No soy la fan más acérrima de las novelas negras. En casa el tema trae risas incómodas porque todo el mundo sabe que puedo pasar horas viendo capítulos de Se ha escrito un crimen, Colombo, Poirot o cualquier serie clásica de repetitivos episodios de asesinatos. Debo puntualizar entonces que, aunque no soy muy fan del género, sí disfruto con las historias de corte literario clásico como las de Simenon o las de Agatha Christie, por poner dos ejemplos archiconocidos. Esta puede ser la primera razón, pero no la única, por la que leer Cuando es invierno en el mar del Norte, de Leticia Sánchez Ruiz ha sido una experiencia tan agradable.

Se suma mi interés en estas historias de crímenes por resolver —no solo mío y con una dosis de morbo inherente al ser humano— buscar las razones que llevan a una persona normal a cometer un homicidio. La misma Agatha Christie afirmaba que las motivaciones podían ser pasionales, el dinero o una idea. Otros autores de novela negra redundaban en las mismas o muy parecidas ideas: Erle Stanley Gardner menciona el poder y el dinero mientras que John Verdon incide en el sexo, el dinero, el poder, la venganza y los delirios de grandeza.

Todos son conceptos que tienen su encaje en la famosa pirámide de Maslow de 1934 en la que reflejaba los niveles de motivación humana: desde cubrir las necesidades fisiológicas más básicas hasta llegar a la cima de la autorrealización, en la gráfica encontramos un buen puñado de motivos por los que muchos estarían dispuestos a arrancarle la vida a otra persona.

Piramide_de_Maslow

Pero estas opciones son limitadas y, como sucede con los temas universales literarios, se agotan con facilidad y se convierten en situaciones manidas. Es entonces donde entra en juego la capacidad del escritor para deslumbrarnos, para hacer parecer como nueva la historia que se ha contado mil veces antes. En Cuando es invierno en el mar del Norte esa combinación acertada de motivaciones y estilos ha tenido lugar.

Una mezcla de geografía norteña

Existe en realidad una île d’Or en la costa mediterránea francesa que recuerda a la Isla de Or, centro neurálgico de la mitad de la novela de Sánchez Ruiz. Aquella, de propiedad privada, está coronada por una torre que se cree inspiró a Hergé para La isla negra. Desde 1961 hasta su muerte en 1994 vivió allí François Bureau, un ex oficial naval.

Île d'Or

Île d’Or (Fuente: Hubert Laroche)

En el caso de Cuando es invierno en el mar del Norte, la isla de Or está coronada por un manicomio reconvertido por locura institucional en conservatorio de música municipal y cuya propiedad acabó recayendo en el patriarca de la familia Larfeuil. Allí es donde, según la policía, fue asesinado Antonio Trigo y allí se desplaza el inspector Pambley para interrogar uno a uno a los miembros de la familia, sospechosos del asesinato.

El espacio físico es tormentoso, opresivo. Una casa laberíntica fruto de incontables remodelaciones, una isla rocosa con un único embarcadero. Una familia que parece no tener ninguna relación previa con el muerto y que ya tiene bastante con lidiar con las relaciones entre sus miembros, aquejados de una cierta dosis de locura que tampoco es ajena a las clásicas narraciones de familias de abolengo en las que la inquina y el odio son un elemento con fuerza corpórea.

La otra mitad de la narración —en capítulos intercalados: uno a cargo de Guillermo Larfeuil y el otro a cargo de Dora— se desarrolla en un pueblo costero que podría ser muchos de los que se interponen en el camino del Mar Cantábrico: lo suficientemente pequeño como para que todos sus habitantes se crucen en algún momento por la calle o tengan lazos comunes pero lo suficientemente grande como para separar el barrio viejo, destartalado, perteneciente a las clases más modestas, de las grandes construcciones de los pudientes.

Por ese segundo escenario se mueve Dora, una periodista cultural en paro y con una relación fracasada muy reciente que encuentra en la búsqueda del asesinato de Antonio Trigo el impulso que necesita para intentar reactivar su vida.

Un delicado encaje de bolillos

En Cuando es invierno el mar del Norte no destacan las motivaciones de los personajes implicados porque de nuevo la historia se ajusta a los parámetros más clásicos. Es la habilidad de Sánchez Ruiz de tejer dos historias, de engarzarlas con delicadeza y precisión lo que hace de la lectura de esta novela una delicia.

Leticia Sánchez Ruiz

Leticia Sánchez Ruiz (Fuente: Bilblioasturias)

No solo se juega con dos escenarios distintos. Además, los hilos narrativos se desarrollan en dos ritmos diferentes como hacía, por ejemplo, Christopher Nolan en Dunkerque (2017) en un plano audiovisual. La parte de la historia narrada desde la perspectiva de Guillermo ocurre en una noche y se ajusta al modelo de novela de escenario único. Allí, los sospechosos encerrados tratan de esclarecer el crimen con la memoria y el engaño como únicos recursos narrativos.

Dora, por otro lado, prolonga su trabajo durante varios días y su rol obedece al del investigador privado. Traza conexiones desde su instinto y los interrogatorios a personas más o menos allegadas al asesinado. Su trabajo de periodista —cultural, lo que añade cierta dosis de crítica— le posibilita contactar con cierta gente que en otra situación sería inalcanzable. Y su situación personal le lleva a un estado anímico propicio para actuar con cierta desesperación.

La habilidad de Sánchez Ruiz reside en la forma en que encaja espacio y tiempo. Todo desemboca en un mismo instante en la única solución posible. El lector no va a encontrar páginas de relleno ni situaciones innecesarias; el ritmo se mantiene, toda la narración es parte de un mecanismo de relojería. Funciona desde la primera página hasta la última y deja una sensación de lo más agradable.

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  • Título: Cuando es invierno en el mar del Norte
  • Autor: Leticia Sánchez Ruiz
  • Editorial: Pez de plata (puedes encontrar más información sobre el libro aquí)
  • 320 páginas. 21,90 Euros (formato papel)

Postdata: muchas gracias a Leticia Sánchez Ruiz por dejarme firmado un ejemplar en mi librería habitual. Me hubiera gustado poder asistir a la presentación, pero a veces las circunstancias fallan.