Entre los cientos, miles de escritores que llevan décadas intentando abrirse camino en su labor y dotar a su afición de un cariz más o menos comercial —mal que les pese a algunos admitirlo— hay una rara avis que destaca por encima de los demás: el escritor de una única novela. Aquel que escribió una sola vez, no más. Tal vez abandonó por desilusión al no conseguir el éxito deseado o, al contrario, murió por bloqueo al obtener una respuesta entusiasma que superó en mucho sus expectativas y que le llevó a claudicar ante la presión. A lo mejor murió en sentido literario. 

De estos escritores está la historia llena. Por poner algunos ejemplos, tenemos a Arthur Golden que publicó Memorias de una Geisha en 1997 y desde entonces afirma estar trabajando en su siguiente obra; Arundahti Roy y su Dios de las pequeñas cosas siguió un destino similar —curiosamente, la novela ganadora del premio Booker también se publicó en 1997—; Cumbres borrascosas, de Emily Brontë quien, con bastante seguridad, habría publicado más historias de no acaecer su muerte apenas dos años después de su publicación en 1847; peor fue la situación de John Kennedy Toole, que vio —o más bien no vio— su novela La conjura de los necios publicada póstumamente después de diez años de intentos infructuosos. 

A esta larga lista se suma James Fogle. 

Tal vez este nombre no resulte familiar, pero nunca es tarde para ponerse al día. Drugstore Cowboy es su única novela publicada y siguió además un camino inverso al habitual. 

Fogle nació en Wisconsin en 1936 y a la tierna edad de doce años comenzó su carrera delictiva robando su primer coche. Pasó buena parte de su adolescencia en reformatorios juveniles —“escuelas delictivas”, los llamaba él—. Su drogadicción le llevó a especializarse en el robo de farmacias, motivo por el que pasó la mitad de su vida en la cárcel, y murió en 2012 a los setenta y cinco años a raíz de un cáncer de pulmón. 

Fogler empezó a escribir en su juventud, pero no logró que sus escritos llamaran la atención de nadie relevante en el mercado literario hasta cerca de la cuarentena. El entonces famoso escritor Thomas E. Gaddis, autor de Birdman of Alcatraz, recibió en 1973 un manuscrito no solicitado de un recluso en Walla Walla. Contactó después de leerlo con Daniel Yost. Yost ejercía entonces como periodista freelance que no había tenido éxito escribiendo sus propias historias. Aquella primera novela no llegó tampoco a ningún puerto, pero la relación entre Fogle y Yost se mantuvo: Yost basó varios guiones en obras de Fogle. Así hasta que apareció en escena Drugstore Cowboy. 

Lo curioso de la historia es que la adaptación cinematográfica de 1989—en los créditos figura, además de Yost, el director Gus Van Sant— fue anterior a la publicación de la novela, que solo logró ver la luz por el éxito de la película. 

A la hora de afrontar la historia de Drugstore Cowboy se plantean entonces algunas dudas: ¿de quién es la autoría? En el fondo, parece claro que es de James Fogle: como sucede con otros muchos criminales que devienen en escritores —con Edward Bunker como el capitán de las novelas publicadas por Sajalín en su colección Al margen—, la obra contiene demasiadas coincidencias biográficas como para ignorarlas. Pero, por otra parte, parece más que viable que Yost le diera un buen repaso a la forma y reescribiera la novela, en un trabajo más allá de la simple —o no tan simple— labor de corrección o edición de las palabras de un drogadicto. 

¿De qué trata Drugstore Cowboy? De una banda de drogadictos que roban farmacias para poder mantener su adicción. Así de simple como parece. Sin embargo, la obra de Fogle da un salto más allá al introducir una dura crítica social en su texto. El autor dijo que empezó a escribir sobre su vida en prisión, como una forma de evadirse de la locura y matar el tiempo. El mundo delictivo y de las drogas era el único que conocía, así que eran la base de sus textos. Pero al mismo tiempo intentaba mostrar lo ridículo de las cuestiones políticas relacionas con su vida.

En la novela Bob es el carismático líder de una banda que sigue al pie de la letra sus instrucciones —quien dice instrucciones, habla también de sus manías, que él justifica en base a la suerte, la rutina y el mantenimiento de un estricto orden—. En lo que al mundillo criminal se refiere, existe una ética imperante, o al menos parece que solo sobreviven quienes se aferran a ella, quienes dan el todo por el todo a la hora de creer en las costumbres que mantienen firme la escala social de los bajos fondos. Resulta curioso, por tanto, que la fidelidad, la obediencia y la ética sean a lo largo de esta historia protagonistas, más que los atracos o la ingesta de drogas. 

Respecto a los aspectos políticos, Fogle se ensaña sobre todo con el sistema de reinserción en prisión, las facilidades para continuar con el tráfico de estupefacientes dentro de los muros de las cárceles o los sistemas sociales de ayuda a las clases sociales más bajas. Para Bob, la drogadicción no es una vía de escape: es una forma de vida que no es ni mejor ni peor que cualquier otra. Ahí entra en juego otro aspecto que se funde entre cizallas y martillos, entre pastillas, cucharas con agua y jeringuillas: la dignidad del ser humano como pilar que todos debieran santificar. 

Fogle no es un escritor brillante, pero tiene ese carisma criminal que tan bien sabe ganarse al lector entre golpe de ética y desangramiento sin sentido. La historia de Bob en Drugstore Cowboy no es defendible desde un sistema social actual. Como dice el rapero Costa: “no somos antihéroes, somos villanos”. A mucha honra. 

drugstore cowboy, portada, james fogle, sajalin, juan carlos postigo

  • Título: Drugstore Cowboy
  • Autor: James Fogle (Traducción de Juan Carlos Postigo)
  • Editorial: Sajalín (Podéis encontrar más información del libro aquí y leer el comienzo aquí).
  • 220 páginas. 20,00 Euros (formato papel).

¿Sois tan entusiastas como yo de la editorial Sajalín? ¿Habéis leído Drugstore Cowboy? ¿Y visto la película? ¿Me la recomendaríais?