Os vais a aburrir de mi. Lo sé. No me importa. Bueno, algo sí que me preocupa pero, si os digo la verdad, estoy disfrutando como nunca de textos que nunca hubiera escogido como lectura. Si alguien me llega a decir que iba a leer sin levantar la cabeza del libro un ensayo de más de ciento cincuenta páginas sobre cuestiones léxicas, gramaticales… de la práctica del idioma inglés escrito a partir de la publicación de un diccionario y que acaba convertido en una lucha encarnizada entre distintas corrientes literarias… bueno, la verdad es que nunca hubiera creído verme en esa tesitura. Y sin embargo, es uno de los textos más extensos de esta nueva obra que traigo hoy de David Foster Wallace, Hablemos de langostas.

Hablemos de langostas es un conjunto de ensayos o pequeñas reflexiones escritas entre 1998 y 2005 y publicadas originalmente en distintos medios escritos, desde revistas de gastronomía hasta la conocida Rolling Stone.

Entre sus páginas encontraréis una disertación sobre la entrega de premios de la AVN (Adult Video News, es decir, la entrega de premios de la industria del porno americana); algunas cuestiones literarias sobre lo divertido que es Kafka, lo incomprendido que es Dostoyevski y los problemas que encuentra con la lectura de Updike; sus problemas para encontrar una bandera americana el día de los atentados del 11S; su secreta y vergonzosa pasión por las biografías de deportistas mal escritas; el seguimiento de la lucha por la candidatura republicana a la presidencia de los Estados Unidos del senador McCain hijo; la imagen de la feria de la langosta que se celebra en su localidad natal y, para terminar, las características de las tertulias políticas en la radio.

Estas temáticas tan variadas ocultan, en ocasiones, aspectos más profundos. En el capítulo La autoridad y el uso de inglés americano, por ejemplo, hay interesantes aportaciones relacionadas con el uso “políticamente correcto” del idioma, referido por supuesto al inglés, pero también válido para otras lenguas:

En términos prácticos, yo dudo mucho que un tipo que tiene cuatro niños pequeños y gana doce mil dólares al año se sienta más beneficiado o menos maltratado por una sociedad que se refiere cuidadosamente a él como alguien “económicamente desaventajado” en lugar de como algo alguien “pobre”. De hecho, si yo fuera él, probablemente el término en IPC [inglés políticamente correcto] me resultaría insultante: no solo porque sea paternalista (que lo es) sino porque es hipócrita e interesado de una forma para la cual la gente a quien se suele tratar de forma paternalista suele tener unas antenas subliminales bastante buenas.

El ensayo Arriba, Simba, encargado por la revista Rolling Stone —que buscaba a alguien que distara lo más posible de ser un reportero con conocimientos políticos—, pone al descubierto las tácticas y maquinaciones de las campañas de marketing electorales, sus entresijos y refleja el cada vez menor valor e influencia en los votantes, que ya no saben distinguir la verdad de la campaña misma:

[…] aunque nuestros representantes electos siempre se están rasgando las vestiduras y haciendo comentarios preocupados sobre la baja participación, nunca se hace nada sustancial para que la política sea menos fea o deprimente ni para inducir en la práctica a que vaya más gente a votar: nuestros representantes electos son los titulares de los cargos, y la baja participación favorece a los que ya están en el cargo igual que lo hace el dinero blando. 

Por su parte, Hablemos de langostas es un texto que acaba pasando de la reseña de un evento a la cuestión del sacrificio vivo de animales para su consumo y la ética, o la ausencia de ella, que eso puede conllevar. Esto sólo por mencionar algunas de las decenas de párrafos que he marcado.

David Foster Wallace coge cada uno de los temas y los destripa, llega hasta lo más profundo, los descompone en piezas y luego las examina desde todos los ángulos posibles, ofreciendo posibilidades  aunque sin mojarse de forma personal en la mayoría de los casos. Son en su mayoría temas de actualidad, no gusta de rebuscar demasiado en el pasado y ejerce de observador pasivo que se limita a reproducir lo que ve aportando, de eso no hay duda, su particular estilo personal.

Como ya mencioné en otras reseñas, David Foster Wallace no es un autor fácil de leer. Sus teorías son en ocasiones complejas, los temas que trata pueden ser muy áridos —tal vez el mejor ejemplo del libro sea el texto dedicado al comentarista político de radio Ziegler y las referencias al sistema de emisión radiofónica en Estados Unidos; el texto que menos me ha convencido porque, por un lado, está carente del tono mordaz de otros y, por otro cuenta con innumerables referencias encajonadas dentro de recuadros en el propio texto que hacen muy complicada su lectura— y no podemos olvidarnos del uso —y abuso— de notas al pie. De nuevo puede resultar recomendable considerar el libro no como una obra completa, sino como una colección de libros más pequeños, e intercalar otras lecturas entre uno y otro.

El gran acierto de David Foster Wallace no son sus conocimientos de un tema en concreto, ya tengan su origen en sus estudios universitarios, en su búsqueda previa de información o en experiencias personales, sino la habilidad que tiene para, a través de la ironía, el sarcasmo o incluso el humor negro, transmitirnos la pasión por esos temas, sembrar su opinión y, al tiempo, hacernos sentir la necesidad de tener la nuestra propia y, sobre todo, dejarnos con ganas de más. De más datos sobre la gramática inglesa, una feria provinciana, Dostoyevski o las cifras que rodean la industria del porno. David Foster Wallace nos anima a seguir investigando, formándonos, porque es capaz de convertir algo a priori árido en algo muy entretenido. Es una habilidad que bien quisieran para sí muchos docentes o periodistas.

Solamente hay que pasar un trimestre intentando enseñar literatura en la universidad para darse cuenta de que la forma más rápida de matar la vitalidad de un autor de cara a sus lectores potenciales es presentar a ese autor de antemano como “genial” o “clásico”. Porque entonces el autor se convierte para los alumnos en algo como la medicina o las verduras, algo que las autoridades han declarado que “les conviene” y que “les tiene que gustar”, momento en que las membranas nictitantes de los alumnos se cierran y todo el mundo asume las tareas automáticas de la crítica y de escribir ejercicios sin sentir absolutamente nada real ni relevante. Es como sacar todo el oxígeno de la sala antes de intentar encender un fuego.

Para terminar, no sin antes advertiros de que ya obra en mi poder Entrevistas breves con hombres repulsivos y que habrá más David Foster Wallace en el blog, no puedo dejar de felicitar a Javier Calvo, traductor de esta y otras obras del autor, algo que, desde mi desconocimiento, intuyo que dista mucho de ser un trabajo sencillo.

  • Título: Hablemos de langostas
  • Autor: David Foster Wallace (traducción de Javier Calvo)
  • Editorial: Literatura Random House (consulta aquí más información de la editorial)
  • 448 páginas. 21,00 Euros.

Si quieres leer este libro, puedes conseguirlo clicando en la imagen:

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