Con la reseña de El dedo del ángel doy comienzo al reto #52provincias52libros que encaro este año. Empiezo con Barcelona, la ciudad natal de su autora, Ada Castells. No hay ningún motivo encubierto para escoger esta provincia —mucho menos político—. Tampoco hay nada detrás de la elección del libro. Lo compré recientemente en una de mis incursiones periódicas a Libu. ¿Tenía en casa más libros pendientes de autores barceloneses? Sí. Me consuelo con la idea de que el objetivo no era reducir a cero mi lista de lecturas pendientes.

El dedo del ángel puede considerarse una broma de mal gusto o una sátira muy elaborada. Me resulta difícil encontrar una postura intermedia entre ambos extremos. O gusta o no gusta.

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Ada Castells

El argumento empieza con una premisa extraña: una chef de cocina desnuda sobre frías baldosas mantiene relaciones sexuales con un agente literario que le propone escribir un libro. La chef acepta sin saber muy bien por qué. A partir de ahí, casi doscientas páginas en las que en primera persona, nos desgrana el libro que escribe, el proceso de escritura y cuanto le pasa en el proceso.

Porque lo que interesa es lo que le sucede a la protagonista. Bien se encarga varias veces, a lo largo de la narración, de avisarnos que en el libro no sucederá nada. De hecho, su libro es una genealogía, más bien ficticia, de su familia protestante. Una deriva tras otra en la que la chef solo tiene clara una cosa: el título de su libro, que será también el título de Ada Castells. Una suerte de ejercicio que a veces se vuelca en esa extraña complicidad con el lector que es la metaliteratura.

¿De qué habla entonces El dedo del ángel? Hay, por supuesto, una clara crítica al oficio de la literatura. Desde el “enorme esfuerzo” que le supone a la escritora novel dedicar un fin de semana completo a terminar su gran obra — un esfuerzo interrumpido por mil y una situaciones un poco dantescas— a la figura del agente, que promete ventas a cambio de sexo fácil y luego se indigna al no encontrar en la obra la calidad literaria que esperaba, cuando esa misma calidad es en lo último que pensó al proponer la publicación. Ambos aspectos nos llevan a pensar en el libro no como arte, sino como actividad empresarial, a ver con otros ojos la figura del artista. La protagonista es poco más que un “negro literario”, más aún cuando es el agente quien le propone el tema a tratar, y apenas valora el propio trabajo. Ve la redacción de un libro como un suplicio en respuesta a su incapacidad de negarse a las peticiones de los demás.

El libro juega, o lo intenta al menos, a ser deliberadamente mordaz, a jugar con escenas sexuales como quien quiere gritar el fin de la castidad en medio de una orgía comunal. El lenguaje carece de un estilo narrativo claro y se ajusta a una tradición más oral: la protagonista nos habla de un modo no lineal, como si lector y narrador se juntaran en un bar para compartir unas cervezas y el segundo contara una anécdota de su vida. Hay mucho sarcasmo en su texto, un punto de ironía que a lo largo de la novela, acaba cansando y puede resultar muy empalagoso.

El último tema evidente es la evolución del protestantismo en España a lo largo del siglo XX, o al menos en el área mediterránea. A través de las figuras de sus abuelos, la protagonista trata de dar explicación a cómo se llegó a implantar, cómo se mantuvo y las principales diferencias y similitudes con el catolicismo. Lo hace de forma liviana, sí, en un texto sin demasiado rigor —o tal vez con más exactitud de la que deja ver el lenguaje empleado, pero es muy difícil valorarlo— donde las anécdotas son el arma a disposición del conocimiento.

El dedo del ángel es un libro que juega a ser muy novedoso, pero que resulta muy irregular. Sobretodo decepciona el cierre. Aunque la protagonista ya nos había avisado, una y otra vez, de que en esta historia “no sucede nada”.

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  • Título: El dedo del ángel
  • Autor: Ada Castells (traducción de Rosa Calderaro).
  • Editorial: Anagrama. Colección Narrativas Hispánicas (Podéis encontrar más información sobre el libro aquí)
  • 192 páginas. 10,80 Euros (formato papel).