Es imposible no conocer a Herman Melville (Nueva York, 1819 – 1891), el escritor estadounidense de novela, relatos e incluso ensayos que nos dejó para la posteridad, entre otras obras, la historia de la obsesión de un hombre por capturar a ese temido cachalote blanco, Moby Dick. Es una de las grandes obras de la literatura, pero no olvidemos que también figura entre las listas de libros más abandonados, generando pasión, odio y desesperación a partes iguales.

Precisamente para la redacción de esta obra, Melville se mudó en 1850 de Nueva York a una granja de Massachusetts. Y allí es donde conoció a Nathaniel Hawthorne, que residía a apenas nueve kilómetros de distancia, en una época en que salvar ese tramo requería una cuidadosa organización del viaje, envío de misivas incluido. Hawthorne, escritor de ficción gótica y romanticismo oscuro y descendiente de un juez que participó en la cacería de brujas de Salem —razón por la cual cambió su apellido de Hathorne a Hawthorne—, acababa de publicar en ese mismo año La letra escarlata, obra que le trajo una merecida fama.

Con rapidez se forjó una amistad entre ambos, que hoy conocemos gracias a diez cartas que Melville remitió a Hawthorne entre los años 1851 y 1852 publicadas por la editorial La Uña Rota en un pequeño libro —en número de páginas, que no en contenido— titulado Cartas a Hawthorne (si pincháis en la imagen, podréis acceder a información sobre el libro):

Cartas Melville hawthorneEste conjunto de misivas es una rareza ya que, como bien explica Carlos Bueno Vera, el traductor, en un prólogo que no desvela pero sí ilustra sobre el contexto en que se redactaron, Melville tenía inclinación por quemar todas las cartas que recibía una vez leídas, mientras que Hawthorne, bien sea por despiste, por pereza o, tal vez de forma voluntaria, conservó las que aquí se incluyen, aportándonos una valiosa información no solo de la vida cotidiana de ambos, sino también del proceso creativo al que se enfrentó Melville para dar a luz al gran cetáceo.

Hablemos, aunque mostremos nuestras faltas y debilidades, porque ser consciente de lo frágiles que somos y no ocultarlo es señal de fortaleza.

Tras la fórmula del diario personal —como el de Miguel Ángel Hernández, del que os hablaba hace unas semanas—la correspondencia escrita exhibida al pública es tal vez la segunda forma más brusca de irrumpir en el pensamiento ajeno, siempre que se cumpla una máxima: la equidad entre ambas personas involucradas, emisor y receptor. Si la relación entre ambos es superficial y la carta corresponde más a una obligación que a un deseo, su contenido no tendrá gran valor y se limitará, con bastante probabilidad, a comentar la climatología; sin embargo, cuando se establece una relación de iguales, las confidencias subirán de tono, se abrirán las entrañas a la vista del otro y por ese resquicio sacarán a relucir alegrías y temores.

¿En qué punto se colocan las cartas de Melville? Sin duda, en el segundo. A través de ellas descubrimos a un hombre que ve en la escritura su único camino y que, sin embargo, se encuentra sumido en un semi permanente estado de neurosis, de baja autoestima, incapaz de tratar como a un igual a Hawthorne, a quien sitúa en un pedestal que se eleva y se aleja de él a medida que pasa el tiempo. Si bien no queda constancia de las respuestas de Hawthorne, se deduce por el tono de las misivas que este “amor platónico” no era correspondido. Hawthorne acogió con una calurosa reseña la obra Moby Dick, pero no fue esa la respuesta del público y de la crítica de la época, algo que hundió a nivel psicológico a Melville, que vio cómo el esfuerzo de dos años caía en el vacío, mientras envidiaba —una envidia sana, no corrompida por los negativos celos— a su colega y el éxito que acumulaba gracias a La letra Escarlata primero, y a La casa de los siete tejados (1851) después. Se deshace en elogios hacia esta última hasta llegar al punto en que trata de desvelar no solo lo que experimenta en su lectura, sino la interpretación que hace del texto. Su siguiente novela, Pierre o las ambigüedades, fue un descalabro aún mayor si cabe, rematando así una relación que pronto conocería el principio del fin.

Lo que me impulsa a escribir, está vetado: no da dinero. Y sin embargo, por lo general, escribir de otro modo no puedo. Así que el resultado final es una chapuza, y todos mis libros son un estropicio.

Melville no se dirige a Hawthorne como a un compañero escritor, sino como un niño buscando la constante atención y aprobación de un padre, de quien espera que escuche todas sus quejas, problemas y dificultades e incluso que les ponga solución. Sí, la relación que se descubre en estas cartas es más paterno-filial que de tutor-aprendiz, que sería tal vez el modo más sano de articularla. Recuerda el tono empleado —o recordará más bien, ya que se sitúan más de cincuenta años más adelante en el tiempo— a las cartas que escribía David Foster Wallace a su coetáneo Jonathan Franzen, a quien veía también como un ejemplo de lo que él no podría hacer: combinar el éxito de crítica con una situación personal estable y serena.

Entre estas cartas se sitúan, además, tres muy especiales que nos ofrecen una visión de primera mano de cómo daba forma Melville a una nueva novela. Se trata de las Cartas de Agatha, en las que pormenoriza la estructura y enfoque de una historia que le ronda en la cabeza. Se trata del relato de cómo una mujer rescata a un marinero naufragado, se casan y luego él desaparece para regresar dieciséis años más tarde.  En estas misivas Melville le revela los detalles de una novela que es extraña en su obra literaria, ya que está ideada a partir de un suceso real del que ha tenido conocimiento. Tal vez por eso Melville decide ofrecérsela a Hawthorne, a quien cree —de nuevo subestimando su propia capacidad creativa— más apto para abarcar una obra de esas características. Sin embargo, a tenor de las cartas, no encuentra en Hawthorne el entusiasmo que esperaba. El gato le entrega a su dueño el cadáver diseccionado de una alimaña, listo para ser desgustado, y la única respuesta que obtiene es un cierto desprecio o, si no tanto, al menos sí un vacío del que no se creía merecedor. Ahí, en ese rechazo, es donde la relación entre ambos se enfría sin remedio hasta llegar a su fin. Melville por su parte trataría de llevar a cabo esta obra, escribiendo un relato breve titulado La isla de la Cruz, del que no se conservan copias.

El libro finaliza con dos cartas semejantes y muy dispares, destinadas a sus dos hijos: para su hijo Malcolm un texto lleno de energía, en el que le exige, de forma aleccionadora, que asuma su puesto de hijo pródigo y obedezca a su madre como se espera de él; la que dedica a su hija Bessie es sin embargo dulce y divertida e incluso incluye un pequeño boceto para ella.

Cartas a Hawthorne es un libro imprescindible para adentrarse en la mente del escritor al margen del resultado, de la obra que finalmente ha llegado a nuestros días. Es el reflejo de las dudas, las inquietudes y el deseo que corrompen a quienes quieren dedicarse a esto de las letras, y nos muestra un camino que todos, en mayor o menor medida, acabamos recorriendo.

¿Qué sentido tiene afanarse tanto en algo con una vida tan efímera como es un libro moderno? Aunque escribiera los evangelios de este siglo, moriría en la miseria.

¿Habéis leído estas cartas? ¿Os habéis enfrentado a la gran ballena blanca? ¿Qué opinión os merecen? Recordad que, como siempre, os invito a dejar vuestros comentarios.