primeras páginas de la novela aquí).
  • 196 páginas. 17,90 Euros (formato papel)
  • Puedes conseguir el libro clicando en la imagen de la portada

¿Habéis leído Kanada o algún otro libro de Juan Gómez Bárcena? ¿Hay algún libro sobre el holocausto que os guste especialmente y que queráis recomendar? Tenéis los comentarios a vuestra disposición.