Wilde se cuela por segunda vez en mi casa en lo que va de año, para hacerme pensar aún más sobre un tema que muchos tenemos en mente: ¿Existe, hoy en día, la figura del crítico literario? Las dudas se agolpan: buena parte de las publicaciones en medios de comunicación se parecen cada día más a publicidad —mal— encubierta, a veces limitada a copiar, con descaro y de forma burda, la nota de prensa que emite la misma editorial. Hay pocos blogueros que hagan crítica. Yo no soy una excepción: hablo de los libros que leo, de los que me gustan —esto también trae consigo discusiones y tal vez debiera escribir algo sobre ello en algún momento—, pero me limito a eso, a dar una visión subjetiva, mejor o peor pero mía en todo caso, de lo que he leído.

Un crítico literario, en mi opinión, debe ir mucho más allá: debe ver la obra no sólo como lo que es sino como lo que supone en un entorno social, económico o político; debe analizar cómo se deja influenciar el autor por obras pasadas, no solo en escritura sino también en otras artes, y cómo a su vez obligará a quienes le siguen a repensar al menos su forma de hacer las cosas. Una columna digital de trescientas palabras nunca tendrá la profundidad necesaria para ser crítica.

Pero todo esto no es nuevo: en El critico como artista, la obra que acaba de editar Reino de Cordelia tras la versión sin censura de El retrato de Dorian Gray, Oscar Wilde, famoso por no ser bueno haciendo amigos, deja gala de su cinismo y dosis de mal carácter arremetiendo con todo y con todos en el ámbito de la creación artística.

Estamos ante dos ensayos o, por ser más precisos, un único ensayo dividido en dos partes: La importancia de no hacer nada y La importancia de discutirlo todo. Se publicaron por vez primera en 1890, con unos pocos meses de diferencia, y justo tras la salida de su única novela, El retrato de Dorian Gray. El ensayo cobra vida a través de un diálogo entre Gilbert y Ernest, dos personajes de clase alta, en la biblioteca de una casa de Piccadilly. En realidad, más allá de una conversación, se ajusta al modelo de profesor—alumno: Ernest suelta opiniones que Gilbert rebate de forma inmediata, captando la atención de su compañero y llevándole —con débil resistencia por su parte— al terreno de sus opiniones. Un artificio literario como otro cualquiera: Wilde no oculta su pensamiento parapetado en la figura de Gilbert y Ernest puede ser cualquier persona que se oponga a él.

Pero por prepotente que pueda sonar su visión única del mundo artístico, Wilde, o su alter ego Gilbert, no pierde en ningún momento la capacidad crítica, el vivero de reflexiones rotundas que hacen que el lector pare y piense a su vez. No siempre es un libro fácil de leer: a su lenguaje elevado se suman multitud de referencias, no tan universales como para que el lector las conozca. Resumir las citas escogidas se hace tarea imposible. En esta entrada de Cita a las diez podéis leer más de cincuenta, todas brillantes, todas merecedoras de un análisis más profundo.

[…], y la primera condición de la crítica es que el crítico sea capaz de comprender que la esfera del arte y la esfera de la ética son completamente distintas e independientes.

Estos días estamos asistiendo a una censura barbárica de obras artísticas creadas hace siglos, al tratar de someterlas a unos criterios sociales actuales. Wilde, en 1890, ya decía que la crítica debe mantenerse impasible a la opinión proletaria, al ejercicio de cualquier labor que pueda interferir con la única tarea aceptable: la de la observación. Así, era contrario a que la crítica se ejerciera en el seno de un periódico, a que fuera el trabajo de un escritor.

También defiende al critico como una persona que, por fuerza, debe ser más culto que el propio artista: no solo debe conocer su obra, sino la de tantos otros que puedan guardar relación con ella, incluso si el pintor lo desconoce. Deben establecer la vara de medir adecuada para cada obra, relativizarla con respecto a su calidad.

Wilde es cínico, borde, raya en la superioridad por la superioridad, pero sus tiros son certeros y dan donde más duele en el análisis del mundo artístico. Desde las obras, pasando por el artista y por su critico, y llegando hasta el público, en El crítico como artista reparte virulencia hacia todos sin piedad. 
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  • Título: El critico como artista. La importancia de no hacer nada. La importancia de discutirlo todo.
  • Autor: Oscar Wilde (traducción de Lorenzo F. Díaz y Catalina Martínez Muñoz)
  • Editorial: Reino de Cordelia (podéis leer más información sobre el libro aquí y leer las primeras páginas de la novela aquí).
  • 120 páginas. 12,95 Euros (formato papel)
  • Puedes conseguir el libro clicando en la imagen de la portada

¿Habéis leído estos ensayos de Wilde o El retrato de Dorian Gray?¿Qué opinión os merecen sus críticas al mundo artístico? Tenéis los comentarios a vuestra disposición.