Nueva lectura del club que se acerca peligrosamente a su fin —hoy me ha llegado a casa el último libro que tenía por comprar, ha llegado acompañado de un sabor agridulce—. Encaro una de las reseñas mas complicadas al abordar un libro que separa, con muro de acero blindado, el fondo y la forma como ninguno que recuerde haber leído antes. Sí, es cierto que a veces he encontrado esta división —pienso ahora en Instrumental, de James Rhodes, donde lo de menos es el carácter más literario frente al tema abordado—, pero nunca ambas facetas de una misma obra me han causado tales dudas respecto a cómo valorarla como está, Clavícula.

La diferencia entre biografía, ficción y autoficción en textos que se acercan al género memorístico ya la hemos tratado en la reseña interrumpida de la que hablaba hace unas semanas, así que no voy a entrar más en el tema. Menos importancia tiene cuando es la propia Marta Sanz la que ha admitido en alguna entrevista que se trata de un ejercicio biográfico.

Tal vez sea más interesante saber hasta qué punto está la historia “maquillada” o retocada para parecer más interesante. Porque la transcripción de un diario, sin más, por muy brillante escritor que se sea, no suele resultar entretenida. A veces ni para quien la escribe. La verdad se transforma a través del arte, no tiene sentido pensar en un texto que sea cierto en su totalidad fuera de un entorno no literario.

A Clavícula hay algo que no se le puede reprochar: tiene una prosa brillante. Cadenciosa y musical, es lo primero en lo que el lector se fija. El ritmo, casi poético, las imágenes que evoca hacen de su estructura, de su forma, de su narrativa, una delicia en la que dan ganas de detenerse a cada palabra. Leer en voz alta se transforma en ocasiones en una obligación, solo para disfrutar de esa musicalidad, esas rupturas en la longitud de las frases, esa elección de las palabras.

Sin embargo, llegados al fondo, todo me resulta sin embargo reprochable. ¿De qué habla Marta Sanz? De sí misma, todo el rato, en un quejido continuo de burguesa acomodada que parece que solo quiere escuchar su propia voz. No quiere remedios, no busca soluciones: estar mal es imprescindible para poder quejarse, poder llamar la atención de los demás sobre ella misma aun cuando no lo merece, o no lo demuestra lo suficiente.

Clavícula comienza con un dolor indeterminado en un viaje transcontinental. A partir de ahí, devaneos, visitas a un médico tras otro —excepto, da la impresión, al único especialista que podría ayudarla: un psicólogo o psiquiatra —. Marta Sanz nos ofrece un personaje —¿persona? ¿Ella misma? ¿un amago de caricatura o un retrato real?— que se exhibe y trata, tal vez, de dar voz a una realidad olvidada: la de la menopausia, una etapa critica tanto desde el punto de vista físico como mental por el que toda mujer ha de pasar.

Tal vez este texto, planteado como un relato corto o, mejor aún, como un ensayo, resultaría iluminador. Pero he de admitir que, tras su lectura, Clavícula me ha llevado a pasar desde un deslumbramiento inicial por su estilo, a la indiferencia y el hastío al ver que no hay en el texto desarrollo ninguno, no hay avance, para llegar al final, a un enfado, un desapego absoluto hacia la protagonista que llego a odiar, como símbolo de todo aquello que no quiero ser como mujer: que no me encuentre en la situación en que, lejos de luchar por lo que considere justo, me repliegue sobre mí misma en una queja lanzada al aire para mi deleite personal.

Por supuesto, hubo en el taller de lectura opiniones contrarias, de quien ve en esta obra un ejemplo de valentía, de reclamar la presencia en la literatura el dolor femenino a menudo olvidado incluso en términos médicos; dolores crónicos, poco definidos pero no por ello inexistentes, que no se saben diagnosticar cuando la medicina usa al hombre, y no a la mujer, como sujeto de pruebas para las definiciones que llenarán los almanaques de términos médicos. Hay quien ve en el hastío que provoca una lectura incómoda, por lo verdadera. Yo, como lectora, no lo veo así: veo a una mujer insatisfecha sin saber por qué lo está —no es por falta de éxito profesional ni por ausencia de familiares y amigos que la apoyan ni por la no existencia de una pareja siempre apoyando, en un papel aún más absurdo que el suyo propio—, que se niega a admitir que, tal vez, lo que le pasa es lo que les pasa a todas las mujeres que, desde su posición más o menos privilegiada —y yo considero que lo es, por comparación con la mía propia y con la de otros muchos que viven en mi realidad—, quiere que lo suyo sea más, aún a costa de no tratarse para poder seguir su camino.

Mención aparte hablaría de dos pasajes en concreto tan intrascendentes que no sé cómo tienen cabida en el libro: de un lado, el intercambio de mensajes con su pareja cuando ella está de viaje —bien habría estado ahí una de sus brillantes frases para cortar, en un puñado de palabras, unas cuantas páginas; del otro, un breve relato introducido en medio del texto que tiene lugar en una estación: es un relato brillante que bien hubiera merecido un lugar propio.

Así, en Clavícula se confunden, como decía, cuerpo y alma: brillante la prosa, falto de objetivos y, por tanto, de su consecución, el contenido.

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  • Título: Clavícula
  • Autor: Marta Sanz
  • Editorial: Anagrama. Colección narrativas hispánicas (podéis leer más información sobre el libro aquí).
  • 208 páginas. 16,90 Euros (formato papel); 9,50 Euros (versión digital)
  • Puedes conseguir el libro clicando en la imagen de la portada

Si has leído Clavícula, me encantaría saber tu opinión ¿Eres de los que han disfrutado enormemente o de quienes creen que es un libro bastante intrascendente? Tienes lo comentarios a tu disposición.