El diario es tal vez la forma más soterrada o subterránea de literatura. No ha sido concebida en un principio para su divulgación pública, algo que, en realidad, es o puede llegar a ser una ventaja, por tratarse de una forma perfecta para la experimentación, la exageración o el escarnio propio o ajeno. Como ejercicio privado, no pocos escritores han reconocido su valía como campo de entrenamiento para una literatura más pública, como receptáculo de descripciones de espacios y emociones que serán empleadas después en boca de personajes literarios o como simple ejercicio de desahogo.

Así, Anaïs Nin, considerada escritora de diarios por excelencia, comentaba: “Fue mientras escribía un diario que descubrí cómo capturar los momentos de vida. Llevar un diario durante toda mi vida me ayudó a descubrir algunos elementos básicos esenciales para la vitalidad de la escritura”.

No es la única que ensalza el valor del diario. A Virginia Woolf también le gustaba escribir en su diario, y utilizaba un cuaderno diferente cada año. Gracias a ellos encontraba “diamantes en bruto”, en especial en su relectura, donde se sorprendía por el “galope desordenado y rápido del texto” que plasmaba ideas que, “si me hubiera detenido a pensar, nunca lo habría escrito”.

Vemos por tanto que estos ejercicios diarísticos y la literatura sí que han estado íntimamente ligados a lo largo de la historia, algo en lo que podemos ahondar gracias a estudios como “El diario como forma de escritura y pensamiento en el mundo contemporáneo“, editado por Luisa Paz Rodríguez Suárez y David Pérez Chico.

Desde el punto de vista del lector estos diarios le llevan a asumir el papel de voyeur sin el sentimiento de culpa que acarrea abrir por la fuerza el pequeño candado de un diario de adolescente: cuenta con el completo beneplácito de quien se expone —de forma ficticia o real— a que su mente quede al descubierto. Así, el escritor se arriesga a no ser comprendido (cuestión aparte es si eso debe o no importarle) al tiempo que el lector sacia una curiosidad que roza en la irrupción en la privacidad ajena.

Un ejercicio similar es el que nos encontramos en el Diario de Ithaca, de Miguel Ángel Hernández. Concebido en su origen como un diario en formato podcast para el programa radiofónico Preferiría no hacerlo de Aragón Radio, Newcastle Ediciones ha juntado todos los episodios para, con prólogo de Sergio del Molino, ofrecernos la experiencia del escritor durante su estancia en la ciudad de Ithaca, al norte del estado de Nueva York. Así, desde septiembre de 2015 a mayo de 2016 y de forma semanal, nos ofrece las pinceladas que considera más relevantes, importantes o dignas de ser contadas, describiendo su experiencia en esta breve inmersión en el mundo americano.

No es sin embargo su primera incursión en el género. Con cierto ánimo de desahogo o exhibicionismo bienintencionado, Hernández continúa aquí su periplo diacrítico después de Presente continuo (Diario de una novela) cuando, entre agosto de 2013 y octubre de 2014, publicó en La opinión de Murcia un diario que giraba sobre todo en torno a la escritura de su segunda novela, El instante de peligro. Y tal parece ser su adicción a contar ciertas partes de su vida privada que, en la actualidad, publica la columna Aquí y ahora (Diario de escritura) en la web de la revista Eñe.

Como bien indica en su prólogo Sergio del Molino, “quienes usan la propia vida como materia literaria son en realidad destructores de sí mismos”. En Diario de Ithaca este profesor de Historia del Arte en la Universidad de Murcia, escritor y crítico de arte deja al descubierto pedazos de existencia que en el imaginario popular deberían quedar relegados a la vida privada de cada cual, guiados por quién sabe qué normas escritas y asumidas por todos. Pero, al mismo tiempo, no hay nada de extravagante en lo que cuenta y tal vez eso aumente la fascinación por la lectura del diario: desmonta en cierta manera la imagen del escritor como ser superior que relega al resto a una inferioridad no buscada. La historia es la de un turista que se debate entre la integración en un grupo para un plazo de tiempo limitado o la rebeldía nostálgica por el hogar que ha dejado atrás; entre las obligaciones debidas a la beca recibida por parte de la Universidad de Cornwell y la necesidad vital de experimentar todo lo que sea humanamente posible durante esos días que se transforman, con inusitada velocidad, en semanas y meses hasta llegar a su fin.

Diario de Ithaca es también la ruptura con esa sensación de que “todo sigue igual” o “no ha pasado nada relevante” que Monterroso tan bien reflejaba en su personaje: sí, la vida sigue su curso pero eso no significa que no haya momentos dignos de ser atesorados, guardados con mimo a través de fotografías o, como es el caso, de las páginas de un diario donde conversar con uno mismo:

Por alguna razón, ahora lo necesito. Y es curioso. Porque cuando uno está solo […] no cesa de hablarse a sí mismo. Y muchas veces, incluso en voz alta. Es una manera de ser dos, un modo de paliar la soledad.

  • Título: Diario de Ithaca
  • Autor: Miguel Ángel Hernández
  • Editorial: Newcastle Ediciones
  • 162 páginas. 6,00 Euros (Edicion en papel)

¿Te gustan este tipo de ejercicios diarísticos? ¿Hay algún otro ejemplo que querrías compartir? Tienes los comentarios a tu disposición. 

¡Sé parte de Relatos en Construcción!

¿Quieres recibir en tu correo relatos, reseñas, información y noticias sobre el mundo de la literatura y escritura, técnicas de creatividad y reflexiones personales? ¡Suscríbete a Relatos en construcción!