Vaya por delante que estoy harta de leer auto ficción, autobiografías o memorias. Cuatro o cinco libros en un mes han sido suficientes para llevarme al hastío más absoluto. Lo aclaro porque esta no va a ser mi mejor reseña y sí, tal vez, una de las más influenciadas por mis aficiones y por mis decisiones vitales personales.

La paternidad cambia a la gente, algo que resulta del todo comprensible incluso para quienes, como yo, aún no hemos optado por esa vía. Orienta a los padres a un objetivo único: amar y proteger a su descendencia. Pero, por el camino, suceden otros cambios que, en cierto modo, los someten a una ceguera transitoria. Tal vez sea esto con lo que me he topado al abordar la lectura de Hijos del fútbol, de Galder Reguera.

Comienza este ejercicio memorístico con una anécdota protagonizada por su hijo mayor. Contada con la ternura y admiración de un padre entregado —algo de lo que no se puede dudar a lo largo de todo el texto, esa constante demostración de amor y cariño hacia sus hijos, esa honda preocupación que se desprende en cada historia que narra que tiene a ellos por protagonistas–, me encuentro con que a mí no me dice nada. Es una anécdota curiosa, divertida. Pero es igual que la que contaría cualquier otro padre de cualquier otro niño. Oigo anécdotas como esas a diario —tengo dos preciosos sobrinos con una abuela deseosa de narrar a cada momento la última habilidad que han adquirido, como si el resto de los niños no fueran capaces de dar un paso, colocar una pila de piezas en la posición correcta o pronunciar una palabra complicada, llegado el momento— y me pregunto si merece la pena ponerlas por escrito. Para sus padres, estoy segura de que es así, de que hay ahí un ejercicio de esfuerzo colectivo porque todo salga bien, porque el niño sea feliz, que merece ser seguido con el asombro de quien ve germinar una semilla hasta transformarse en árbol, pero multiplicado por un millón. Pero en ese caso, hablaríamos de un diario. ¿Es necesario llevarlo a un ejercicio de memorias públicas? Tengo serias dudas al respecto.

El segundo tema del que habla —no se podrá tachar al libro de no tener un título bien ajustado a la realidad, Hijos del fútbol— es, por supuesto, ese deporte de once contra once luchando por un balón esférico. He aquí mi segunda confesión: el fútbol no me despierta pasión alguna. Ni siquiera la sombra de una pequeña emoción. He llegado a un momento en que, lo más que siento, es cierta ira contenida por el bloqueo de servicios públicos los días que hay partido en mi ciudad. Es evidente: Hijos del fútbol no es un libro destinado a quien, como yo, no guste de este deporte. Y, sin embargo, no puedo dejar de pensar en que, contado de otra forma, con otro estilo, podría haberme gustado. Pienso en los ensayos de David Foster Wallace, en la ocasión en que disfruté como una enana de más de ciento cincuenta páginas en las que hablaba del uso del inglés americano y su manipulación en los diferentes diccionarios— y sé que hay algo más en el texto de Galder Reguera que me chirría, que no me termina de cuadrar.

Porque el texto de Hijos del fútbol está escrito con corrección, ahí no hay nada que reprochar. Me falta, tal vez, una mejor distinción temática a lo largo del texto, una separación más marcada que delimite los  temas que, sin duda, se vierten en sus páginas. Desde la ruptura, a través del deporte, de la barrera que separaba a la alta y la baja sociedad —incluso la ruptura entre izquierda y derecha política—, a la descripción del fútbol como una pasión capaz de congregar a su alrededor los más claros ejemplos de racionalidad e irracionalidad.

Hijos del fútbol tiene, además, algo de novela de formación, es capaz de describir una vida alrededor de un leitmotiv, el fútbol, usando el deporte como un elemento integrador, un deporte de masas al que, aún así, confiere la suficiente individualidad como para hacer de su vida una historia totalmente diferente de las vidas de otros aficionados al mismo deporte.

Para disfrutar de la historia de Galder Reguera, no sé si es necesario ser padre —creo que no—, pero sí considero que es obligatorio sentir cierta emoción al escuchar a un locutor deportivo cantar un gol a pleno pulmón. No es mi caso. No es un libro para mí, como no lo son tantos otros. Hace poco más de un mes que pisé la gabarra y no sentí nada diferente a pisar un tablón de madera en una obra de alcantarillado. No es algo bueno ni malo. Es la misma razón, creo, que me lleva no leer apenas novela romática o histórica.

Hijos del fútbol es un libro que desborda pasión por dos temas que, en ojos del autor, se entremezclan: la paternidad y el fútbol. Los trata con emoción no contenida, con alegría, con nerviosismo incluso. Pero no me llega y no veía en su lectura el momento de pasar la última página.

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  • Título: Hijos del fútbol
  • Autor: Galder Reguera
  • Editorial: Lince Ediciones (podéis leer más información sobre el libro aquí).
  • 208 páginas. 15,00 Euros (formato papel)
  • Puedes conseguir el libro clicando en la imagen de la portada

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